La Rioja
Ortega Lara, Ceniceros, Mayor Oreja y otras autoridades, en una visita a Yuso en el año 2000. ::
Ortega Lara, Ceniceros, Mayor Oreja y otras autoridades, en una visita a Yuso en el año 2000. :: / J.I.Gasco

Ceniceros: «ETA iba a secuestrarme a mí»

  • El presidente del Gobierno riojano relata que él fue el primer objetivo del comando que secuestró a Ortega Lara, compañero en la prisión de Logroño y en el PP

Durante veinte años, José Ignacio Ceniceros ha guardado en secreto una noticia que circulaba a su alrededor en forma de rumor: según las especulaciones que le salpican desde entonces, cuando en enero de 1996 ETA secuestró a José Antonio Ortega Lara, funcionario de la prisión de Logroño como el hoy presidente del Gobierno riojano, en realidad estaba ejecutando un criminal plan B. Su primer objetivo, el inicial, era el propio Ceniceros. Con ese fin, el mismo grupo de terroristas que luego capturaría a Ortega y le confinaría durante un año y medio en un zulo de Mondragón estuvo siguiendo los pasos de Ceniceros a lo largo de meses y meses. Vigilaba sus movimientos para cometer con él el mismo chantaje al Estado: secuestrarle para que el Gobierno modificara su política penitenciaria. Era una víctima propicia. Porque Ceniceros no sólo era funcionario de prisiones: también era secretario general del PP. Ahora en el veinte aniversario de la liberación de Ortega, Ceniceros se confiesa a Diario LA RIOJA: «Iban a a secuestrarme a mí pero me nombraron en el verano del 96 senador autónomo, empecé a ir muy a menudo a Madrid, cambié incluso de coche y ETA perdió mi pista». «Yo me había convertido en un objetivo más difícil, aunque era su primer objetivo», agrega, «y entonces se fijaron en otro funcionario de prisiones».

Ceniceros se enteró de esta noticia el mismo 1 de julio de hace veinte años. Cuando la Guardia Civil rescató a Ortega y reunió la información que obraba en poder de los cuatro torturadores de Ortega, con quien Ceniceros no sólo compartía destino en el centro penitenciario logroñés: también les unía su mutua afiliación al Partido Popular. De hecho, Ceniceros recuerda que el 3 de enero, sólo catorce días antes de que ETA capturase a su víctima, estuvo con Ortega en un bar cercano a la sede del PP en Logroño, entonces en Murrieta. «Quería hablar conmigo del congreso del partido que se iba a celebrar poro después en Madrid, porque le apetecía ir como compromisario», relata el presidente del Gobierno. «Luego me enteré por el propio José Antonio», prosigue, «de que en ese mismo bar nos estaban vigilando dos de los etarras que le secuestraron dos semanas después». «Los reconoció luego».

Un crimen del que tuvo noticia nada más cometerse, cuando florecían las primeras conjeturas. «Me llamó desde Burgos el comisario jefe de Policía para decirme que José Antonio no aparecía por casa y ya tuve la sospecha de que le habían secuestrado; cuando poco después me dijeron que había aparecido su coche, con sus gafas caídas en el suelo, ya no tuve ninguna duda», recuerda hoy. Lo hace sin esfuerzo: Ceniceros parece tener muy vivido el relato de aquellos acontecimientos, tal vez porque mientras duró el secuestro, además de acudir cada miércoles a la concentración de protesta con sus compañeros del penal de Logroño, se ocupó de recopilar las noticias que se publicaban. Hojas y más hojas. Un prolijo resumen de la oleada de afecto y solidaridad que recorrió España y que posteriormente, encuadernado, entregó a su compañero tras ser liberado.

¿Qué Ortega Lara se encontró? «Estaba muy, muy, muy débil. Muy delgado, con problemas de movilidad y también en la vista, por culpa de tanto tiempo encerrado en ese agujero», responde. «Pero era el mismo José Antonio de siempre. Con una fortaleza de ánimo espectacular, porque aunque no lo parezca, es un hombre fuerte anímicamente, sobre todo gracias a su fe. Tiene una fe indesmayable que le dio fuerzas para resistir». Lo prueba una anécdota: «Fíjese que durante todo el cautiverio llevó el control del tiempo y sólo se despistó por una hora. Me lo dijo el agente del GAR que entró primero en el zulo, que también es de Logroño. No había ni rastro del síndrome de Estocolmo. Incluso puso firmes a sus secuestradores».

Veinte años después, Ceniceros no olvida. No olvida el impacto emocional que supuso saber que pudo haber sido secuestrado por ETA («Fue duro, muy duro enterarse»), ni la larga etapa de combate de un país entero contra el terrorismo. «Es que todos esos años fueron muy duros. Yo era secretario general del partido en La Rioja y pensé que iba a tener problemas para encontrar gente que quisiera ir en las listas, pero nadie falló. Mi padre era alcalde de Villoslada y me decía: 'Pero qué pasa, hijo, ¿es que no puedo ser candidato? ¿No me va a pasar nada, tendré que llevar escolta?' Preguntas que todos nos hacíamos y la verdad es que no teníamos respuesta». ¿Resumen? José Ignacio Ceniceros suelta una respuesta concluyente: «Con el terrorismo no hay que bajar nunca la guardia, pero ahora tenemos la tranquilidad que no teníamos antes. La unidad entre toda la sociedad ha sido decisiva para que entre todos hayamos podido derrotar a ETA. Y en esa victoria, debemos reconocer que Ortega Lara ha sido un símbolo para todos nosotros».

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