La Rioja

No es (sólo) la economía

José Ignacio Ceniceros saluda a Alberto Nadal, en presencia de María Martín, el pasado martes en Logroño. :: díaz uriel
José Ignacio Ceniceros saluda a Alberto Nadal, en presencia de María Martín, el pasado martes en Logroño. :: díaz uriel
  • «La economía es la ciencia de cercenar los gastos superfluos»

Tiende a concluirse en política que la receta infalible para alcanzar el poder, o retenerlo si se ganan las elecciones, exige una estrategia económica que depare resultados tangibles en el bolsillo de los electores. La mejora en la calidad de vida de los administrados resultaría, según tal teoría, directamente proporcional a las conquistas en materia económica que garanticen sus administradores: subidas salariales, estabilidad (y calidad) en el empleo, contención de los precios para que la cesta de la compra no trepe hasta las nubes... Se entenderá por lo tanto la elevada atención que los poderes públicos prestan a la economía en la agenda diaria de su actividad: vinculan la supervivencia en sus cargos a los éxitos en esa materia. No importa que sea una creencia errónea: hay tantos casos de políticos derrotados en las urnas en medio de un benéfico paisaje económico, pródigo en avances para la ciudadanía, como de lo contrario.

De ahí debería concluirse que el votante deposita su papeleta mediante una mezcla de razones que apelan así al corazón como al cerebro. Pero, aunque se trata de una deducción fácil de extraer, la clase política prefiere parapetarse en su zona de confort: a mejores condiciones económicas, más votos. Y amparada en dicha certeza, tan matizable como refractaria a la realidad, acepta que la economía colonice su discurso: a cada mención al modelo educativo del territorio que gobierna el mandatario de turno le corresponden apelaciones al ecosistema económico que multiplican aquella por ene.

De modo que cuando Bill Clinton recurrió durante la campaña presidencial del 92 a la célebre frase que sirve para inspirar estas líneas («Es la economía, estúpido»: un eslogan que invitaba al luego jefe de la Casa Blanca a centrar sus propuestas en satisfacer las necesidades del votante), señalaba hacia un camino lleno de trampas para todos esos colegas que seguirían su ejemplo, llenando de promesas sus respectivos programas por todo el universo mundo electoral. Animando en consecuencia a sus votantes a resolver el endiablado crucigrama de siglas (IPC, PIB, EPA) de cada votación: es decir, el arsenal de datos que puebla la macroeconomía, rama del saber cuyos bienes tardan en derramarse sobre las cabezas de cada ciudadano. No debe olvidarse que, según sus críticos, la economía es esa ciencia que explica muy bien... lo que ya ha pasado.

De modo que cada gobernante suele prodigarse en la exhibición de méritos económicos con un fervor excesivo, propenso a la sobredosis. Véase el caso riojano. El lunes, el consejero de Hacienda, Alfonso Domínguez, presentaba los datos de coyuntura, deteniéndose en el saludable aspecto que, a su juicio, caracteriza a la producción industrial y esgrimiendo aquellos datos que, siempre de acuerdo con su dictamen, invitan al optimismo: la favorable evolución del empleo o las cifras de crecimiento que prevén para La Rioja diversos organismos. Al día siguiente, nueva ración económica: Domínguez asistió con su presidente al acto convocado por el PP para que Alberto Nadal, secretario de Estado de Presupuestos, bajo el lema 'Un horizonte prometedor', al que asistió (casi) todo el equipo de José Ignacio Ceniceros. En el Círculo, el presidente y sus consejeros atendían cómo el enviado del ministro Montoro enhebraba un discurso bien construido aunque decorado (ay) por el conocido aroma a la propaganda que desprende todo acto de partido.

Con una particularidad: que en el amable paisaje que dibujaba Nadal sólo aparecía la eterna deuda del Gobierno central con La Rioja en materia de infraestructuras dominada por una debilidad igual de perenne: el conformismo. Nadal regaló alguna perla (del tipo «no hay impuesto bueno, pero todos son necesarios»), pasó de puntillas (como sus anfitriones) a las preguntas por el escandaloso acuerdo del cupo para aprobar el Presupuesto con el apoyo del PNV y dejó que la semana económica avanzara hacia el siguiente invitado de postín. Que llegó un día después, con motivo de la presencia en la UR de su colega noruego, el premio Nobel de Economía Finn. E. Kydland. Ese mismo día, González Menorca se había encargado de representar a su Gobierno en el acto 'Impulsando Pymes', que reunió en Riojafórum precisamente a eso: a las pymes, base del tejido empresarial de La Rioja. Y responsables de la producción industrial, de cuya evolución había informado su compañero de gabinete y titular de Hacienda. Con quien González Menorca coincidió, por cierto, esa tarde en la conferencia celebrada en el campus: ambos escuchaban las palabras de Kydland, con Domínguez de maestro de ceremonias, cuando su jefe tomó la palabra, presentó al invitado y bingo. Acertó en el centro de la diana. La economía, en efecto, será trascendente para la gestión pública pero el impulso a la vida ciudadana bebe de muchas otras fuentes, avisó el presidente. «Política y economía son interdependientes», concluyó.

Ceniceros sí es político: no economista. Y sabe por supuesto que la política va, sobre todo, de política. De comportarse con sensatez para ser útil al votante. De propagar mensajes cabales que inspiren confianza y organizar con criterio el organigrama de la Administración, evitando en lo posible desperdigar materias como economía, empleo e industria en diferentes departamentos. Y de eludir contraprogramaciones, para que el Gobierno y el partido que le sustenta caminen alineados, sin discordancias como la observada esta semana: mientras la consejera de Salud anunciaba nuevas mejoras en el sistema sanitario, el PP salía con esa ocurrencia de que se indague cómo se pagaron las obras de la sede del PSOE. Lo cual no sólo sirve para evidenciar un envidiable sentido del humor sino para desmentir a Clinton. No. No es la economía. O no sólo es la economía.

Es la política.

Siempre es la política.

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