La Rioja
Ceniceros saluda a Gamarra antes de comenzar su discurso; en la imagen aledaña, el nuevo presidente posa con los miembros de su equipo y del anterior, junto con Javier Maroto, al término del congreso.
Ceniceros saluda a Gamarra antes de comenzar su discurso; en la imagen aledaña, el nuevo presidente posa con los miembros de su equipo y del anterior, junto con Javier Maroto, al término del congreso. / m. h. / d. u.

Ceniceros sepulta la era Sanz

  • El presidente del Gobierno rompe los pronósticos, supera a Gamarra por una exigua mayoría, vence al aparato del PP con su predecesor al frente y compaginará ambos cargos como reclamaba

  • El nuevo presidente y la alcaldesa de Logroño prometen generosidad para salvar la evidente división interna

Mientras José Ignacio Ceniceros recibía un alud de felicitaciones recién proclamado vencedor, Cuca Gamarra y sus seguidores abandonaban Riojafórum y Pedro Sanz se marchaba en medio de una generalizada indiferencia luego de 24 años presidiendo el PP, un veterano del partido explicaba el sorprendente resultado con esta frase esclarecedora: «Es que hay que conocer muy bien esta casa». Una sentencia que resumía el poderoso impacto que acababa de generar el triunfo del presidente del Gobierno, superando no sólo a la alcaldesa de Logroño sino a una larga nómina de adversarios. Al aparato de su propio partido, desde luego, con Pedro Sanz al frente maniobrando en favor de Gamarra; por supuesto, a la dirección nacional del PP, que había depositado en su rival gran parte de sus complacencias. E imponiéndose también a los pronósticos que barruntaban una victoria de Gamarra, habida cuenta los apoyos con que contaba (Logroño y Calahorra, por ejemplo, las dos agrupaciones más nutridas de militantes); de paso, Ceniceros liquidaba las dos largas décadas de dominio monolítico de su predecesor. El éxito de Ceniceros sepulta la era Sanz.

Porque aunque su mayoría resulte exigua (sólo superó a su rival por 109 votos, con el 52,25% de las papeletas frente al 47,39%), el carácter inesperado de su victoria explica la felicidad cercana al éxtasis que embargaba a sus incondicionales. Uno de los cuales confesaba con sinceridad la razón de semejante exhibición de dicha: «Hace quince días, de verdad, yo pensaba que perdíamos». Pero ocurrió lo insólito, como señalaban en sus teletipos las agencias de noticias de alcance nacional. Ceniceros, con una campaña en voz baja, sumando apoyos propios a los derivados de la desafección que se detectaba alrededor de Sanz, se convirtió en el único candidato alternativo que ganaba al aspirante oficial en los congresos regionales que celebra estos días el PP.

Lo hizo en realidad antes de que ayer se pronunciara la militancia. Cuando los 1.172 afiliados que le concedieron su voto depositaron la papeleta en una de las 14 urnas repartidas por Riojafórum, se limitaban a solemnizar lo intuido por el equipo de Ceniceros durante los días previos. Que contaba con el respaldo más o menos unánime de La Rioja interior, que disputaba además voto por voto los que Gamarra recababa en Logroño y que competía también por sumar a su proyecto a las cabeceras de comarca. Y aunque en algún momento de la jornada, viendo que en efecto hasta Riojafórum se acercaban por centenares los afiliados que les habían prometido su voto, se disparó la euforia entre el equipo del presidente y alguno de sus miembros llegó a pronosticar un triunfo por encima del 60%, lo cierto es que la gran triunfadora de ayer, al margen de la lista de Ceniceros, fue la división.

Porque el PP sale del congreso en plena fractura interna, aunque vencedores y vencidos se apresurasen a prometer generosidad, integración, unidad... Las grandes palabras que estos días han poblado los discursos de los candidatos, los mismos conceptos que Sanz enarboló durante su intervención de despedida. El deseo unánime expresado a micrófono abierto de que el auténtico ganador del congreso fuera el partido, entendido en su conjunto, se vio pronto oscurecido por algunas evidencias. La cara de contrariedad indisimulada que decoraba el rostro no tanto de Gamarra como de algunos de sus afines. O la salida en masa de la sala donde Ceniceros pronunciaba su discurso como ganador a cargo de unas cuantas decenas de seguidores de la alcaldesa que renunciaron a atender las palabras del nuevo líder. Gestos. Detalles que se añaden a la larga nómina de desencuentros protagonizados por los aspirantes y sus incondicionales y que prometen novedades en los próximos días. Lo había sentenciado el ganador en su intervención inicial y lo recordó luego, cuando ya recibía el aplauso de Riojafórum por su éxito: «Hoy, para mí, cualquier victoria será una derrota».

En ese mensaje, que sirvió para clausurar una intensa jornada de pasillos, deserciones, cambios de bando, promesas y llamadas de última hora, Ceniceros recordó los atributos que han distinguido su campaña: su promesa en favor de un PP «más transparente, democrático y participativo». Su intención de ejecutar como presidente «una renovación no excluyente», perseverando en su sentido de la responsabilidad y ejerciendo su poder con «humildad». Lo necesitará: deberá superar la enorme brecha abierta en los cimientos del PP y la certeza de que cuenta con un apoyo mayoritario pero frágil, resumido en la imagen pesarosa de sus afines saliendo cabizbajos de la sala donde se escrutaban las papeletas, mientras las primeras urnas dictaban el triunfo de Gamarra por un puñado de votos. Poco después, ocurrió por el contrario que empezaron a menudear las papeletas en favor de Ceniceros, como se manifestaba acto seguido en el lenguaje no verbal que exhibían los miembros de su equipo, en la sonrisa luminosa que decoraba sus caras mientras salían los últimos de la planta baja de Riojafórum, mandando por teléfono los mensajes correspondientes con la buena nueva.

Acababan de dejar en manos de la organización del congreso el acta que resumía lo que acababan de dictar las urnas: que a Sanz le sucederá en el PP su reverso. El antiguo cómplice convertido desde que preside el Gobierno de La Rioja en su contrincante. Cundía la euforia entre los afines a Ceniceros mientras ingresaban en la sala donde el resto de la militancia aguardaba conteniendo el aliento, dominada por el nerviosismo de quien ponía en juego algo más que su futuro político; también se dilucidaba el porvenir laboral de unos y otros integrantes de ambas candidaturas. José Miguel Crespo, presidente del congreso, leyó el papel donde ponía lo que Ceniceros y Gamarra ya sabían cuando unos minutos antes descendían los escalones de Riojafórum hacia el escenario: que había un ganador, satisfecho pero contenido, y una perdedora, que encajaba el mal trago con deportividad. Lo que ya sabían asimismo sus partidarios, incapaces de dominar los sentimientos encontrados que triunfaban entre ellos. Semblantes nublados entre el equipo de Gamarra. Abrazos, besos y palmadas en el hombro entre quienes confirmaban que había remontada. 'Sorpasso' a la riojana.

Y en medio del general entusiasmo, algún espacio para la moderación. Encarnada por ejemplo en Alberto Bretón, que condujo los preparativos del congreso sin graves quejas por parte de ninguna candidatura. O en el tono conciliador que dominó las intervenciones de los enviados de Génova, Fernando Fernández-Maíllo, quien prosiguió raudo viaje a Valladolid para asistir al congreso del PP de esa región, y Javier Maroto, que pronunció las palabras de cierre animando a sus compañeros del PP riojano a obrar un milagro: ese prodigio de integrar las dos almas que acababan de quedar expuestas en Riojafórum. Un partido urbanita que tiene sus preferencias, otro hegemónico en el interior de la región con sus propias opiniones, cabeceras de comarca muy significadas, como Calahorra, en favor de la lista derrotada y el principal Ayuntamiento de La Rioja que pasa a estar dirigido por alguien que no ha logrado convencer a los suyos de que era la mejor opción para presidir su partido.

Una situación de extrema debilidad que Gamarra tendrá que sortear sabiendo que en su partido se cuentan ahora por mayoritarios sus rivales. Ese comité ejecutivo que rodeará a Ceniceros, donde ella misma por cierto ocupará plaza como otros miembros que lo son de pleno derecho, pero donde su voz será minoritaria. Lo cual encierra un presente sombrío para sus aspiraciones y un futuro nada halagüeño que podría empeorar si se cumple el vaticinio de un alcalde integrante de la candidatura ganadora, quien mientras sus compañeros iban votando se confesaba triste por el espectáculo de división que observaba. Y que citaba, por paradójico que resulte, a Alfonso Guerra para visualizar sus peores temores: «En los partidos, hay heridas que se cierran pero las cicatrices permanecen».

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