La Rioja

Un gobierno más débil

Gamarra saluda a Ceniceros, cuando coincidieron en la reciente visita del Rey a Logroño. :: justo rodríguez
Gamarra saluda a Ceniceros, cuando coincidieron en la reciente visita del Rey a Logroño. :: justo rodríguez
  • "Serás amado el día en que podrás mostrar tu debilidad sin que el otro se sirva de esto para afirmar su fuerza"

Al término del Consejo de Ministros del pasado día 3, el titular de Educación y portavoz del gabinete, Íñigo Méndez de Vigo, trasladó a los periodistas convocados en Moncloa una idea extraída del magín de su jefe, Mariano Rajoy. Según la cual, a la vista de las controversias con epicentro en Murcia a cuenta de los líos judiciales del presidente de esa región, y la amenaza de Ciudadanos de retirarle su apoyo mientras se dilucida su futuro en los tribunales, tal vez resultaría más eficaz que la formación naranja renunciara por fin a su doctrina de ser a la vez gobierno y oposición y se decantara sólo por la primera opción. Es decir: que puesto que apoya en la sombra a distintos Ejecutivos, entre ellos los de La Rioja y Logroño, sería preferible que semejante respaldo se prestara a tiempo completo.

Se trata, no obstante, de un prodigio que siempre puede aplazarse. El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, se apresuró a advertir poco después que no figura entre sus planes modificar esa tendencia que extiende por aquellos parlamentos o ayuntamientos donde su voto resulta decisivo para formar mayorías: está dispuesto a asegurar la gobernación de La Rioja y Logroño, por ejemplo, pero luego reclama manos libres para criticar las políticas de José Ignacio Ceniceros y Cuca Gamarra que más le disgusten. Puede pactar a ratos con el Gobierno pero también ejercer como oposición. El tipo de estrategia que justifica la deserción de Pedro Sanz hace casi dos años: cuando declinó presidir un Ejecutivo de coalición, o someterse a esa ducha escocesa que le recetaba la formación naranja, el todavía presidente del PP riojano en realidad alertaba de los riesgos que encierra esta clase de acuerdos tan provisionales. Que aseguran la supervivencia de los gobiernos que apoyan, desde luego, pero que siempre serán gobiernos marcados por el signo de la debilidad.

Debilidad. La misma amenaza que acecha a todo presidente que debe resignarse a pactar cada medida en el Parlamento o a cualquier alcaldesa que pretenda salir airosa del salón de plenos. Una debilidad que todavía sería mayor si cristalizara la siguiente hipótesis en alguno de los casos citados: que el Gobierno de La Rioja, por ejemplo, ni siquiera contara con el aval de su propio grupo parlamentario, disconforme con el rumbo que adopta su presidente o simplemente crítico con la persona elegida para tal cargo. O que ocurriera otro tanto en el Ayuntamiento logroñés. Un preocupante horizonte que parece lejano en el caso de Gamarra, quien sí dispone de la total complicidad de sus compañeros de asiento en el plenario de Logroño. Una opción que, sin embargo, no debería dar por descontada Ceniceros. Por cualquiera de sus consejeros ya estará advertido de que sus espaldas en el Parlamento distan mucho de estar bien cubiertas: a bote pronto, puede temer por el apoyo de (cuando menos) cinco diputados en teoría poco afines si el cisma interno del PP arreciase y llegara la hora de pasar lista.

Así que la temida debilidad, la debilidad intrínseca que distingue a quien desde el Palacete deba pilotar la región sobre una endeble mayoría simple, todavía puede empeorar. Si finalmente se presenta a liderar su partido y cae en el intento, la confianza en Ceniceros adelgazaría entre los suyos, y el resto de la sociedad riojana, en similar proporción al desgaste que sufriría Gamarra si fuera ella quien saliese desairada del pulso que mantiene por el sillón de Sanz. Lo cual ninguno de los dos ignora: de hecho, se trata del argumento central que esgrimen sus partidarios embarcados en la tarea de reclamar estos días avales a los militantes para que sus respectivos jefes presenten este lunes la candidatura anunciada.

Que sólo significará el fin de la vuelta de reconocimiento. Porque en realidad la clave que permita desentrañar el lío donde se han metido solitos los dirigentes del PP dispone de su propio calendario: el martes se sabrá cuántos de los 5.208 militantes están al corriente de pago. Se olfateará también si, como sospecha alguna de las partes en litigio, se han detectado misteriosas afiliaciones de última hora. Se atisbará si ha hecho mella entre las bases del PP los ágiles dedos que ciertos contendientes exhiben en el envío múltiple de mensajes de telefonía. Se intuirá si las rondas de Carlos Cuevas por el interior de La Rioja pesan más para su jefe que el supuesto apoyo de Génova al oficialismo encarnado en Sanz (con Emilio del Río al fondo). O cuál es la influencia real que sobre el total ejerce esa mitad del censo radicada en Logroño, feudo teórico de Gamarra (con Conrado Escobar al acecho), que desde el viernes ya sabe que al menos alguien pasa de la promesa a los hechos.

Aunque todas esas dudas se despejen en la semana entrante, en realidad la noticia trascendente para la vida interna del PP (y la gobernación de La Rioja y Logroño) tardará casi un mes en conocerse. Milagros de la nueva política: habrás urnas en el congreso de los populares y habrá voto secreto. Por haber, puede que incluso haya lista única, hipótesis que parece una fantasía cada vez más lejana: aunque hayan menudeado bajo cuerda las citas entre los miembros de ambas corrientes para no romper todos los puentes, y aunque los propios aspirantes coincidan alguna vez almorzando en La Rioja interior, prevalece esa cordial enemistad que apunta hacia el duelo del 1 de abril. Cuando, gane quien gane, todo militante del PP podrá corroborar lo que ya sabe ahora: que uno de sus dos principales gobernantes saldrá debilitado de Riojafórum.