La Rioja

EL GALLINERO

A nada que se tuerza, un congreso sometido a la mínima dosis de controversia es capaz de arruinar los mejores propósitos. ¡Adiós operación bikini! Justo cuando el invierno, en su despedida, se ha dignado a ofrecer un anticipo del tiempo cálido que viene, los dirigentes del Partido Popular de La Rioja se han tenido que emplear a fondo de bodega en bodega. Chuletilla va, voto viene. Y vaya otro trago para brindar por la conquista del poder orgánico. Así no hay quien conserve el tipo. O sí, porque de lo que se trata es, precisamente, de eso: de mantenerse.

Mañana concluye el plazo para que los aspirantes a la presidencia del PP riojano presenten sus candidaturas y los avales que las respaldan. Cada apoyo es un testimonio de fortaleza. Por eso hay rúbricas que se han disputado a sangre y fuego. La alcaldesa de Logroño, Cuca Gamarra, ha sido la primera en presentar oficialmente su propuesta. Lo hizo el viernes en un lugar simbólico para el autonomismo riojano, Santa Coloma, aunque agotará el tiempo concedido para la formalización oficial. Al más puro estilo de su mentor. José Ignacio Ceniceros también tiene todo preparado para confirmar su concurso. Ambos serán proclamados aspirantes a última hora de la tarde del miércoles.

Del curso del proceso hasta la fecha cabe deducir tres primeras conclusiones: 1) La división interna ha alcanzado cotas que nadie podía imaginar hace sólo unos meses. 2) A estas alturas resulta aventurado pronosticar un favorito. 3) José Ignacio Ceniceros, que disputa la carrera con el aparato del partido en contra, ha conquistado una parte representativa del poder territorial que creía dominar Pedro Sanz. Tal vez el expresidente ha olvidado que ya no es el administrador de la caja con la que se financian las obras que pueden dar lustre a la gestión de tantos alcaldes necesitados de recursos.

Tal es el caldo de cultivo en el que crece la tensión ante un congreso que va a decidir mucho más que la presidencia regional del PP. De hecho, las carreras políticas de algunos de los más destacados dirigentes del partido dependen del resultado que saldrá de la urna en la que votarán los afiliados que se inscriban antes del día 15. El único requisito para participar es estar al corriente del pago de las cuotas. Descontado, por supuesto, el de constar en el censo de militantes, algo que no han conseguido todos los que desean figurar en esa lista. Todavía sigue en el limbo, por ejemplo, la incorporación de un centenar de nuevos simpatizantes reclutados por el equipo de Ceniceros y cuyas solicitudes de alta no han llegado a tramitarse por la negativa a convocar al órgano que debe darles curso.

Lo cierto es que las manifestaciones de fidelidad a uno u otro candidato se han realizado con tal grado compromiso que será difícil que el bando derrotado pueda colocar a sus notables en las próximas candidaturas. El control del comité electoral es una de las claves que determinará el futuro de personajes como los diputados Emilio del Río y Mar Cotelo, los senadores Francisca Mendiola y José Luis Pérez Pastor o los consejeros Carlos Cuevas y Conrado Escobar, por citar sólo los casos más visibles y sin olvidar, por supuesto, a los dos contendientes. Hasta ahí alcanza la refriega.

En medio de este jaleo, y con las dos facciones decididas a llevar su pugna hasta el final, el PP se enfrenta a la necesidad de optar entre tres hipótesis de futuro. La primera y más probable es aceptar el reto de la división permitiendo que Cuca Gamarra y Ceniceros se despellejen en una votación a cara de perro. La segunda pasaría por promover un acuerdo in extremis entre los dos pretendientes para que uno de ellos desista a cambio de otras compensaciones, algo que parece imposible a estas alturas y que ni siquiera las llamadas a capítulo desde la dirección nacional del partido han logrado. La última consistiría en buscar una tercera vía que ofrezca margen para suturar las heridas y disimular las cicatrices.

Los estatutos del PP prevén en su disposición adicional cuarta la posibilidad de que un tercero pueda ser promovido para evitar guerras fratricidas que perjudiquen al proyecto. Pero esa solución queda sólo confiada a un acuerdo entre los candidatos proclamados. No valdría, por tanto, una imposición como la que esta semana se ha sugerido -de manera bastante burda- a través de una filtración que ponía en boca de algún alto dirigente de Génova la idea de que Pedro Sanz pueda prorrogar su mandato durante un par de años. Una posibilidad descartada como solución de consenso si se tiene en cuenta que el actual presidente del partido es, al mismo tiempo, el padrino de uno de los dos aspirantes a la sucesión. Y una alternativa desechada por el propio interesado, según delata el hecho de que Gamarra confirmara su candidatura hace sólo dos días. Sanz, de hecho, anunciará mañana el cierre de un ciclo que inició en 1993 como presidente del PP de La Rioja y que está a punto de concluir tal y como empezó: con el partido convertido en un gallinero.

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