La Rioja

Los monasterios riojanos se quedan en silencio

El padre guardián del monasterio de Santa María la Real, Lucas Uranga, pasea por el claustro del cenobio najerino.
El padre guardián del monasterio de Santa María la Real, Lucas Uranga, pasea por el claustro del cenobio najerino. / Justo Rodriguez
  • La anunciada marcha de los frailes de Santa María la Real refleja una tendencia agudizada por la falta continuada de vocaciones

  • Los monjes de vida activa, como los franciscanos de Nájera, no se encierran entre los muros del convento, sino que colaboran activamente en la vida del municipio

  • El número de monjas triplica al de monjes o frailes en la región, según la diócesis, porque «ellas siempre han sido más piadosas»

Quizá lo que más impresione al cruzar el umbral de Santa María la Real sea el profundo silencio. A esta hora no hay visitantes en el monasterio najerino y sólo los pasos por el claustro del padre guardián, Lucas Uranga, rompen tamaña quietud. Uranga pasea entre estas galerías mientras medita la decisión del superior de la orden franciscana, con sede en Aránzazu (Guipúzcoa), de reubicar en otros conventos, en principio en verano, a los cuatro frailes que habitan actualmente este emblemático monumento histórico.

Los motivos no se le escapan a nadie: faltan vocaciones y la congregación religiosa merma. Ocurre entre los franciscanos, pero también en otras comunidades. En La Rioja viven 587 religiosos en 67 monasterios y casas, según datos del último censo que maneja la diócesis elaborado al cierre del 2015. De ellos, 186 se dedican a la vida contemplativa (182 mujeres y 4 hombres) y 401 llevan una vida activa (264 mujeres y 137 hombres).

Los frailes de Santa María la Real pertenecen a este segundo grupo. Al contrario de los de vida contemplativa (centrados en el 'ora et labora', esto es, en la oración y en la realización de trabajos para automantenerse; pero no de docencia, atención social o sanitaria), ellos desarrollan una actividad muy próxima a sus conciudadanos.

El padre Lucas Uranga, aunque insiste en que se le denomine Lucas a secas, constituye un personaje muy popular e implicado en la vida cultural de Nájera, adonde llegó hace 38 años. Es el creador y conductor de la Coral Najerense y coordina la oficina de visitas al cenobio.

Sus otros tres compañeros (Pablo, Fernando y Pedro Ángel) no son menos conocidos, puesto que dos de ellos atienden tres parroquias de la comarca cada uno y entre todos se van rotando para oficiar las misas en Santa María la Real o en el convento de las Clarisas. El mayor ha cumplido los 82 y el más joven rebasa ampliamente los 60. Sus edades entroncan con la de la media de los religiosos en la región, en torno a los 75 años. Y es que el envejecimiento de los miembros de las distintas órdenes resulta otro de los rasgos definitorios de su situación actual.

Pese a esa madurez, Uranga detalla que desarrollan una vida muy activa. Una jornada cualquiera se compone de paseos por el monte o por las calles de Nájera, ratos de lectura, varios momentos de oración y, en el caso de Uranga, las tardes de los lunes y miércoles las reserva a los ensayos con la Coral Najerense. «Antes de marcharnos de Nájera queremos hacer una misa importante con el coro», anuncia. Así que estos días anda inmerso en buscar otro organista, dado que el actual «no siempre puede».

«Ajo y agua»

Piensa en ello mientras repara en que en el 2018, cuando las Crónicas Najerenses alcancen el medio siglo, quizá los franciscanos ya no ocupen una parte del edificio de Santa María la Real como hasta ahora. «Y lo que quieren organizar no tendría sentido si nosotros no estamos aquí», opina.

Pero admite que la decisión del traslado se trata de una orden «de los jefes» y, pese al apoyo a la comunidad mostrado por la sociedad de Nájera a través de concentraciones y recogida de firmas, sabe que poco se puede hacer. «A los superiores esas cosas no les aturden», señala; así que zanja la cuestión con un «ajo y agua» y compara la marcha de Nájera con que «te echen de un trabajo».

Por más que el de ellos consista en seguir los pasos de San Francisco de Asís y «mantener mucho contacto con la gente». «Me parecería horroroso que nos llevaran a un lugar cerrado, cuando has estado conectado con las familias y los chavales», ya que ejerció como profesor de Religión en un instituto hasta su jubilación.

Uranga entiende su profesión de fraile como «un camino elegido libremente» y sólo cuando «se escoge en libertad, te encuentras contigo y dices que merece la pena». Es consciente de la falta de vocaciones en la Iglesia y, precisamente, lo achaca a que «en estos tiempos hay más libertad». Aunque subraya que eso no significa que el ser humano sea menos bondadoso. «Hay personas que no tienen fe y a veces son más coherentes que nosotros». Y es que «tener una marca de fe no te hace mejor, somos iguales al resto».