La Rioja

HAY UN HOMBRE EN LA RIOJA

Aunque ahora le separe un océano de quien fuera su mentor, Carlos Cuevas comparte con Pedro Sanz una mirada similar en torno a La Rioja. Ese tipo de política tan cara al Partido Popular, que sirve para explicar su larga serie de éxitos electorales: una atención detallada y permanente al alma que habita en su suelo rural. Sanz hizo gala durante su mandato, así en el Gobierno como en el PP, de una notable habilidad para extender su dominio en La Rioja interior a través de continuas visitas a esos escenarios donde se fraguan tantas complicidades: los merenderos. Ese mundo que gravita en torno a las chuletillas al sarmiento y el porrón de vino, que Sanz trasladaba también a su ejercicio como presidente mediante la visita continua a cada rincón de La Rioja donde pudiera captar algún voto esquivo o quisiera consolidar los que ya daba por descontados. Un modelo que Cuevas acaba de hacer suyo como consejero del Gobierno de José Ignacio Ceniceros: quien se preguntara la razón de que el presidente incluyera a su vera a quien representa todo lo que Sanz y los suyos más detestan estos días, puede responderse limitándose a seguir las peripecias del consejero de Fomento que figuran en el orden del día de la agenda gubernamental.

Semejante trajín mereció ayer un sardónico comentario desde el atril del parlamentario Tomás Martínez Flaño, responsable en Ciudadanos del departamento de ironías. Menos comedidos, otros colegas de Cuevas en el Parlamento se toman medio a chanza sus andanzas por La Rioja: le llaman «el consejero viajero», mientras se preguntan si no rendiría mejor servicio a su Gobierno ocupándose de las grandes infraestructuras que tan feo aspecto presentan antes que dedicando tanto ímpetu a la letra pequeña de su gestión. Porque el consejero de Fomento desde luego no para: sin ir más lejos que una semana, su agenda anota su peregrinaje por Tirgo, Lagunilla, Ribafrecha, Soto y Jalón, localidades estas dos últimas donde visitó sendos pasos canadienses. Nada menos. Antes también se interesó por la ampliación del cementerio de Pedroso (por lo visto, el conjunto del camposanto exigirá una visita adicional) y hasta incluyó en su itinerario un viaje sorpresa: a Casas Blancas, enclave sin vecinos dependiente de Cidamón donde no se tenía noticia hasta ahora de tal prodigio.

¿A qué obedece este ir y venir, del que además Cuevas ofrece detalle haciéndose grabar por los servicios audiovisuales del Gobierno mientras viaja en el interurbano al encuentro de esta o aquella otra inauguración? A que su misión en el equipo de José Ignacio Ceniceros pasa por asegurarse de que los bienes que derrama el Gobierno en forma de calles arregladas y pasos canadienses mejorados reciben el día de mañana la favorable respuesta de alcaldes y concejales, casi todos del mismo partido: el PP. Sí, el PP que un día de estos se someterá a congreso para elegir nuevo líder y llegará entonces la hora de medir apoyos y calibrar lealtades.

Así que Cuevas, a quien su jefe Pedro Sanz ha descargado de las tareas propias del secretario general del partido, ejerce en realidad de secretario de organización: garantiza que fluya el engranaje preciso entre el Palacete y el mundo rural de donde tantos compromisarios llegarán al mentado congreso y aguanta los dardos que le llegan desde la oposición. Y también soporta el fuego amigo: cuando ayer Conchita Arruga, portavoz del grupo que defiende al Gobierno, hablaba de la conveniencia de estar cerca de los amigos, «pero sobre todo muy cerca de los enemigos», describía a la perfección el ecosistema donde habita hoy el PP.

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