La Rioja

Valpuesta contra San Millán

San Millán de la Cogolla. El monasterio de Yuso, en el valle del Cárdenas. :: juan marín
San Millán de la Cogolla. El monasterio de Yuso, en el valle del Cárdenas. :: juan marín
  • Castilla y León pugna por arrebatar a los monasterios emilianenses su papel principal en el origen del castellano

El pasado fin de semana, en el programa de televisión 'Saber y ganar' (La 2), Mayca, una de las concursantes, tuvo que enfrentarse a una batería de preguntas englobadas bajo el lema 'De buena cuna'. «¿Sabe usted -tronó de repente la voz 'en off'- en qué provincia se encuentra Valpuesta, considerada la cuna del castellano?» Mayca no movió un músculo. Dijo «Burgos» y ganó 20 puntos.

El 11 de diciembre del 2016, el diario El País publicó a toda página una noticia con el titular: «Cartularios de Valpuesta: cuando el latín se hizo español». En el subtítulo, el redactor, Borja Hermoso, puntualizaba: «Clonados por primera vez los códices del siglo IX que contienen los vestigios más antiguos del idioma».

Dos años antes, el 7 de noviembre del 2014, el diario El Correopublicaba un reportaje de viajes en el que se proponía una visita a la colegiata de Valpuesta, «cuna del castellano», en cuyos cartularios se incluyen «anotaciones en castellano anteriores a las Glosas Emilianenses».

La idea de que en Valpuesta se escribieron los primeros textos en lengua romance, fomentada a todo trapo y sin reparar en gastos desde el Instituto Castellano-leonés de la Lengua, va calando como una lluvia fina. Incluso la Wikipedia, en su voz 'Glosas Emilianenses', defiende esta tesis. Los alumnos de Primaria en Castilla y León leen en sus libros de texto que el castellano nació en Valpuesta (Burgos) mientras que sus compañeros de La Rioja estudian -a veces en manuales de la misma editorial- que el idioma común dio sus primeros balbuceos en el monasterio de San Millán de la Cogolla.

¿Quién tiene razón?

Antes de responder a esta pregunta, conviene recordar que nos hallamos ante una disputa económica y turística antes que filológica. Para los filólogos, hablar de «cuna» del castellano resulta una licencia inadmisible. «Es una metáfora incluso dañina», sentencia el filólogo Claudio García Turza. El latín se convirtió en castellano en un proceso abrupto y larguísimo: las palabras nuevas fueron surgiendo aquí y allá, al principio sólo en el lenguaje oral. Hacia el siglo VIII o IX, la gente del pueblo llano hablaba un latín tan andrajoso que ya no era propiamente latín; paulatinamente esos cambios -demasiado sutiles para un observador sin formación- fueron calando en algunos documentos escritos. El castellano se originó en una región aproximada (entre las actuales provincias de Burgos y La Rioja), pero rastrear la primera eclosión del idioma -una letra, una palabra suelta- en un texto latino es tarea casi imposible e incluso arbitraria. «Lo que resulta más interesante y más importante es encontrar textos que reflejen en su totalidad todos los niveles lingüísticos», reflexiona el filólogo Claudio García Turza, «porque ahí estaremos viendo realmente cómo se despliega una lengua nueva, una lengua que supera las viejas estructuras latinas».

A diez kilómetros de Miranda de Ebro, en el límite entre las provincias de Burgos y Álava, el monasterio de Valpuesta guardaba -como todos los cenobios medievales- unos cartularios que recogían copias de donaciones, compraventas, inventarios... Los cartularios no suelen ser fuentes fiables para los historiadores porque con frecuencia los monjes falsificaban estos documentos en beneficio propio. Sin embargo, un análisis paleográfico llevado a cabo por los profesores Ruiz Asencio, Ruiz Albi y Herrera indicó que algunas copias contenidas en los cartularios eran en efecto muy antiguas: en concreto, dataron 8 documentos en el siglo IX y 30 en el siglo X. En esos cuadernillos, los investigadores rastrearon algunas palabras que ya no se corresponden con el latín culto; vocablos como plumazo (colchón), datado en el año 935 o corro (corral), que aparece en el 975. En estas voces y otras similares se apoya la Junta de Castilla y León para defender la tesis de que en Valpuesta tiene su origen el castellano escrito.

El monasterio de San Millán de la Cogolla era entonces un enclave cultural de primer orden, con un scriptorium fecundísimo. En su biblioteca se guardaron, por los siglos de los siglos, muchos códices (y también cartularios) que todavía están por investigar. En uno de aquellos manuscritos, el códice 46, también depositado en la Real Academia de la Historia, los investigadores Claudio y Javier García Turza encontraron vestigios de palabras romances en un texto latino. El códice es un diccionario, y en sus voces y definiciones se encuentran palabras que ya pertenecen a un nuevo idioma. Al contrario que las Glosas (y que los cartularios de Valpuesta) su datación no presenta dudas porque el amanuense tuvo la feliz idea de anotar la fecha: el códice 46 se terminó de escribir el 13 de junio del año 964.

Más que palabras

«En Valpuesta hay documentos muy antiguos, pero hay otros aspectos más relevantes para los estudios filológicos que la mera antigüedad: la cantidad, la variedad y, sobre todo, la calidad de las fuentes», explica Claudio García Turza. El filólogo, director del Instituto de Orígenes del Español del Cilengua, reconoce que los documentos de Valpuesta son «una aportación muy importante en el aspecto lexicológico», aunque recuerda que son documentos escritos en latín en los que el copista a veces utiliza palabras de uso común para designar cosas que no tienen su correlato latino: «Pero el texto sigue siendo latino, su morfología también y el copista no tiene la conciencia de hablar otra cosa que latín».

Todo eso se rompe con las llamadas Glosas Emilianenes. En la glosa 89 del códice 60 de San Millán de la Cogolla ya no encontramos meras palabras sueltas que se cuelan por las rendijas de un texto latino, sino una oración completa y perfecta, con estructura literaria. «Aquí todo es ya romance: el léxico, la gramática, la sintaxis, la morfología... Aquí sí vemos ya una voluntad de separarse del latín. Este texto es verdaderamente señero y singular en el ámbito hispánico, y no sólo hispánico: en esta mal llamada glosa aparece por primera vez la nueva lengua en todos sus niveles. Ahí está, y no en elementos léxicos sueltos».

La datación de las Glosas ha sido (y es aún) objeto de discusión. Algunos filólogos las retrasan hasta la segunda mitad del siglo XI, aunque García Turza rechaza esta tesis: «Las lenguas cambian muy lentamente; si eso fuera así, apenas mediaría un siglo entre las Glosas y las obras de Gonzalo de Berceo, cuando la diferencia entre unos y otros textos es profundísima. Pero, además, las Glosas son en realidad el cierre de una homilía y están escritas perfectamente, sin vacilaciones y en limpio; eso demuestra que el monje había copiado una oración que probablemente sabía de memoria. Su sabor de antigüedad es tal que es imposible situarlas en el siglo XI».

Por debajo de las honduras filológicas, en esta querella entre monasterios late una contienda económica. «La Rioja no va entrar en disputas con otras comunidades autónomas», zanja Leonor González Menorca, consejera de Desarrollo Económico. «Nosotros apoyamos la investigación sobre los orígenes del español desde el Cilengua y la Fundación San Millán y seguiremos haciéndolo. La Unesco consideró que San Millán merecía la consideración de Patrimonio de la Humanidad por la cantidad y calidad de sus documentos, desde los copistas de Suso hasta Gonzalo de Berceo».

El Gobierno de La Rioja quiere aprovechar los actos del vigésimo aniversario de la declaración de San Millán (que discurrirán de octubre del 2017 a octubre del 2018) para divulgar y asentar la importancia del patrimonio de San Millán. «Cuando fuimos a visitarla, la presidenta de la Real Academia de la Historia, Carmen Iglesias, nos dijo que las Glosas Emilianenses son para ellos como las Meninas para el Museo del Prado; el documento más valioso de sus fondos. Por eso no quieren ni siquiera cederlas para una exposición».

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