La Rioja

«Trillo se fue a Londres y nosotros nos quedamos con los muertos»

Funeral por las víctimas riojanas del Yak-42, en Sotés. :: e. del río
Funeral por las víctimas riojanas del Yak-42, en Sotés. :: e. del río
  • Las víctimas riojanas del Yak 42 reviven la ignominia del accidente que marcó sus vidas

  • Un informe del Consejo de Estado da la razón a los afectados trece años después de la tragedia: «A buenas horas», responden

El domingo 25 de mayo del año 2003, 62 militares españoles destinados en Afganistán y en Kirguistán se embarcaron en un avión contratado por el Ministerio de Defensa con destino a Zaragoza. Regresaban a casa aliviados, tras haber servido cuatro meses en una de las regiones más peligrosas del planeta. A las tres de la madrugada, el aparato, un vetusto Yakovlev Yak-42D de la compañía ucraniana UM Airlines, se estrellaba cerca del aeropuerto de Trebisonda, en Turquía. No hubo supervivientes: fallecieron los 62 militares y los 13 tripulantes (12 ucranios y un bielorruso).

No fue una catástrofe aérea cualquiera. Desde hacía tiempo se venía advirtiendo (incluso en el Congreso de los Diputados) de las deficiencias en los aviones de fabricación soviética que solía contratar el Ministerio de Defensa, entonces dirigido por Federico Trillo (PP). El Yak-42, construido en 1988, acumulaba, en el momento del accidente, 18.739 horas de vuelo. Según reveló el diario El Mundo, varios de los militares fallecidos habían alertado a sus familiares y amigos del cochambroso estado de los aviones: «Son alquilados a un grupo de piratas aéreos que en condiciones límites transportan nuestro material y personal (...). Sólo con ver las ruedas y la ropa tirada por la cabina de la tripulación te empieza a dar taquicardia», se espantaba días antes del suceso el comandante José Manuel Ripollés, del cuerpo de ingenieros.

Pero la ignominia del caso Yak-42 no finalizó con la muerte de los militares. Los errores en la identificación de cadáveres y en la entrega de los restos a los familiares de las víctimas, urgidos quizá por la necesidad política de cerrar el caso cuanto antes, colocaron un epílogo dolorosamente chapucero a la mayor tragedia aérea en la historia de las Fuerzas Armadas Españolas.

De los 62 militares muertos, tres eran riojanos, dos de ellos naturales de Sotés: los brigadas Pedro Rodríguez Álvarez y Eduardo Rodríguez Alonso. Un tercero, el sargento José Gabino Nvé Hernández, aunque nacido en Micomeseng (Guinea Ecuatorial), era hijo de una autoleña y residente en el municipio riojabajeño durante su infancia y juventud. «Cuando sucedió aquello yo me quedé viuda con tres hijos de 8, 5 y 3 años», recuerda, todavía con enojo, Pilar Ruiz, esposa del brigada Pedro Rodríguez Álvarez. «Me fastidió la vida -abunda-. Mis hijos han crecido sin su padre y no tenían ninguna necesidad. La ausencia nunca se pasa». A María Ángeles Soria, viuda del brigada Eduardo Rodríguez Alonso, el Yak-42 que se estrelló en Trebisonda la dejó sola, con un hijo de 7 años: «Al principio, el pobre no quería ni que le nombrase a su padre; luego, poco a poco, se lo fui explicando y reaccionó. Ahora es un hombre hecho y derecho, pero esa ausencia no se la quita nadie».

Hubo juicios, pero Federico Trillo jamás se sentó en un banquillo. Los sucesivos magistrados consideraron que el Ministerio no tenía responsabilidad criminal en la contratación. Las únicas condenas que se registraron se debieron al proceso de recogida de restos e identificación de cadáveres: el general Vicente Carlos Navarro fue condenado a tres años y los comandantes José Ramón Ramírez y Miguel Ángel Sáez, a año y medio por sendos delitos de falsedad en documento público. Ninguno cumplió su pena: el general Navarro enfermó y murió; y los comandantes Ramírez y Sáenz fueron indultados por el Consejo de Ministros a propuesta del entonces ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón.

La responsabilidad de Defensa

Trece años después de aquel accidente, el Consejo de Estado ha reconocido la responsabilidad del Ministerio de Defensa en el accidente del Yak-42: «Hay, pues, anteriores a la fecha del siniestro, hechos que habrían permitido a la Administración ponderar el especial riesgo concurrente en el transporte de tropas en que se produjo el accidente. Dicho con otras palabras, pudieron ser advertidas circunstancias que habrían llamado a la adopción por los órganos competentes de medidas que pudieran haber despejado el riesgo que se corría». A Pilar Ruiz, este dictamen no le ha dado «ni un ápice de satisfacción», solo le deja una profunda tristeza. «Del Yak queríamos saber la verdad. Yo creo que aún no la sabemos del todo. Me gustaría que se reabriera el caso para juzgar al verdadero responsable, a Federico Trillo. Después del accidente, él se marchó a un puestazo en Londres, de embajador nada menos, y nosotros nos quedamos con los muertos».

Tanto Pilar como María Ángeles Soria recuerdan que Trillo sufrió la reprobación del Congreso por este caso. «Pero no sirvió de nada. Para él este asunto ha sido un caminito de rosas. Siempre nos dio la impresión de que este señor tenía mucho poder y estaba muy protegido. Y así sigue», lamenta María Ángeles.

El dictamen del Consejo de Estado ha hurgado en una herida muy profunda para las víctimas. «Se ha demostrado que fue un cúmulo de chapuzas desde el principio. ¡Y lo que tuvimos que aguantar! -recuerda María Ángeles-. Cada vez que salía una noticia en prensa, el Ministerio de Defensa nos enviaba un dossier de 200 páginas contando batallitas para negarlo todo. Si en lugar de gastar tanto en propaganda hubieran invertido todo ese dineral en contratar un avión en condiciones, nos habríamos ahorrado todo este dolor».

Trillo abandonará pronto la Embajada en Londres, aunque él asegura que su relevo nada tiene que ver con el informe del Consejo de Estado. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, despreció el dictamen por entender que los hechos ya habían sido juzgados y que había pasado «muchísimo tiempo». Tal vez antes de responder así, debería haber hablado con las víctimas. «El presidente de un país jamás debe decir eso. Me parece un pelele. ¿Qué testimonio es ese, qué respeto por las víctimas?», se indigna Pilar Ruiz. Y María Ángeles Soria remacha: «La gente puede pensar que hace mucho tiempo de esto, pero para nosotros la herida está siempre abierta, siempre. Y es imposible que cicatrice».

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