La Rioja

El año del no

El año del no

  • Adiós al 2016 sin Presupuesto riojano, adiós a la política convencional

Según Maquiavelo, «un príncipe siempre tiene una razón legítima para incumplir sus promesas». Si semejante axioma fuera verdad, la clase política regional, nacional y planetaria daría en la obra del autor italiano con la coartada perfecta que justifique un largo año de compromisos fallidos. Un año que se asoma al examen de la historia presidido por una palabra: la palabra no. Porque el 2016 ya casi difunto fue el año en que enormes capas de la población mundial dijeron no: se negaron a someterse al dictamen de la política convencional y dinamitaron el poder establecido. Al menos, en apariencia. El año en que los británicos derrotaron al 'establishment', Estados Unidos votó también al margen de las consignas, el pueblo colombiano declinó igualmente seguir los dictados de lo políticamente conveniente... El año en que incluso La Rioja enunció su particular no. Por primera vez desde 1995, el año muere y no: no hay Presupuesto aprobado.

Lo cual es una manera muy peculiar de corroborar cómo, en efecto, los mandatarios riojanos atienden la máxima de Maquiavelo y se permiten incumplir su compromiso capital. Sin ese documento que sus antecesores alardeaban de presentar siempre en plazo, el equipo que capitanea José Ignacio Ceniceros ha podido conocer de cerca que la nueva política, aquel movimiento nacido para cuestionar el orden clásico, goza de sus propios tiempos. Le ayuda cierta impericia observada entre los responsables del Palacete, que hasta última hora no se creyeron de verdad el órdago de Ciudadanos: aunque la justificación oficial es que la demora obedece a la parálisis detectada en el Estado, largo tiempo sin Gobierno tras las últimas elecciones, en realidad que La Rioja llegue al 31 de diciembre sin el Presupuesto presentado en el Parlamento encierra una anomalía de calado. Que, por el contrario, no se ha registrado en otras regiones que también estuvieron mirando hacia Moncloa y sin embargo sí que han hecho sus deberes a tiempo.

Debería por lo tanto consignarse esta singularidad riojana en el capítulo abierto durante el conjunto del año para el triunfo absoluto del no. Porque prevalece en La Rioja la resistencia a contemplar el mundo en función de sus actuales fundamentos, que han ido moviéndose desde el escenario habitual hasta este otro espacio donde lo inmutable tiene fecha de caducidad. Obsérvese al Gobierno de La Rioja: dos cambios de gabinete en apenas año y medio, anuncio de otra dosis de cirugía en los segundos niveles y, en fin, la sensación generalizada de que Ceniceros y sus consejeros van tomando decisiones en función de una coyuntura que ha dejado de ser ese objetivo más o menos fijo que conocimos hasta ahora. Reina el blanco móvil. Y la nueva política exige cintura. Tanta flexibilidad que los principios más firmes pueden quedar enterrados en nombre del nuevo dios: el contexto. El don de la oportunidad.

Lo enseñó este 2016, pródigo en cadáveres políticos de todos aquellos dirigentes que no supieron adaptarse. Como resume el politólogo Pablo Simón, «el 2016 será conocido como el año en que los electores dieron masivamente la espalda a sus élites». «Con la crisis económica y política que sacude a muchos países, ha habido una triple alianza de electores que han votado contra el sistema», añade. Y luego lo explica con más detalle: «Primero, los votantes que notan que la recuperación no les llega y se identifican como los perdedores de la globalización. Los que han sido dejados atrás durante la última década. Segundo, los temerosos de la globalización cultural, de la pérdida de identidad y de la inmigración. Los que se refugian en la identidad nacional como mecanismo para sentirse parte de una comunidad. Por último, los que han querido votar en protesta contra las élites gobernantes para darles un escarmiento».

Feo panorama. Que puede empeorar, como recalca Simón. «La UE ha recibido un daño mortal con el 'brexit' y la caída de Renzi, la crisis de refugiados y Turquía. No hay horizonte de integración, sino de repliegue nacional. Todo se paraliza y las instituciones no responden». Con una derivada que aún ensombrece más un horizonte poblado de nubarrones: que las malas noticias alcanzan al otro lado del océano («De USA llega una reacción conservadora con Trump que no solo va a desmantelar el legado de Obama, puede arrastrar al mundo a las tensiones comerciales y guerras, y Dilma Rousseff ha caído en Brasil mediante un impeachment llevando al país a la inestabilidad») y a los países emergentes, como Rusia, «donde Putin ha consolidado su poder».

Así que abramos una temerosa puerta al 2017, que viene con elecciones en Países Bajos, Francia y Alemania, «además de quizá también en Italia y Grecia»,como señala el politólogo riojano. «Es posible que este año vaya a ser el definitivo de lo que está por venir en el nuevo mundo multipolar que inauguramos», opina. Con una particularidad si enfocamos de cerca, hacia España. «Una incógnita», según Simón, cuyo diagnóstico sirve para la política riojana: otro enigma. Que sólo podrá resolverse cuando se aclare el convulso panorama que atenaza a todos los partidos. Desde luego, a los nuevos (Ciudadanos y Podemos), sumidos en evidentes contradicciones. Fruto lógico de su corta trayectoria, pero también de la falta de fundamentos sólidos en sus postulados, ricos por el contrario en pulsos personalistas que en nada les ayudan para situarse en el carril central del debate político.

Y, por supuesto, el 2017 juzgará aún con más severidad a los grandes partidos. PP y PSOE afrontarán en La Rioja su particular calvario; los socialistas, desorientados por una coyuntura nacional que nada beneficia a la estrategia de su líder regional, César Luena, quien tardará en olvidar el infausto 2016. Y el PP, porque no cesa su proceso de combustión interna: el lejano abril, con el prometido congreso regional, debería significar un punto de inflexión para consolidar un liderazgo único y clausurar el abierto pulso entre las distintas facciones que durante este año tanto desgastó a cada bando. Cuyos jefes, por cierto, prefirieron adecuar su mensaje a la palabra triunfante: no. No hay crisis en el PP: ese es el discurso oficial. La verdad discurre bajo las apariencias, lo cual parece muy pertinente para resumir este 2016, el año que consagró el concepto de postverdad para definir el imperio de la mentira. Un estado de ánimo planetario. Una emoción global: la derrota del sí, la victoria del no.