La Rioja

LO QUE EL PLENO NO VE

El presidente del Gobierno llega sobre la bocina al pleno, precediendo unos pasos a alguna diputada rezagada de su propio grupo. Los parlamentarios aprovechan cada receso para el preceptivo pitillo en la puerta del Parlamento. Ora el propio edificio, ora el bar de enfrente del mismo nombre. Barullo de funcionarios del Palacete en los pasillos del Legislativo, atentos a las palabras de sus jefes, que hoy les regalan una generosa dosis de topicazos. Se nota que es Navidad porque sus señorías se felicitan las Pascuas, se desean un feliz 2017 y porque afuera arrecia el frío invernal, lo cual aconsejaría que se elevase algo la temperatura del interior. Milagro que debe descartarse: prevalece el protocolo plúmbeo, según los viejos códigos que algún parlamentario expresa en plan confidencia: «Manzanas traigo».

Muy cierto. Tan cierto como que el Gobierno se turna en responder lo que le plazca igual que la oposición pregunta guiada por idéntico impulso rutinario. Es lo que ocurre cuando en lugar de ser la voz del ciudadano te conviertes en eco. En el eco de la prensa, cuyas noticias suelen poblar el argumentario de cada sesión, de manera que la labor de control al Gobierno amaga con ejercerse extramuros. (Nota mental: sólo se animan los escaños del PP cuando interviene el titular de Educación, quien cosecha cerradas ovaciones mientras invita a participar en «la cultura del esfuerzo»).

Hablaba el consejero Galiana a propósito de Finlandia, metáfora muy pertinente para una mañana glacial que sirve como condensado del tipo de plenos vividos durante el año casi difunto. Tan previsibles como mejorables. Lo cual llama la atención teniendo en cuenta que en privado todos los grupos asumen su dadivosa contribución a que triunfe el aburrimiento en cada debate, mientras culpan al mortecino reglamento cuya reforma perfeccionaría el nivel de discusión y activaría los trabajos parlamentarios. Sí, llama mucho la atención: asombra que si ahí reside el obstáculo principal para que la vida pública pase más a menudo por el exconvento de La Merced no reine el consenso entre partidos para modificar el tal reglamento. Que no surja una mayoría dispuesta a restar trabas, para que reine al fin el dinamismo, el orden del día se pueble de cuestiones mayores (en lugar de tanta y tanta letra pequeña) y el Parlamento recupere lo que casi nunca ha tenido. Un papel central que contribuya a la mejora del bienestar de los riojanos.

Ocurre por el contrario que las mejores intenciones encallan contra la empedrada burocracia legislativa. En teoría, la sesión de ayer debía haber servido para aprobar una ley estrella del Gobierno: la renta ciudadana. Bueno, paciencia. Gracias al consejero Escobar supimos que el proyecto ha superado ya el trámite de comisión. Cualquier año de estos aparecerá por el pleno, si la maquinaria administrativa no detiene su procelosa tramitación por el infinito océano que forman informes, contrainformes y demás aparato legal. De modo que ayer sucedió lo de siempre: que despertara más interés lo que no se ve que cuanto se cuece en el hemiciclo. Fue cuando por la tribuna se asomó el alcalde de Villamediana, próximo su adiós. Pero aguantó poco. Pronto se marchó al encuentro del polar diciembre riojano, cuando supo lo que ya conocen los veteranos de la casa: que si algo te puede dejar frío es el propio Parlamento.