La Rioja

Reinares vuelve a la vida gracias a una familia francesa

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  • Los Le Merlus llevan más de medio año rehabilitando la aldea, despoblada en los 60, para que otros la descubran

  • Los cuatro viven en una caravana a mil metros de altitud, en pleno contacto con la naturaleza y con el propósito de subsistir con lo mínimo

A Reinares hay que imaginarlo, porque de lo que fue un pueblo de 120 habitantes a mediados del siglo XIX ya sólo quedan los esqueletos de la iglesia de San Miguel y de tres o cuatro casas.

Para los registros actuales, Reinares no existe. No existe desde la década de los 60 del siglo pasado, cuando sus últimos vecinos abandonaron esta aldea perteneciente al municipio de Santa Engracia del Jubera. Desde entonces la maleza, el olvido y el silencio se han adueñado de esta población situada a 1.085 metros de altitud, entre los barrancos de una de las zonas más abruptas y despobladas de La Rioja, la cuenca del Jubera, y localizada a medio camino entre los núcleos de Santa Marina y El Collado.

Reinares es un conjunto de ruinas por el que la vegetación campa a sus anchas. Y sin embargo, para Emmanuelle Le Merlus, su marido Eddy Le Merlus y sus hijos Maëlys (9 años) y Elouan (7) constituye el lugar más maravilloso del mundo. Esta familia procedente de la Bretaña francesa arribó el pasado junio a este rincón del Jubera gracias a las indicaciones de una aplicación móvil con pueblos abandonados y después de un largo periplo por otros de Navarra, Huesca, Zaragoza o Cataluña.

Reinares no era su primera opción en La Rioja, pero aquí sintieron «el pálpito y las buenas vibraciones» que no habían percibido antes para materializar su proyecto de vida: recuperar de forma altruista viviendas y espacios públicos de lugares deshabitados con sus manos y materiales naturales para que sirvan de morada a visitantes que quieran descubrirlos, cultivar plantaciones de manera totalmente respetuosa con el medio ambiente y sin recurrir a pesticidas ni abonos, y vivir con el menor dinero posible y de forma completamente autónoma.

La aldea riojana les encantó, entre otras cosas también porque para llegar a ella hay que intrincarse por un camino de 800 metros monte a través o bien por una pista de montaña entre matorrales y árboles de 1,5 kilómetros. «Los pueblos que habíamos visitado antes estaban a 5 o 10 kilómetros de la carretera y, como queremos utilizar los vehículos lo mínimo indispensable, Reinares resultaba mucho más accesible», argumenta Emmanuelle.

Ella y los suyos residen en una caravana aparcada en un costado de la LR-477, justo donde parte el camino que conduce a El Collado. Desde ahí suben y bajan todos los días hasta las ruinas del antiguo poblado para darle vida. En este tiempo han limpiado la fuente y las calles, que estaban embebidas por la broza. También el puente medieval, al que lo recubría una maraña de ramas y hojarasca que impedía el paso a lo que un día fue Reinares. Asimismo, han construido un horno con adobe y los niños han preparado un coqueto belén sobre un murete de piedra que aún resiste para que la Navidad vuelva a sentirse por estos lares.

«Queremos rehabilitar este lugar y hacer venir a otras personas para que Reinares reviva», declara la madre. Algo así van logrando. «Por aquí pasan muchos caminantes y ciclistas que, al vernos, se quedan a ayudarnos después de practicar su deporte y luego compartimos una comida», cuenta el padre.

Lazos de amistad

Esa cercanía la echaban de menos en Francia. «En España hay más sonrisas», comenta ella. No en vano, tanto el matrimonio como los pequeños han tejido ya numerosos lazos de amistad con los habitantes de otros núcleos del entorno.

La familia Le Merlus está hoy en Reinares por una mezcla de convicción y de avatares del destino. «Nos gusta la vida en libertad y en contacto con la naturaleza», afirma Eddy, quien señala que en su país eso era algo que resultaba complicado de alcanzar «por el trabajo, la preocupación por el dinero, el estrés,...».

Él tenía un empleo como carpintero dentro de una asociación de gremios. Emmanuelle encadenaba contratos temporales como cuidadora de niños y en una residencia de ancianos. La vorágine laboral y la ansiedad derivaron hace cuatro años en que sufriera unos problemas estomacales que supusieron el incentivo para decir basta y romper con ese ritmo de vida. «No queríamos esto ni para nosotros ni para nuestros hijos», indica la mujer.

Los colonos de Reinares

Entonces se decidieron a mudarse a un pueblo abandonado, rehabilitarlo, vivir con lo mínimo posible y tratar de obtener de la tierra y del trabajo con sus manos todo lo que necesitan. «Este proyecto en Francia no resulta viable puesto que te exigen mucha burocracia», justifica Eddy.

De ahí que se compraran una caravana y se decidieran a cruzar al otro lado de los Pirineos. «Anteriormente habíamos pasado vacaciones en poblados de Navarra ocupados por franceses», detalla ella.

En Reinares han hallado la felicidad y se nota. «Me siento bien, respiro», dice Emmanuelle; mientras Maëlys y Elouan corretean por las calles exánimes de un lugar que ya sienten propio, 'escalan' el roquedo que cobija a la fuente o guían el camino de vuelta por el bosque a sus mayores. «Les encantan la naturaleza y los animales», atestigua la madre, quien refiere que sus pequeños no disponen de televisión, 'tablet' u ordenador. Sus juegos consisten más bien en distinguir árboles y hojas, aguzar la vista para descubrir nuevos bichos o construirle un pequeño chozo al perro con piedras.

El alcalde de Santa Engracia del Jubera, Óscar Fernández, asegura que la insólita presencia de esta familia gala en un recodo de una carretera que pasa por su municipio «personalmente no me molesta y nadie quiere quitarles su sueño»; pero no oculta que le inquietan su situación legal y su bienestar físico, sobre todo en invierno cuando en esta zona pueden arreciar los temporales de nieve. «Tengo una responsabilidad sobre esas personas y me da miedo que pase cualquier cosa», sostiene.

Ellos, por su parte, ni se han empadronado en Santa Engracia, ni lo piensan hacer. «No queremos ser habitantes de Reinares. Sólo rehabilitar pueblos abandonados», declaran. Y tomarán otro rumbo, cuando consideren que su labor en la aldea del Jubera ha concluido. Porque, reflexionan, «es impresionante el número de poblaciones que están deshabitadas en España».

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