La Rioja

Las víctimas de la N-232

Los amigos de Rubén recuerdan como si fuese ayer aquel 23 de febrero de 2002. :: m.f.
Los amigos de Rubén recuerdan como si fuese ayer aquel 23 de febrero de 2002. :: m.f.
  • Después de la tragedia de un accidente y de los grandes titulares queda el dolor de las familias rotas

Todo empieza con una llamada. A veces del mismo móvil que llevaba tu padre o tu hermana o tu hijo... Después todo cambia. Esa fecha se queda grabada para toda la vida. La luz se apaga y cuesta volver a encenderla. Todo se mide ya en un antes y un después del impacto mortal. Cuesta volver a pasar por ese punto kilométrico... Tras las cruces y las flores que plagan la N-232 hay cientos de historias. Ciento cuarenta kilómetros plagados de vidas truncadas, sueños que se desvanecen en un siniestro segundo. Lo que pudo ser y nunca más será.

Después de la tragedia de un accidente mortal y de los grandes titulares con fotografías que huelen a asfalto y gasolina quedan las familias; los padres, las mujeres, los hijos, los hermanos, los amigos... Queda el dolor, y es tan fuerte que uno no es capaz de arrancárselo del alma ni con el paso de los años. Los que se quedan maldicen una carretera que dicen vertebra La Rioja pero que también asesina a los riojanos.

Son Rubén, José Luis y Marta, José Ángel, Rodrigo... pero también Sara, Coral, Michel, Mari Carmen, Diego, Erika, Dannis, Jonathan... Porque las estadísticas, esos números angustiosos, sólo cuentan al que se va, pero víctimas también son los que se quedan. Esos que intentan seguir adelante a pesar de que lo que pide el cuerpo es plantarse en los minutos anteriores al choque letal. Familias que tienen que seguir cogiendo esa maldita carretera y que piden soluciones fuera de la cuantificación de los presupuestos porque ellos ya han pagado un precio lo suficientemente alto. Ellos no quieren saber nada del debate político entre unos y otros, de todo lo que no sea conseguir que esos descorazonadores números se reduzcan al máximo.

En las dos últimas décadas 738 personas han perdido la vida en las carreteras riojanas, gran parte de ellas en una nacional que reparte vida y muerte entre los riojanos. Una cita en Hacienda, las compras de Navidad en un centro comercial, una visita a cualquiera de los hospitales riojanos, una comida de amigos en el municipio de al lado, cada mañana para acudir a tu puesto de trabajo... Ningún riojano nos libramos de pasar por ella.

A veces por un despiste, otras por una imprudencia, otras quién sabe por qué... Las historias siempre terminan igual: cargadas de dolor.

Rubén Mendizábal Falleció en 2002 en Rincón de Soto

«A veces piensas que sólo ha sido una pesadilla»

Rubén estaba enamorado de Rincón de Soto. Él y su familia vivían en Pamplona pero casi cada fin de semana se trasladaba hasta el municipio riojabajeño para salir con sus amigos, con su novia, para vivir los 'quintos' o correr las vacas en San Miguel. Trabajaba en un supermercado navarro y entrenaba a un equipo de fútbol. Hacía poco tiempo que se acababa de sacar el carné de conducir y se estaba planteando la posibilidad de volver a estudiar, quizá, algo relacionado con los ordenadores. Tenía buena mano con ellos.

Todo terminó un fatídico 23 de febrero. La idea era irse a cenar con los amigos y la novia a Alfaro. Acababa de volver de acompañar a sus tíos a comprar el traje de comunión de sus primos y sabía que, a la mañana siguiente, le esperaban los garbanzos de su abuela que tanto le gustaban. Tomó el cruce de Rincón de Soto con la nacional.

Un camión que circulaba en sentido contrario puso el punto y final a todo: a la cena, al trabajo, al próximo entrenamiento, a los ordenadores y a la posibilidad de volver a estudiar; a la vida en definitiva.

«Nadie está preparado para despedir a alguien que viene detrás. A veces piensas que sólo ha sido una pesadilla», cuenta su tía Coral delante de una cajita de plástico con todos los recuerdos que guarda de su sobrino. «El mundo se para durante unos días y ya nada es igual. Después de una cosa así la vida se divide en antes y después del accidente», asegura.

Esos días los recuerda a trazos, como un lienzo sin definir. No atina a saber si hacía frío o calor, sólo atisba dos sensaciones: una la profunda tristeza; la otra, el silencio. «No hubo gritos ni reproches, sólo silencio».

Un silencio que se propagó en horas por todo el pueblo. «Rincón de Soto se volcó con nosotros pero fue porque Rubén se hacía querer por todo el mundo», repite una y otra vez. Han pasado 14 años y no hay día que no se acuerde de ese chico simpático que era capaz de animar a todos con una simple sonrisa. «Aprendes a vivir con ello pero son especialmente duros los días que te levantas y lees en el periódico otro accidente más en la 232; te compadeces de las familias porque sabes por todo lo que van a pasar». A los pocos meses se cambió el acceso de Rincón a la nacional. Demasiado tarde para Rubén y su familia.

José Luis Cordón Falleció en 1998 en la 'Cuesta de la Gata'

«Tenemos un aeropuerto y decenas de muertos»

José Luis Cordón y Marta Jiménez acababan de llegar del viaje de novios. Se habían casado hacía apenas 20 días y daban con ilusión los últimos retoques a su hogar. Había que comprar una lámpara para una de las habitaciones y decidieron coger el coche y trasladarse desde Pradejón a Calahorra, como habían hecho infinidad de veces, como en tantas ocasiones tienen que hacer los riojabajeños para los que la gratuidad de la autopista con Vía T no sirve para nada.

Todo riojabajeño ha temido alguna vez tener que pasar por la 'Cuesta de la Gata,' decenas de jóvenes han perdido la vida allí; sobre todo en días de lluvia. José Luis y Marta engrosan esa lista interminable de nombres. El hermano de él, Míchel, sigue teniendo ese hilo de enfado contenido que nace cuando ves que te arrebatan algo tan preciado como un ser querido sin darte tiempo a reaccionar. «Ahora hablas de ese día con cierta naturalidad pero a pesar de haber pasado 20 años no logras olvidar». Un camión invadió parte del carril de aceleración y la maniobra de José Luis les empotró contra otro de los vehículos. Ella moriría en el acto, él tras 20 días de lucha por su parte y desconsuelo por la de su familia. Ese 17 de octubre fue trágico en la 232. Dos mujeres y sus dos bebés morían horas antes a la altura de Gimileo.

«Llevo 20 años sin coger ese carril de aceleración», dice Míchel con la mirada perdida en el infinito. «Entonces no había móviles, nos enteramos cuando llegó la Guardia Civil a casa», recuerda. Ese año fue terrible para las carreteras riojanas: murieron 63 personas. Ahora sería impensable que la sociedad volviese a aguantar ese goteo incesante de muertos.

«No he logrado entender por qué se ha hecho tan poco en la 232», recrimina. «Tenemos un aeropuerto sin pasajeros y decenas de muertos en el asfalto, tenemos una carretera plagada de camiones y al lado una autopista que va prácticamente vacía. Nada de esto tiene sentido», comenta. Liberación o desdoblamiento. «¿Y qué más da? Una solución. Ir todos de la mano a Madrid y decir que ya basta que si se puede hacer en Navarra o en Aragón no tiene sentido que no se haga en La Rioja».

Muchos más morirían en esa maldita curva hasta que hace 8 años se modificó el peralte de la misma y se pintó una línea continua que ha salvado decenas de vidas.

José Ángel Olarte Falleció este verano en Rincón de Soto

«Me llamó para decirme que en una hora llegaba»

Mari Carmen tiene la fuerza suficiente para hablar de José Ángel cuando apenas se han cumplido unos meses de su trágico accidente. De nuevo un camión implicado. Esta vez José Ángel cruzaba a pie la 232. ¿Imprudencia? Quizás, pero hay que recordar que, por ejemplo en El Villar de Arnedo deben hacerlo casi a diario algunos niños para acudir al colegio o que todo el pueblo lo hace para darse un chapuzón en las piscinas.

Era un día caluroso. Recién iniciado el mes de junio. «Recuerdo que me llamó para decirme que en una hora estaba en casa pero que iba a parar a comer algo porque no había podido hacerlo antes», cuenta Mari Carmen. Un camión le dio de refilón al pasar. Ni los vecinos de la zona creyeron que hubiese sido un golpe de demasiada importancia porque José Luis habló con la ambulancia que iba a Alfaro y que lo atendió a los pocos minutos. Cuatro horas más tarde fallecía en el hospital Fundación de Calahorra.

Mari Carmen todavía no entiende nada. Quizás ese sea el proceso que hay que sobrellevar los primeros meses. No entiende por qué cruzó ni cómo se complicó todo tanto en el hospital ni por qué nadie la avisó en esas cuatro horas. «Hubiese podido estar allí, al menos», repite constantemente.

José Ángel era camionero y parece que el peligro en la carretera es constante. «Como mujer de transportista sabes que se está jugando la vida en la carretera todos los días y te tiembla el cuerpo cada vez que suena un teléfono a deshora».

«Si los que tienen que tomar una decisión pasasen por esto, te aseguro que la 232 ya tenía solución: una u otra, desde hace muchos años», dice Mari Carmen. Quizás algún día llegue.