La Rioja

Amo a los animales

Amo a los animales profundamente; los amo tanto que incluso me siento capaz de amar a los bípedos implumes. Los amo y los respeto y creo que nadie tiene derecho a monopolizar dicho amor y ensañarse con los que creen que no practican la doble moral de colocar a todos los seres de la creación a la misma altura del hombre, porque no es lo mismo un pollo que un asno o una liebre. El antitaurinismo clásico, por ejemplo el de Jovellanos o Eugenio Noel, tenía una raíz humanista; el de la secta contemporánea, tiene un aliento animal; el animal en el centro de todas las cosas hasta llegar al absurdo mismo de no comprender nada. El animalista actual es producto de la cultura urbanita y del desapego con el mundo rural. Confunde la sensibilidad con la sensiblería y lejos de intentar comprender lo que no entiende o no entra en su casilla del saber, recurre a la educación para decirnos a la cara (muchas veces insultando) que nosotros somos asesinos y que nuestra pasión taurina es producto de una educación tenebrosa heredera de Puerto Hurraco en el mejor de los casos.

Pues no, no necesitamos que se elabore una ILP tan larga y obtusa que parece la constitución de Corea del Norte para prohibir a mis hijos, por ejemplo, que vayan a las vaquillas de San Mateo o que se apunten al Aula de Cultura Taurina de Diego Urdiales. Calamaro habló del Reich Animalista y lo clavó. Andrés, como yo y tantos otros, somos seres sin sentimientos ni educación, seres corrompidos por la sangre de los toros, cráneos vacíos que no recurren a falsos dictámenes de la ONU ni a recomendaciones del lobby animalista que trata de cercenar algo tan bello como es la libertad. Pero encima de todo esto, la ILP es una chapuza, un galimatías legal insostenible. Los locos éramos nosotros, los taurinos, esa gente burda y asocial que asiste a las corridas y quema los contenedores de las calles cuando Morante ha tenido una mala tarde. Me río: ¡ja!