La Rioja

CUENTA ATRÁS

Se acabó la tregua. Con el señalamiento de las fechas para el Congreso Nacional del Partido Popular, que se celebrará los días 10, 11 y 12 de febrero, se ha puesto en marcha también la cuenta atrás para la renovación orgánica en La Rioja. Si el calendario no sufre alteraciones imprevistas, en el curso de la próxima primavera los populares riojanos tendrán nuevo (o nueva) presidente regional. Llegados a este punto ya no valen las contemplaciones. José Ignacio Ceniceros y Cuca Gamarra, tan dados a sonreír cada vez que se ven obligados a ser fotografiados juntos, inician una batalla a cara de perro para hacerse con las riendas del partido. No existe una norma escrita, pero en la lógica de la organización se da por supuesto que el líder regional se gana con su elección el derecho a encabezar la candidatura para gobernar la comunidad autónoma.

Pocas veces un Congreso Regional del Partido Popular ha despertado tanta expectación como el que se avecina. Durante más de dos décadas nadie se ha atrevido a discutir el liderazgo de Pedro Sanz, bien afianzado en las cinco mayorías absolutas consecutivas que los riojanos le otorgaron en las urnas. Bajo su mandato, los procesos orgánicos se convertían en una rutina ausente de más emoción que la de saber si el presidente introducía algún mínimo cambio en el equipo: quién se incorporaba al club de los elegidos y, en consecuencia, quién había dejado de contar con el favor del hombre que lo controlaba todo. Ya en retirada, Sanz no se resigna a abandonar el timón sin haber marcado antes el rumbo de su partido. Sin embargo, y por primera vez desde que se hizo incontestable, el todavía presidente del PP riojano tiene que enfrentarse a un sector que discrepa de sus designios y está dispuesto a plantarle cara.

José Ignacio Ceniceros, que accedió hace diecisiete meses a la presidencia de la comunidad autónoma, se niega a aceptar una bicefalia que podría restar autonomía a su Gobierno. En diciembre del año pasado, en una entrevista publicada por este periódico, anunció que está dispuesto a pelear por el liderazgo del PP riojano. Desde entonces, su distanciamiento con la dirección del partido ha ido creciendo a la misma velocidad que avanzaba en el encaje de piezas para dar fuerza a su candidatura. Sobre todo después de que la incorporación al Ejecutivo de Carlos Cuevas decantara hacia el mismo bando a los tres últimos secretarios generales a los que Pedro Sanz confió el día a día de la organización. y la nada despreciable influencia que se deriva del contacto directo y permanente con los afiliados.

El PP de La Rioja se ha caracterizado en los últimos años por lavar en casa los trapos sucios en lugar de exhibirlos ante la opinión pública. Los navajazos, cuando los ha habido, se han asestado en los despachos y los perdedores han salido de ellos con las heridas suturadas. Puesto que evitar al público el desagradable espectáculo de la sangre sirve de ayuda para articular el discurso de la cohesión -por más que a veces suene impostado- no hay que descartar que se busquen vías de acuerdo para evitar una guerra fratricida. Si algo ha preocupado a Sanz como primer dirigente del PP de La Rioja ha sido transmitir una imagen de unidad que no siempre se atenía a los hechos, pero que era tenida por uno de los atributos más relevantes ante el electorado.

Puesto en marcha el proceso orgánico, ahora es cuando vienen «las revendedoras» (en expresión que tanto gusta repetir a Sanz). Es el momento de medir fuerzas y contar votos sin saber siquiera cuál será el sistema para la elección del nuevo presidente regional. El acuerdo por la regeneración democrática que firmaron Partido Popular y Ciudadanos como condición previa para negociar el pacto de gobernabilidad en La Rioja incorporaba exigencias de democratización interna que Pedro Sanz dijo aceptar «al cien por cien», aunque se apresuró a asegurar que los congresos del PP riojano ya se realizaban «de forma asamblearia». Semanas más tarde, María Dolores de Cospedal anunció en la Conferencia Política de julio de 2015 que la dirección del partido estaba dispuesta a propiciar que los militantes «sean protagonistas directos» a la hora de votar a sus presidentes. Finalmente, entre los «150 compromisos para mejorar España» consensuados entre PP y C's para facilitar la formación del nuevo Gobierno de Rajoy, el punto 104 abunda en la voluntad de promocionar «una mayor democracia interna en los partidos» y facilitar «la participación efectiva de los afiliados en la toma de decisiones».

El cambio en los estatutos que permitiría aplicar el principio de «un militante, un voto» debe ser aprobado en un Congreso. Por si acaso, los dirigentes del PP siempre han evitado tanto el empleo del término «primarias» como la confirmación de que exista una voluntad real de sustituir el sufragio censitario por el sufragio universal a la hora de elegir a sus líderes. Si se diera ese paso en febrero, el Congreso Regional de La Rioja estaría sometido al nuevo procedimiento. Y ello deja abierto un enorme campo especulativo respecto al resultado de un posible pulso entre Ceniceros y Gamarra que ya no dependería tanto del control de las estructuras del partido como de la voluntad mayoritaria e individualmente expresada por cada uno de sus afiliados.