La Rioja

Cristina, en su pastelería de Vara de Rey, 'La Palmera'. :: Díaz Uriel
Cristina, en su pastelería de Vara de Rey, 'La Palmera'. :: Díaz Uriel

«Un pinchacito y salvas una vida, como me salvaron a mí»

  • Cristina Pascual, trasplantada de médula ósea por una leucemia

Rodeada de dulces, despacha pastas, palmeritas de chocolate o bollos de mantequilla con la misma celeridad que optimismo, alegría e ilusión. Pasó gran parte de su niñez entre médicos, enfermeras y compañeros de batalla. Entre mimos, besos y ternura y zarandeada por una «quimioterapia bestial», la pequeña Cristina Pascual Hernáez se transformó en una luchadora que hoy, a sus 32 años, no para de sonreír a la vida desde el mostrador de sus pastelerías 'La Palmera'.

«Estaba a punto de cumplir los 12 años cuando me diagnosticaron leucemia. La detectaron ya un poco al límite y estaba muy avanzada porque entonces no era tan conocida la enfermedad y me habían puesto varios tratamientos para otras cosas. Todo empezó porque mi madre me empezó a notar un poco rara, cansada, sin fuerzas y tenía los ojos como amarillentos», recuerda el comienzo de aquella pesadilla familiar.

Tras el mazazo, la larga lucha. «Me hicieron la mitad del tratamiento aquí en el San Millán y el resto, en Madrid, en el Hospital Niño Jesús. Primero fue una quimioterapia bestial durante un año, pero no fue posible curarlo del todo, así que no quedó otro remedio que el trasplante», prosigue su relato. Se hizo pruebas a toda la familia y la mayor compatibilidad la presentaba su hermano, entonces de nueve años. Demasiado pequeño fue el veredicto que puso en marcha la búsqueda de un donante de médula para salvar a Cristina.

«Te cambia la vida»

«Hasta varios años después a mí no me dijeron lo que era, me contaron que estaba enferma pero que me iba a curar con una medicación. Un poco sospechas porque aunque ves que estás en un hospital en el que todos tienen algo menos tú, pero confías en tus padres y quieres creer», rememora aquella época la joven, que con su eterna sonrisa asevera: «Yo soy una tía fuerte y no he tenido ningún problema porque he tirado para adelante, pero te cambia la vida completamente. Te das cuenta de que en la vida hay cosas buenas y cosas malas y aprendes a valorar mucho más las buenas».

Aquella donación llegó y una década después Cristina ha olvidado la enfermedad, pero no su curación: «Aunque yo no puedo ser donante de médula, sí lo soy de órganos, siempre animo a todo el mundo a serlo porque aunque mucha gente todavía tiene miedo y piensa en agujas en la columna, lo cierto es que es una tontería, es como una analítica de sangre, un simple pinchacito. Te llaman una vez y salvas una vida, como me salvaron a mí», enfatiza para, a continuación, confesar su deseo inmediato: «Yo me temía que esto pudiese ser hereditario, pero no. Para mí eso ha sido lo mejor porque ya tengo 32 años y quiero ser madre, pero lo último que haría es tener un hijo que pase por lo que yo pasé. Como me han dicho que mi hijo tendría las mismas posibilidades que cualquier otro niño, ahí estamos en ello y con toda la ilusión».