La Rioja

Ciudadano y los estados oscilantes

Los diputados de Ciudadanos en el Parlamento regional,  el pasado jueves durante el pleno. :: díaz uriel
Los diputados de Ciudadanos en el Parlamento regional, el pasado jueves durante el pleno. :: díaz uriel
  • «Las elecciones, a veces, son la venganza del ciudadano. La papeleta es un puñal de papel»

David Lloyd George

La irrupción de los nuevos partidos en el mejorable modelo bipartidista que presidía la escena política española (y la regional, a menor escala, por la presencia habitual del Partido Riojano) representó una benéfica oxigenación de los viejos modos. Hacia el flanco izquierdo, Podemos mordisqueó el trozo de la tarta electoral que engullía hasta ahora el PSOE en solitario y ahora parece dispuesto a llevarse todo el pastel; mientras, en los caladeros de la derecha lanzó sus propias redes Ciudadanos. Sin tanto éxito. Bien es cierto que el PP sufre hoy para monopolizar como solía ese ámbito ideológico, pero incluso en estos tiempos convulsos para sus siglas, así en España como en La Rioja, ha logrado mantener su predominio... aunque apuntalado por la muleta del partido naranja. Que esgrime la novedosa idea de ser al mismo tiempo parte del Gobierno y parte de la oposición.

De ahí que ante cada vaivén del suelo político, surja de modo natural la misma pregunta alumbrada cuando se supo que Ciudadanos apoyaría al PP para que retuviera el poder en La Rioja y también en Logroño: para qué vino Ciudadanos. ¿Cuál es su aportación al feliz desarrollo de la convivencia regional o para el impulso del bienestar social y económico? ¿Dónde se percibe su huella en las medidas que adoptan los mandatarios del PP, a quienes a veces respalda y otras veces critica? Porque prevalece como sensación dominante que en la estrategia naranja gana peso la confusión. Propiciada, se supone, por esa insistencia en reivindicar su mentada doble alma (Gobierno y oposición en el mismo lote), lo cual no sólo aturde al resto de miembros del salón de plenos autonómico o del plenario logroñés: también acaba despistando a sus votantes.

Embarcada de nuevo en las negociaciones para brindar su respaldo tanto a José Ignacio Ceniceros como a Cuca Gamarra para sacar adelante sus respectivos Presupuestos, la cúpula de Ciudadanos sabrá al menos que en esta segunda oportunidad no puede incurrir en errores tácticos tan evidentes como los cometidos hace un año, cuando el PP capitalizó en provecho propio el voto favorable en La Rioja y en Logroño sin repartir medallas con la formación naranja. Mal asunto: si Ciudadanos fue de verdad decisivo para la buena gobernación de la región y su capital, el ciudadano no se enteró. Error mayúsculo en política: cuando haces algo, que al menos se note. Tal vez porque, sobre todo en Logroño, Ciudadanos adoptó una postura tan veleta que no sólo despistó al Gobierno local: también desconcertó a toda la oposición. Y al resto de la opinión púbica.

Un confuso espectáculo dominado por un aliciente adicional que ayudaría a explicar tanto titubeo: las divergencias entre sus dirigentes riojanos. Que, lejos de mitigarse, no dejan de crecer durante el último año. Con la particularidad de que las heridas sangran ya tan a la vista que sus protagonistas ni siquiera se toman la molestia de disimular su afición por zancadillear al prójimo... siempre que milite en el mismo partido. Un feo espectáculo ya mil veces visto en otras formaciones. Y que abre por lo tanto la posibilidad de que el auge de Ciudadanos sea fugaz. Una especie de reina por un día, puesto que sigue sin despojarse del estigma con que sus veteranos rivales de la política tradicional le recibieron: como unos aficionados.

Unos aficionados con una rara habilidad, sin embargo, para mover el árbol del poder con alguna de sus iniciativas: cuando apoyaron que el Parlamento indagara sobre la gestión del anterior equipo gubernamental (con especial interés en Emilio del Río) y su pretensión, que era vana desde el primer minuto como por otro lado sabían, de retirar a Pedro Sanz su acta de senador. Así que por intuición propia o auxiliado tal vez por agentes externos, en ocasiones Ciudadanos sí que sabe dónde le duele al PP. O al viejo PP, garantía por lo tanto de cobrarse un par de piezas con un único disparo: cuando pone nervioso al sector afín al anterior Gobierno, recibe la sonrisa benevolente de los actuales jefes del Palacete.

Quienes conocen desde dentro de las instituciones los oscilantes movimientos de Ciudadanos, así en el Parlamento como en el Ayuntamiento logroñés, coinciden en su dictamen: cuando se alejan los focos de la prensa, queda confirmado que el idilio entre sus principales responsables cesó hace tiempo. Donde se detecta el síntoma que coinciden en citar al unísono esas mismas fuentes: que el destino que aguarda a Ciudadanos recuerda bastante al que reservó la historia para UPyD. Bajo cuyas siglas se iniciaron en la política por cierto varios de los actuales líderes de la formación naranja. Desteñido el magenta de antaño, carentes de discurso propio que ayude al electorado a distinguir sus propuestas del resto del paisaje electoral, fían su suerte a la misma peligrosa idea que distinguió y distingue a los guardianes de la vieja política: convertirse en rehenes de los dictados de sus respectivas cúpulas nacionales. Transformarse en 'riveradependientes'.

Apenas ha pasado año y medio de legislatura. Poco margen para juzgar a Ciudadanos, aunque el tiempo avanza y empiezan a difuminarse aquellos años en que el color naranja amagó con insuflar aire fresco a una escena política necesitada de abrir ventanas y ventilar estancias. Los años en que Ciudadanos no parecía conformarse con amagar sin golpear. Cuando no parecía bastarle con imitar a esos animales duchos en el arte de picar y luego irse.

Cuando se pensaba que la nueva política aspiraba a bastante más que desterrar la corbata.