La Rioja

Las escopetas fijan su punto de mira en la paloma

Las escopetas fijan su punto de mira en la paloma
/ Sonia Tercero
  • La temporada de caza de la torcaz está en pleno apogeo en La Rioja

  • Esta actividad cinegética reporta cuantiosas sumas económicas a los ayuntamiento riojanos que regulan sus cotos

Aún no ha amanecido en Ezcaray cuando un grupo de cazadores prepara las escopetas y la munición, los prismáticos y el inexcusable almuerzo para subir al monte. Cierto es que, ya en el siglo XXI, alguno mete en el equipo una 'tablet' para matar los ratos muertos y que ninguno olvida la emisora para comunicarse con sus compañeros (antaño se recurría a los silbidos); pero básicamente el discurrir de una jornada de caza, ahora que la temporada de la paloma torcaz se encuentra en su pleno apogeo en La Rioja, no ha variado en décadas.

Así lo constatan Rafael Arechinolaza, Adolfo Soto, Juanje Onaindi y otros tantos amantes de la práctica cinegética en esta localidad con uno de las mayores ratios de licencias de caza por habitante de la región (cerca de 500 para una población de poco más de 2.000 vecinos).

A estos hombres (aunque en el municipio también hay mujeres que disparan) no les importa que todavía no haya salido el sol, ni que deban sortear 28 kilómetros de curvas hasta coronar la Cruz de la Demanda para parapetarse en un puesto y esperar a los bandos llegar. Muchos han heredado esta afición de sus padres y abuelos. «En estos pueblos no había ni baile ni cine; así que una de las pocas formas de disfrutar era la caza», justifica Adolfo Soto que, a sus 70 años, se presenta como «el veterano» de la cuadrilla.

Para él, cazar constituye «una conexión con las raíces». «He sentido este gusanillo desde que de niño veía a mis mayores. Notas que te hierve la sangre y que se enciende un chip en tu cabeza que te conecta con la prehistoria, cuando el hombre tenía que cazar para sobrevivir», asegura. Y, sin embargo, pese a que al apuntar señala que «te sube la adrenalina», define esta actividad como un ejercicio de «paciencia».

Uniformados de verde botella, para camuflarse entre la vegetación, se colocan un máximo de dos por puesto y sin quitarle ojo al cielo aguardan sentados en una silla el paso de la paloma torcaz de Centroeuropa hacia Portugal y Marruecos. Es día de viento norte, condición que favorece su migración; pero en el sitio de Adolfo y Juanje tras una cerveza, una Coca Cola zero y varios tragos de agua, han alcanzado el mediodía con tres palomas abatidas y dos malvices más. No está habiendo suerte.

Más lotes

«Aquí hemos tenido días de gloria, pero ya no porque la paloma ha aprendido mucho. Ahora rodean la sierra y pasan felices hacia la catedral de Burgos», continúa Adolfo; quien agrega que tampoco ayuda el que «cada vez haya más lotes y la zona se haya masificado».

No en vano, el aprovechamiento cinegético constituye uno de los que más ingresos reporta a las arcas municipales de los pueblos del Alto Oja. Según atestiguan los propios cazadores, un coto como el de Ojacastro, con 40 socios, retorna al Ayuntamiento cerca de 20.000 euros al año.

«Es una afición cara», admite Rafael Arechinolaza; pero que le permite «disfrutar de los perros y del monte», sus pasiones. Sabe que la actividad tiene muchos detractores. «A través de la caza hacemos un control de la naturaleza. Si por ejemplo no matásemos a las perdices para mermar los bandos, habría sobredensidad y se matarían entre ellas o quedarían individuos adultos que no podrían criar», defiende.

La paloma, al tratarse de una modalidad grupal, en la que los cazadores situados en los distintos puestos se avisan por la emisora de la entrada de los bandos, propicia que se estrechen los lazos entre los aficionados. También un almuerzo o una comida en común. Pero sobre todo, que al atardecer, cuando la jornada termina, se reparten a partes iguales las piezas logradas en todos los puestos. «Y al final de temporada, a mediados de noviembre, hacemos una merienda», remata Rafael.