La Rioja

UN LIBRO VISTO Y NO VISTO

Luisja, que se han agotado todos los libros!», anuncia Mariano a este periodista al otro lado del teléfono un día por sorpresa, entusiasmado, con la voz arrebolada de alegría y tan eufórico que es como si le hubiera tocado el gordo. Apenas un mes y medio después de ponerse a la venta ya no queda ni un ejemplar. «¡Ni uno!», enfatiza Mariano.

- Pero qué me estás contando.

- Lo que oyes.

Y es que se los han llevado de cinco en cinco, de diez en diez, qué barbaridad, qué pasada, explica con alborozo el dueño del Café Moderno. Hasta de Madrid han venido solo para comprar el libro. Y a los peregrinos también les ha fascinado. Y a gente de Burgos y de Sevilla. Y muchos riojanos lo han enviado a sus parientes emigrantes en Argentina o en Chile o en México (en México lindo y querido). «Una señora vino un día llorando y me aseguró que lo iba a guardar como oro en paño, pues salía su padre retratado en una foto de los años catapún.» Y hasta hay quien ha tenido que echar mano de las tan socorridas fotocopias y otros lo han pedido prestado.

Eso dice Mariano. Pero no aclara que el mérito no es del periodista que figura como autor de la publicación (un servidor), sino de los abuelos, abuelitos y abueletes del Moderno que le han contado sus batallitas. Del músico que en San Mateo tocaba encendidos pasodobles desde la puerta del Moderno hasta el albero taurino. Del hijo del pescador que sacaba adelante a la familia faenando en las cristalinas aguas del Ebro con una barquichuela de madera, salitre y sol, mucho sol. Y de José Luis Hernández, entre otros muchos, a quien los iluminados de ETA quisieron asesinar en la logroñesa calle Ollerías y les salió el tiro por la culata.

De muchas, de muchas personas es el mérito. Porque el periodista se ha limitado a obedecer el sabio consejo del maestro Miguel Delibes cuando dijo que hay que apagar la tele (Google, diría ahora) y escuchar a los mayores. A nuestros mayores. Y eso ha hecho. Escucharles, escucharles con delectación, al amor de una taza de café con sacarina o de un buen plato de caparrones con oreja de lechón. Y vino. Vino del año (o crianza, si Mariano estaba de buenas ese día). Escucharles para trasladar al papel sus experiencias a fin de que la gente de su edad evocara tiempos pretéritos y los jovenzuelos se enteraran de sucedidos que ni en sus mejores (o peores) sueños sospechaban que habían tenido como escenario Logroño.

«¡Luisja, que se han vendido todos, y en solo un mes y medio y además en pleno verano, cuando están todos en Salou y por ahí!», vuelve a decir Mariano, «y en gran medida gracias a la publicidad que nos ha hecho Diario LA RIOJA publicando por entregas los capítulos domingo a domingo».

- Y a ti, ¿qué te ha parecido el libro? -le pregunto.

-Es precioso, un orgullo para mi familia. Estoy superfeliz porque es algo que quedará ahí para siempre, por los siglos de los siglos.

Caray, qué palabras.

Pero así es Mariano. Capaz de levantar la moral a una momia inca. Y el periodista, que franqueó por primera vez las puertas del Café Moderno hace 30 años y que se convirtió desde entonces en uno de sus más rendidos forofos, inevitablemente se contagia de su torrencial alegría. Y pensando pensando se da cuenta de que ha disfrutado mucho (pero una barbaridad) escribiendo el libro, ese libro «que es como un libro de familia, de la gran familia del Moderno», como lo calificó en la tarde/noche de ayer Mariano en la clausura de los actos programados con motivo del centenario, poco antes de que alguien, en medio de la Plaza Martínez Zaporta, dijera a grito pelado: «¡Hasta dentro de cien años!» Y otro le replicara: «¡Aquí estaremos!».

Eso seguro. O por lo menos se intentará.

(Por cierto, ¿habrá conseguido para entonces Mariano formar gobierno en España? Mariano Rajoy, me refiero, no Mariano Moracia, el del libro).