La Rioja

La vida es un milagro

Una mañana de febrero del 2008, mi vida cambió. Mi vida y la de mi familia. Lo que voy a contar seguro que puede ser compartido por quienes hayan vivido una experiencia semejante: porque mi marido sufrió un ictus y, en efecto, nuestra vida cambió. Es un cambio doloroso, que exige poner en marcha dispositivos emocionales que hasta entonces estaban más ocultos, pero que nos acompañan siempre. El amor, por ejemplo. Pero no cualquier clase de amor. Es el amor incondicional, porque quienes padecen un accidente cerebral de estas características sufren graves problemas para expresar sus sentimientos y sus familiares y amigos, quienes les rodeamos, nos tenemos que acostumbrar a vivir sin esperar nada a cambio de tanto y tanto amor. Su felicidad es el cariño de los demás.

Y sí: lo que cuento será compartido por todos quienes hayan atravesado una peripecia semejante pero tal vez sea desconocido para quienes conviven con esta realidad sin enterarse demasiado porque no les alcanza. Los seis meses fuera de casa, con mi marido sometido a terapia. Los avances, a veces más lentos de lo que quisiéramos. La alegría enorme, mayúscula, de ver que recupera gran parte de la personalidad que quedó soterrada tras aquel percance. El sacrificio enorme, mezclado con el optimismo que nos va inundando a medida que notamos los progresos en su rehabilitación y que puedo resumir en otro sentimiento que deberán tener en cuenta quienes puedan leer estas líneas y encuentren alguna respuesta en ellas: si quieren un consejo, el mío es paciencia. Mucha paciencia.

Y alivio. Porque las cosas (la atención médica, los cuidados especializados de toda índole) han ido evolucionado en la dirección correcta. Yo lo sé de primera mano: treinta años antes de la lesión cerebral de mi marido, mi familia padeció un percance semejante. Un accidente de tráfico causó a mi hija una parálisis de la que también logró salir. Con paciencia, desde luego; con una enorme valentía, con tesón y con el apoyo de su familia. Después de veintidós días en coma, de años y años de terapia y de un encomiable afán de superación, hoy mi hija es una riojana más. Una feliz esposa y madre de dos hijos, que sabe muy bien lo que todos nosotros sabemos. Que hay que dar gracias todos los días por la dicha de estar vivos. Agradecer ese milagro que es la vida.