La Rioja

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Los usuarios de Aspace Rioja Víctor Sainz Marín y José Luis Pérez Ardanaz, en terapia de recuperación tras sufrir un ictus, en la sede de la entidad con Alejandra Cenzano (logopeda), Manuel Pacheco (fisioterapeuta) y Ana Blanco (neuropsicóloga). / Díaz Uriel

Silencioso, súbito... y letal

  • El ictus, primera causa de muerte femenina y segunda entre los hombres, llevó el pasado año a 758 riojanos al Hospital San Pedro

  • Con una muerte en España cada 15 minutos, el 40% de los pacientes que sobreviven sufren secuelas graves

Uno de cada seis españoles va a sufrir un ictus (golpe en latín) a lo largo de su vida. Ni los demoledores augurios ni la constatación de que los accidentes cerebrovasculares (ACV) se han aupado ya al primer puesto como causa de muerte entre las mujeres y la segunda entre los hombres tras la cardiopatía isquémica han servido para que el grueso de la sociedad haya sido capaz de situar el foco sobre un asesino terrible que se ampara en ese desconocimiento para lanzar un ataque silencioso, súbito y de una efectividad letal.

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«Se ha convertido en una epidemia global y en un problema sociosanitario de primera magnitud», admite la neuróloga Marta Serrano, coordinadora de la Unidad de Ictus de La Rioja y una de las encargadas de preparar con mimo en la comunidad los actos del Día Mundial del Ictus (29 de octubre), una iniciativa anual que persigue dar visibilidad a un drama que cada año arrolla a casi 130.000 personas en España, se cobra una vida cada 15 minutos y condena a sufrir secuelas de por vida al 40% de sus supervivientes.

En La Rioja, solo el pasado año fueron ingresados 758 pacientes en el servicio puesto en marcha en el San Pedro en julio del 2014, una unidad que ha constatado un descenso de la mortalidad en los primeros días del 66,7%, hasta situar el porcentaje de muertes en el 12%. «Hacemos una monitorización estrecha de los parámetros clínicos -presión arterial, oxigenación y temperatura-, pero también neurológica con una serie de escalas, lo que permite detectar mucho antes las posibles complicaciones y todas aquellas situaciones que pueden empeorar el daño cerebral ya existente. En definitiva, se trata de que el cerebro funcione lo mejor posible y mantenerlo», resalta Marta Serrano, quien explica que «tanto el tratamiento en las unidades de ictus como la terapia de revascularización, de recanalización arterial en el caso del ictus isquémico, han mejorado mucho y han incidido no solo en la supervivencia, sino que también han reducido la discapacidad».

No obstante, la neuróloga insiste en la importancia de que la sociedad conozca los síntomas previos (ver cuadro adjunto) y en dar aviso al 112 para posibilitar una rápida intervención: «Cuanto antes mejor, porque eso permite el acceso precoz a tratamientos específicos. En el caso del ictus isquémico, que es el mayoritario (el hemorrágico es menos frecuente y ronda el 15% de los casos), existen dos terapias: la fibrinolisis endovenosa, consistente en la administración de un fármaco para 'disolver' el trombo; y la trombectomía mecánica para la extracción. Para la primera, el margen de tiempo desde el comienzo de los síntomas hasta la administración es de cuatro horas y media; y en el de la segunda, en torno a las seis horas. Si tratamos más tarde se va extendiendo el daño cerebral, vamos perdiendo más neuronas y luego eso no se recupera o es más difícil de lograr, con lo que las posibilidades de recuperación del paciente son más bajas y su pronóstico peor».

Tras el alta en la Unidad de Ictus, los pacientes deben empezar una agotadora batalla por minimizar los daños: miembros inutilizados, pérdidas de memoria, del habla, de visión... Desde Neurología son derivados a los dos centros especializados existentes en La Rioja, Aspace Rioja y Ardacea, para comenzar un trabajo que en el mejor de los casos no será menor de un año. «Intentamos que las personas que han sufrido un ictus puedan ser apoyados cuanto antes, ellos y también sus familias. Abordamos todas las necesidades de tratamientos, pero también todos los aspectos sociales, toda la necesidad de adaptaciones que haya que hacer y tratar de normalizar sus vidas e ir saliendo poco a poco del periodo de trauma y de dolor. Es tratar de que las secuelas disminuyan, pero, a la vez, proporcionar apoyo afectivo y emocional», resume Ana Blanco, neuropsicóloga de Aspace Rioja.