La Rioja

ORO Y PLATA

Durante su vida profesional, un periodista debe someterse a un riquísimo caudal de discursos. Autoridades civiles, eclesiásticas y militares; dirigentes políticos; concejales del ramo, reinas de las fiestas y demás paisanaje se turnan en obsequiar a la prensa con emotivas palabras cuyo nivel de elocuencia compite por su escasa altura con nuestra propia impericia en conquistar el favor del lector con el relato de lo que alguien dijo alguna vez en no sé dónde.

Suele ser el caso de la apertura del curso universitario, aunque la presencia del rector Julio Rubio alentaba la opción contraria: que los discursos tomaran vuelo y, sin resucitar a Demóstenes ni invocar a Castelar, al menos encandilara con su amor por la heterodoxia, que acreditó en su toma de posesión. Rubio regaló entonces una intervención tan alejada del protocolo que alcanzó aquello por lo que cualquier periodista debería suspira: no dejar a nadie indiferente. Ayer no fue tan lejos, pero mantiene intacta su capacidad para la sorpresa. Su mensaje sigue sonando distinto, aunque desembocó en el mismo territorio que ya había explorado el secretario García Turza: el dinero. El vil metal. Un anhelo compartido con sus predecesores, que al menos Rubio explicita con mayor desenfado y claridad.

Nada nuevo bajo el sol del campus: como el catedrático Rodríguez Barranco avisaba en su interesante lección inaugural, hasta la nanotecnología coquetea con las riquezas del mundo. Son esas nanopartículas de oro y plata que surcan una bella copa de vidrio del siglo IV y se someten a los dictámenes de la ciencia, mientras ayudan a explicar las relaciones UR-Gobierno, siempre delicadas, tendentes a oscilar alrededor de las llamadas Fuerzas de Van der Waals (interacciones intermoleculares que generan una pequeña fuerza de adhesión). En tal caso se recomienda distinguir un átomo gubernamental de otro educativo gracias al Microscopio del Efecto Túnel: un aparato también proclive a la manipulación.