La Rioja

«Muchos me preguntan por qué sigo, y yo les contesto: ¿y por qué no?»

Español posa para Diario LA RIOJA, en su despacho de la Universidad de La Rioja. :: justo rodríguez
Español posa para Diario LA RIOJA, en su despacho de la Universidad de La Rioja. :: justo rodríguez
  • Luis Español Profesor en la Universidad de La Rioja

  • A sus 67 años, Luis Español acude cada mañana a dar clases a sus alumnos a jornada completa

Asegura no entender la pregunta y tiene parte de razón: ¿por qué trabajar a pesar de haber cumplido los 65?. «¿Qué es eso de 'a pesar'? Para mí no es un pesar», responde Luis Español, profesor de Geometría y Topología en el departamento de Matemáticas de la Universidad de La Rioja.

A sus 67 años sigue acudiendo a diario a la facultad para dar clases a sus alumnos: «Seguir cada día en mi puesto de trabajo es muy agradable, aunque la universidad haya empeorado algo con el tema de la crisis en estos últimos años», dice. «Si estuviese a disgusto, no te quepa la menor duda de que no seguiría», asegura este hombre de voz pausada pero energía intensa.

En este sentido, tampoco piensa que estaría mal jubilado: «Tengo amigos y compañeros que lo están y disfrutan de tiempo libre y de sus aficiones, pero es que yo me lo paso fenómeno trabajando y, además, mi salud me lo permite». Algunos de esos amigos se cuestionan el por qué de esta decisión. «Muchos me preguntan por qué sigo y yo respondo: ¿y por qué no?».

La motivación no es económica. «Siempre cobras algo menos que trabajando, pero a estas alturas de la vida -se sincera- ya no tengo demasiadas pretensiones ni aspiraciones en ese aspecto». Y es que en realidad no hay motivación alguna. «No me lo he planteado, sigo trabajando y ya está, sin ningún tipo de motivación, simplemente porque me gusta», remarca.

Comenzó a dar clases allá por octubre de 1971, sólo unos meses después de terminar su carrera de Matemáticas en la Universidad de Zaragoza. Desde entonces nunca ha dejado de impartir clase.

Se levanta cada mañana a las siete para estar en la universidad entre las ocho y las nueve. «Depende de la organización familiar, me quedo a comer o no en la universidad porque la mayoría de las clases las tengo por la tarde con máster y cursos así», detalla.

¿Y el cuerpo lo aguanta? «De momento sí, aunque no hay que engañar a nadie; se nota la edad. No tanto en el día a día, como en jornadas concretas en las que la actividad es más intensa», admite. Incluso tiene tiempo para salir a correr: «Antes corría, ahora troto; pues igual en el resto de la vida». Además, una vez sale de la facultad, sigue leyendo, acudiendo a congresos, formándose... «Es que mi vida es la universidad», confiesa.

Una universidad que ha cambiado mucho desde que él comenzó a dar clase: «Recuerdo que cuando empezamos había que esperar a recibir un cheque del Ministerio en Madrid para poder pagar las cosas». La situación actual es totalmente distinta.

Cambio radical

«También ha cambiado mucho la 'vidilla' universitaria. Antes había menos universidades en España, pero eran más cosmopolitas. En las facultades había gente de todas partes y ahora somos todos del mismo barrio», comenta. Y añade que hay otras cosas que han cambiado a mejor como «el acceso casi universal a la universidad».

También los jóvenes han cambiado: «Yo estudié bajo el paraguas del mayo del 68 y el franquismo, y teníamos mucho que ganar cuando salíamos de casa. Ahora los jóvenes lo tienen más complicado para independizarse en las mismas condiciones que tienen en casa de sus padres».

Eso resulta «frustrante, no como profesor universitario, que también, sino especialmente como ciudadano». Una situación que hace que sea más complicado motivar a los chavales: «Es difícil, porque no saben si terminarán trabajando de lo que han estudiado», aunque reconoce que los matemáticos tienen buena colocación en el mercado laboral.

Toda una vida dedicada a la enseñanza que no terminará hasta que en un papel alguien le diga que lo tiene que dejar.