La Rioja

La vida en la frontera

José Ignacio Ceniceros, con los Vendimiadores 2016, durante la ofrenda del primer mosto en las fiestas mateas. :: sonia tercero
José Ignacio Ceniceros, con los Vendimiadores 2016, durante la ofrenda del primer mosto en las fiestas mateas. :: sonia tercero
  • «A un ejército conquistador apostado en la frontera no se le detiene con elocuencia»

Otto von Bismarck

Villabuena de Álava, coqueto rincón riojano que presume de poseer el mayor número de bodegas por habitante de toda la DOC: una por cada ocho vecinos, más o menos. Una de ellas, Luis Cañas, acogió el jueves la entrega de los premios Best Of, dedicados a reconocer los esfuerzos de los distintos actores del mundo del vino en favor de su promoción. Villabuena linda con la localidad de Samaniego, escenario de la fiesta del vino de Rioja Alavesa del 2016: una celebración que este año coincidió con el ecuador de la campaña electoral vasca, de modo que congregó en sus calles no sólo a los habituales entusiastas de esa pócima bendita, sino que atrajo a todos los candidatos en liza. En representación del PP acudió Alfonso Alonso, única voz de entre los aspirantes que se alzó a favor de mantener vigente el actual modelo de gestión del Rioja, en entredicho por la querencia secesionista de una leve porción de bodegas vascas ocultas en el anonimato. El resto de contendientes en las elecciones al Parlamento de Vitoria se limitó a masajear el ego de los vinateros rebeldes o directamente pasó por encima de la polémica sin pronunciarse, método elegido por el finalmente ganador. Íñigo Urkullu, en modo Mariano Rajoy: cuanto más mudo, más votos.

La actual controversia en torno al modelo vitivínicola pudiera ser una refrescante manera de modernizar el funcionamiento de la DOC si no estuviera pervertida de inicio por la política, en su versión más baja. Porque resulta habitual que la tertulia con cualquier bodeguero, grande, mediano o pequeño, desemboque de modo natural en la proliferación de críticas a la DOC por esto o por aquello. De lo cual se supone que los dirigentes del Consejo habrán tomado nota, aunque siguen sin observarse grandes cambios en su gestión ni demasiada rapidez en la toma de decisiones. Cierto que buena parte de esas críticas serán interesadas, pero algún motivo para inquietarse deberían tener aquellos que rigen una entidad en donde menudean quienes se confiesan a disgusto. Quienes aplauden, o al menos entienden, a los que prefieren irse. Todos esos receptores de las palabras que José Ignacio Ceniceros incluyó en su discurso del acto central de las Fiestas de la Vendimia, donde lanzó un mensaje según suele: ducha escocesa. Mezclando su invitación a la unidad del sector con su comprensión para quienes lucen una «mirada distinta» hacia el interés común en defender al Rioja.

Distanciándose del mensaje monolítico lanzado durante décadas por sus antecesores en el Gobierno, Ceniceros parecía llamar a la Interprofesional a idear una estrategia que tenga más en cuenta de lo habitual al conjunto del sector. No sólo a los gigantes. ¿Cuando advertía que los mercados no entienden de luchas entre territorios planteaba Ceniceros consensuar una política más integradora en la DOC? Una pregunta cabal para trasladarla a Villabuena, donde los actores del mundo del vino discrepaban sobre la sustancia genuina de las palabras del presidente riojano, aunque había coincidencia en alabar su oportunidad. «Me sonó a música celestial», confesaba un bodeguero riojano. «Unidos llegamos mucho más lejos», remachó uno de los premiados. Alavés, por cierto.

Porque en torno al mundo del vino resulta habitual que se festoneen las siempre estrechas relaciones entre vecinos riojanos y alaveses, que confraternizaron en Villabuena como desde hace siglos: sin grandes diferencias reales entre ellos. Lo que separa el Ebro, lo une el vino. Porque la vida entre los pobladores de ambos lados de la frontera exige mirada larga, capacidad para esquivar la discrepancia, naturalidad para encajar alguna colleja del vecino...Y devolverla cuando corresponda, sin hacer sangre, desde luego.

Sobre todo ahora, cuando las pistolas de ETA llevan años sin hacer ruido y por lo tanto no ensucian cualquier posibilidad de mejorar las relaciones entre regiones fronterizas. Lo cual no equivale al olvido tontorrón que algunos pretenden; en su reciente novela, titulada 'Patria', el escritor vasco Fernando Aramburu relata cómo en los años de plomo triunfó lo que todo nacionalista pretende: la conocida mezcla entre «delirio y negocio». De modo que tal vez resulte pertinente recordar, en medio del floreciente buenismo presente, cómo el votante vasco acaba de enviar al extrarradio de su Parlamento a los dos partidos que más víctimas pusieron en el vendaval de asesinatos, intimidaciones y secuestros que procuró durante décadas el terrorismo vasco. Y, por el contrario, los que miraron para otro lado, toleraron o fomentaron aquel aquelarre criminal se ven entronizados en las urnas por sus paisanos.

Serio motivo para la reflexión. Tan serio como un aspecto central de las recientes elecciones vascas y gallegas que pasa desapercibido: sus auténticos ganadores. Los abstencionistas. Un partido que no deja de crecer, con apabullantes resultados: en Galicia no fueron a votar 1.216.338 ciudadanos, casi la mitad del censo, prácticamente el doble de votos recibidos por el PP; en las vascas, se quedaron en casa 646.902 votantes, 200.000 más que las papeletas recogidas por el PNV. Un respuesta semejante ofrecería La Rioja si acude a las urnas en diciembre. Así que no sólo el vino hermana a riojanos y vascos: también les une una parecida sensación de apatía y hartazgo.