La Rioja

Un adiós a modo de homenaje

Un adiós a modo de homenaje

El pasado 9 de septiembre, una de las empresas con más solera y tradición de Logroño, Talleres Baquerín, echó el cierre. No fue un día elegido al azar por su actual propietario, Abel. Ni mucho menos. Pudo haber puesto punto y final a la aventura empresarial cualquier otro día, pero quiso hacerlo un 9 de septiembre para homenajear a su padre, Felipe, fallecido en esa misma fecha 38 años antes.

La historia de Talleres Baquerín es la historia de Felipe y Abel. El primero era maquinista naval y, tras casarse, optó por dejar el que hasta ese momento era su lugar de trabajo para unirse con un socio y abrir un negocio en la calle República Argentina. «En aquella época, el año 1950, esa calle estaba a las afueras de Logroño», recuerda su hijo. «De hecho, en lo que ahora es el parque Gallarza sólo había ganado», añade. Tres años más tarde nacería Talleres Baquerín en ese mismo emplazamiento, pero ya con Felipe en solitario al frente.

Poco a poco, la empresa fue creciendo y ganándose un lugar de privilegio en el tejido de negocios logroñés. En ese éxito resultó esencial, según Abel, el carácter de su padre. «Era un hombre muy estricto, al que le gustaba hacer muy bien las cosas, algo que aprendió durante su formación en la marina de guerra, donde fue de los primeros de su promoción», señala. «Gracias a eso, Talleres Baquerín salió adelante, llegando a tener hasta veinte obreros», apostilla. Aparte, Felipe logró otros hitos como la homologación de los primeros y únicos aparatos de conducir para minusválidos de fabricación española. «Los construíamos de manera íntegra en nuestro taller», recalca su descendiente.

La trayectoria de Felipe se vio truncada de raíz durante la celebración del Rally Aéreo del Norte. «Él tenía la gran ilusión de sacarse el título de piloto civil pero, por desgracia, en la primera salida a la que le invitaron como copiloto, el aparato se estrelló en Castro Urdiales», lamenta Abel. Junto a él fallecieron los otros dos ocupantes de la avioneta: el cámara de televisión Gabriel Alberola y el piloto Eduardo Chóliz.

A partir de ese momento, Abel Baquerín se hizo cargo de la dirección del taller que había fundado su progenitor. «Mi padre dejó el listón muy alto y yo, cuando falleció, estaba recién casado y había empezado a trabajar en el taller hacía poco tiempo desde la base», recuerda. «Mi padre me puso, pese a mis títulos, a limpiar piezas y actualmente se lo tengo que agradecer porque esos inicios me han ayudado mucho», añade.

Abel comenzó a gestionar el negocio sin dejar a un lado su otra gran pasión: el automóvil deportivo. «Mi padre ya corría y fue uno de los pioneros de La Rioja en esa disciplina», cuenta Abel. «Yo le cogí el testigo y conseguimos ser numerosas veces campeones de La Rioja de montaña y de rally, hasta que en el año 2000 me proclamé subcampeón de España de montaña (cita de campeones)», relata.

Esa parcela deportiva no hizo que Abel se olvidara, ni mucho menos, del taller. «Por aquí han venido clientes de fuera buscando reparaciones de coches de élite como Ferraris, Porsches y otras marcas de vehículos de alta gama», recalca el dueño de Talleres Baquerín, que reconoce que le cuesta mucho trabajo desmontar su negocio. «Por todos los lados aparecen recuerdos de mi padre y de todos estos años aquí; me da mucha pena deshacerme de ellos», admite.

A Abel le ha llegado la hora de la jubilación y ahora comenzará un nuevo estilo de vida, aunque su labor y la de su padre no pasarán al olvido. «Hemos recibido muchos mensajes de agradecimiento de clientes que me han emocionado», se congratula. Ese es el mejor legado que deja Talleres Baquerín.