La Rioja

EL DÍA SIGUIENTE

En medio del disparate nacional en que ha degenerado la coyuntura política, apenas llama la atención estos días un aspecto que amenaza con pasar desapercibido. Supongamos que se obra un milagro y el PP consigue investir a Mariano Rajoy como presidente. De acuerdo. ¿Y al día siguiente? ¿Nadie se pregunta qué sucedería entonces? Porque España dispondría por supuesto de un flamante Gobierno, desbordante de la ilusión y el entusiasmo que caracterizan al actual inquilino de La Moncloa, pero sería un Gobierno débil. Un Gobierno que tendría que pasar su particular calvario en cada votación del Congreso, condenado a peregrinar con su limosnero por los escaños de sus rivales parlamentarios. Como en la cuestación del Domund: un voto para aprobar el Presupuesto, otro voto por favor para esto, un voto más para aquello si tiene usted la bondad.

Si Rajoy tiene alguna duda del escenario que se le vendría encima, que tendría que sortear con su conocida capacidad para el regate corto, puede darse cualquier día una vuelta por el Parlamento de La Rioja. Un Gobierno sin respaldo más allá de la investidura degenera en un Gobierno zarandeado en cada comparecencia plenaria por una oposición veleta, que encuentra tan cabal apoyarle como ofrecer su respaldo a la oposición. Un Gobierno sometido al dictamen de la ocurrencia de turno, con sus rivales compitiendo en proponer naderías, cuyo principal efecto es condenar la gestión política a un permanente castillo de fuegos artificiales. La sesión de ayer lo confirma: cuando Diego Ubis hablaba de «inacción» en el ámbito educativo, tal vez pensaba que semejante observación se podía aplicar al conjunto de la Administración regional, con señaladas excepciones. Y cuando Ricardo Velasco detectaba «falta de rumbo» en la acción gubernamental, acertaba con la misma puntería que pudiera haber empleado para señalar la labor de la oposición. Empezando por su dolido partido.

Porque habrá un día siguiente a las elecciones de diciembre igual que ayer también era un día siguiente. Uno de tantos días siguientes que el PSOE se ha regalado a lo largo de su historia, incluida la más reciente. Un día que pudo pasar a la historia del exconvento de La Merced porque por primera vez en año y medio los suyos se acordaron de aplaudir a José Ignacio Ceniceros, vaya usted a saber la razón. Pero era un día cuyo foco en realidad se situaba en los escaños de enfrente al Gobierno, donde el Grupo Socialista procuraba tragarse su nuevo cáliz hasta despertar la conmiseración de sus contrincantes: sólo Conrado Escobar se permitió una (suave, suave) mordacidad cuando recordó que ahora ya sabemos qué partido gobernará España. En público y en privado, desde el PP se procuró tratar al deteriorado adversario con la cordialidad propia de la nueva política. Tal vez porque sus propios dirigentes reconocían que el feo aspecto que presenta Ferraz puede acabar contagiando al resto de la clase política: «Esto es malo para todos, porque afectará al conjunto del sistema», advertía un responsable del PP.

O tal vez porque, como añadía otro, «ya no nos hace falta hacer sangre del PSOE: se desangra solito».