La Rioja

FIN DE FIESTA

Arnedo mediante, con los santos Cosme y Damián preparados para echar el cierre festivo al verano riojano, la quema de la cuba que marca la conclusión de los sanmateos bien podría ser tomada por el verdadero acto inaugural del curso político en esta tierra. Como prolegómeno, el debate sobre el estado de la región, a comienzos de mes, apenas cumplió con la misión de calentar motores; algo parecido a lo que ocurre con el calendario kafkiano que se impone a los escolares logroñeses, a los que se vuelve a enviar de vacaciones apenas unos días después de incorporados a las aulas tras el largo descanso estival. Y luego hablarán de las virtudes del modelo cántabro.

Con la vuelta a la rutina, una vez que esta noche se cuenten las papeletas en el País Vasco y en Galicia, es posible que los efluvios de tanta celebración estival se evaporen para quienes, desentendidos por unos días de la cruda realidad, pudieran haber olvidado que este país llamado España continúa sumido en una grave crisis institucional, que el Gobierno está en funciones desde hace diez meses y que dos elecciones consecutivas no han permitido cerrar el círculo virtuoso de la democracia, que consiste en votar para hacer posible la formación de un gobierno.

Si todo sigue el curso que empezó a tomar tras el fracaso de la investidura de Mariano Rajoy, es probable que a finales de año vuelva a emplazarse a los españoles ante las urnas. Queda margen para evitarlo, pero nadie puede garantizar en este momento la consumación de una tomadura de pelo consistente en convocar a los electores para pedirles que, por tercera vez consecutiva, decidan su voto entre los mismos que ya les han demostrado por duplicado su manifiesta incapacidad para procurarles las soluciones que esperan.

Pese a la envergadura del despropósito, procede preguntarse si, en el fondo, la obstinada incompetencia para el acuerdo que exhiben aquellos que se postulan para gobernar España será sólo una parte del problema; si, más allá de los bloqueos impuestos por los partidos y por sus actuales líderes, sería pertinente interrogarse en torno a la utilidad de un sistema electoral que no puede asegurar la gobernabilidad del país y formula una sucesión indeterminada de votaciones como única solución para desatascar situaciones como la presente.

Resulta injusto descargar sobre el cuerpo normativo que regula el régimen electoral la culpa de que los partidos políticos que canalizan la voluntad de los españoles sean incapaces de buscar puntos de encuentro iluminados por el interés general, pero, visto lo visto, parece razonable plantearse la aspiración a contar con un sistema que, garantizando la representatividad, asocie necesariamente los procesos democráticos a la gobernabilidad.

La duda que surge a continuación, y de manera inevitable, es si alguien tendrá valor para ponerle el cascabel al gato. El modelo proporcional, aunque matizado, que está vigente en España; la actual delimitación de las circunscripciones y el sometimiento de los congresistas elegidos en listas cerradas a los designios de sus partidos han otorgado a las fuerzas nacionalistas un protagonismo en el marco estatal que -como es lógico desde su perspectiva- desean conservar. Y puesto que vascos y catalanes pueden ser en el futuro, como lo fueron antes, decisivos para abrir las puertas a un gobierno popular o socialista, parece improbable que los todavía dos grandes partidos del arco político español vayan a poner sobre la mesa propuestas que enojen a sus posibles socios.

En cualquier caso, los grandes problemas exigen soluciones de la misma o mayor dimensión. De ahí que, una vez enterrada la cuba y agotado el verano -lo mismo que la paciencia de buen número de españoles- tal vez proceda aceptar que la fiesta ha terminado y es hora de acometer sin demoras las soluciones que una democracia madura debe exigir a sus actores principales, entre las que, a falta de voluntad para la concertación, no debería faltar una reflexión serena y constructiva sobre la procedencia de una reforma electoral capaz de asegurar la gobernabilidad del país.