La Rioja

Sánchez, acompañado por César Luena, en el Riojafórum, durante una visita electoral a Logroño. :: justo rodríguez
Sánchez, acompañado por César Luena, en el Riojafórum, durante una visita electoral a Logroño. :: justo rodríguez

La encrucijada del PSOE

  • «Las personas no deben sentirse obligadas. Deben ser capaces de elegir a su propio líder»

Albert Einstein

Cuando esta noche hablen las urnas gallegas y vascas, será inevitable una lectura nacional que eclipse incluso la noticia misma de los resultados electorales en ambas regiones. Los sondeos coinciden en pronosticar ganadores de distinta índole en las dos elecciones. También coinciden en un aspecto central para la formación de Gobierno en España: el retroceso del PSOE. Habrá por lo tanto quien aproveche semejante coyuntura para reclamar de su líder, Pedro Sánchez, moverse como le sugieren a su derecha (dejar que gobierne el PP de Mariano Rajoy) y desde su propio partido: destacados mandatarios, incluidos algunos que gobiernan en sus comunidades aliados con Podemos (máxima incongruencia), le insinúan que permita al presidente en funciones renovar su mandato mediante la abstención socialista en el Congreso.

No tanta atención suscita saber si esa estrategia de Sánchez merece el aplauso o el reproche de los suyos. Tal vez porque no interesa observar, tomando La Rioja como ejemplo, cómo mientras endurece su posición más apoyos recoge entre su militancia. Incluyendo a amplios sectores de sus bases que no tenían puestas en él precisamente sus complacencias. Sánchez, convertido en un halcón reacio a que Rajoy siga en Moncloa, cosecha más simpatías que cuando pactaba con Ciudadanos, partido que para gran parte del socialismo siempre será un bulto sospechoso. «Si el PSOE se abstiene y gobierna Rajoy», asegura un socialista riojano, «rompo el carné. Y no seré el único». Otros compañeros abren el angular: «Sánchez no nos ofrece alternativas, no tiene plan B. Sólo nos da a elegir entre susto o muerte». «Pero todos entendemos que apoyar al PP sería su suicidio político», agregan.

Así que el no a Rajoy es una opinión casi unánime. Tanto, que la dirección socialista ni siquiera tuvo que exprimirse en las recientes votaciones en Madrid: ningún diputado rompió la disciplina de voto en la fallida investidura de Rajoy. «No tiene mérito», apunta un responsable socialista conocedor de la vida interna del partido, «porque nadie del PSOE quiere a Rajoy». La razón que justifica esta exhibición de fortaleza interna es común entre las fuentes consultadas: porque el PP encarna la corrupción, con Rajoy como bandera. «Abstenerse significaría que nos parece bien hacer presidente nada menos que el jefe de un partido investigado por corrupto», avisan desde el PSOE.

Pero quien escarbe bajo la piel de estos argumentos, detectará un sentimiento más arraigado entre los socialistas, compartido con sus rivales del PP: que entre ellos no se soportan, aunque guarden las apariencias. A un militante del PSOE, la idea de avalar a Rajoy le parece tan rara como a un afiliado del PP le extrañaría apoyar a Sánchez. El odio es un ingrediente de tal calibre que basta para entender la situación de bloqueo en que ha encallado la formación de Gobierno pero no despeja el sombrío horizonte que atenaza al PSOE, demasiado obsesionado con el corto plazo. Si lograse ampliar el foco, vería que su futuro se dilucida en las entrañas de un país al que sedujo hace años pero que ahora no se fía demasiado. Las dos regiones que votan hoy han tenido presidente socialista hasta anteayer: en el 2008, el PP barrió a Touriño en Galicia y desde entonces se abona a la mayoría absoluta, en medio del peor momento de la economía española y de la mayor oleada de casos de corrupción; hace sólo cuatro años, Patxi López abandonó Ajuria Enea: esta noche su partido se arriesga a convertirse en la cuarta fuerza vasca. Un bofetón semejante al que aguarda en Galicia y similar al que recibe en toda España: salvo en Andalucía, el PSOE pierde en todas las autonomías y sólo gobierna donde logra pactar a su izquierda. ¿Autocrítica? Ni está ni se le espera.

En tanto castigo como cosecha algo tendrá que ver su veleidosa tendencia a pactar con cualquiera a cambio de seguir enchufado al poder como bombona de oxígeno. Como si caer por la mínima fuera suficiente. Un discurso perdedor, que el votante siempre detecta. Lo cual es sorprendente. Porque incluso en sus momentos más sombríos guarda dirigentes experimentados, jóvenes con buena pinta, una militancia fiel y una estructura engrasada. Pero le falta lo esencial: una estrategia cabal y duradera. Un mensaje renovado, creíble, adaptado a los nuevos tiempos. Refrescar su antigua capacidad para conectar con la clase media, incorporar a lo mejor de la sociedad como antaño solía. Le falta ambición.

En el último pleno del Parlamento, Concha Andreu alardeó de que su partido es el único con la E de España en sus siglas, lo cual es tan cierto como que esa E se le olvida cuando coquetea con el nacionalismo de derechas en cuanto lo necesita, porque le parece más moderno que el PP, hasta acabar donde se encuentra hoy: bloqueado en un perverso cruce de caminos del que no saldrá ni siquiera mediante un congreso extraordinario. Como avisa un exdirigente riojano, «nos debatimos entre la convicción, que nos lleva a decir no a Rajoy, y la responsabilidad de abstenernos por sentido del deber, como sostienen quienes ocupan gobiernos regionales y tienen un concepto de la política más institucional». Una encrucijada diabólica que oculta una esperanza inconfesable para un socialista: que hoy gane el PNV. Y que necesite el apoyo del PP vasco para gobernar y en compensación luego ayude a Rajoy a ser presidente. Un cambio de cromos que evitaría las terceras elecciones.

Y al PSOE despeñarse.