La Rioja

ELOGIO DEL PASEO

Ceniceros, con sus tres consejeras al llegar al Parlamento. J. M.
Ceniceros, con sus tres consejeras al llegar al Parlamento. J. M.

El paseo es una actividad física muy conveniente. Un paseo camino del Parlamento permite por ejemplo coincidir con otros compañeros de caminata rumbo al pleno donde José Ignacio Ceniceros se estrena en su primer debate sobre el estado de la región: altos cargos de la política regional, funcionarios de la fontanería del Palacete, líderes sindicales y empresariales, dirigentes de los dos campus riojanos, alcaldes de grandes y medianos municipios, responsables de instituciones humanitarias. El paseo también conduce de buena mañana por las calles de Logroño a dos extrabajadores de Unipapel, que a falta de tajo, combaten la monotonía subidos al coche de San Fernando. Wambas en ristre, la pareja ignora que dentro de unos minutos su drama ingresará en el discurso presidencial, incluido en el mismo lote donde Ceniceros se lamenta por la trayectoria tomada por algunas empresas riojanas (Altadis, señaladamente) pero también se felicita por la buena salud que observa en otros proyectos empresariales: en una intervención carente de novedades, esas excursiones del presidente alrededor de sí mismo se llevaron la parte central de un mensaje que dejó fríos a unos escaños de suyo más habituados a sestear que a pasearse.

Porque el paseo es desde luego una experiencia placentera, como puede atestiguar el propio Ceniceros, quien no ha parado este verano viajando de uno a otro confín de La Rioja. Pero el paseo también puede convertirse en una tortura: la distancia que separaba su asiento del punto donde se encontraba la prensa fue ayer la subida al Gólgota para Concha Arruga. Suele atribuirse al jefe del Gobierno el papel central en este tipo de sesiones, pero quien de verdad se gana el sueldo tiende a ser el portavoz del partido en el poder: tiene que defender al líder cuando preferiría estar en cualquier otro sitio. Arruga hizo lo que pudo en su comparecencia ante los micrófonos, lo cual era más bien poco. Porque hasta los más incondicionales de Ceniceros (que los hay, y además su número no deja de crecer a medida que se asienta en el poder) aceptaban que su jefe había tenido días mejores. «Durillo, ¿eh?», confesaba uno de sus fans al término del pleno. ¿Durillo? Dos horas y media presididas por una curiosa división del tiempo, que sirve para ilustrar cómo afrontó la sesión plenaria: como si respondiera a una moción de confianza, Ceniceros, que gana aplomo y perfil presidencial, dedicó cincuenta de las sesenta páginas de su discurso a repasar su año largo de mandato. Empleó las diez restantes en mirar hacia el futuro, donde sólo contempla un horizonte monocolor: un panorama de pactos.

De pactos y más pactos. De compromisos tan etéreos que a nada comprometen. Acuerdos con la oposición, y con el conjunto de la sociedad riojana, para arreglar la sanidad, reforzar el Estatuto y atacar el despoblamiento rural. Y más acuerdos: para muscular la financiación autonómica y para mejorar el penoso estado de las infraestructuras regionales, lo cual parece por otro lado bien sencillo, porque presentan un aspecto tan calamitoso que vale cualquier cosa para perfeccionarlo... aunque se supone que un presidente de Gobierno debería distinguirse por un nivel de ambición más acorde con las exigencias ciudadanas.

La principal virtud del discurso de Ceniceros reside en que logró dejar el camino expedito para la sesión final: también cualquier cosa que se le ocurra hoy mejorará su estreno. Con un grave riesgo: que el protagonismo acabe en manos de la oposición, si sus portavoces demuestran que además de oponer, saben proponer. Si se pasean como corresponde a unos servidores públicos por cada rincón de La Rioja, detectarán una realidad más compleja que la contenida en cualquier debate parlamentario, donde por el contrario resulta demasiado habitual caminar hacia atrás: volver siempre sobre los mismos pasos. O quedarse en el mismo sitio: hace tiempo que parece insuficiente conformarse con haber contribuido a mejorar el clima político, mérito indudable que se debe anotar sobre todo el propio Ceniceros y su equipo más cercano.

Todos ellos atendían ayer sus palabras: ninguno, por lo visto, fue capaz de recordarle antes de que subiera al estrado que Lincoln sólo necesitó tres párrafos para pasar a la historia con su inmortal discurso de Gettysburg. Donde dejó escrita una frase ayer muy pertinente: «El mundo no recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos».