La violación como arma de guerra contra la etnia rohinyá

Niños rohinyá se reunen en torno a una hoguera en uno de los campamentos que los acogen en Bangladés. :: Susana Vera / reuters/
Niños rohinyá se reunen en torno a una hoguera en uno de los campamentos que los acogen en Bangladés. :: Susana Vera / reuters

Las mujeres que llegan a los campos de refugiados de Bangladés confiesan haber sufrido violencia sexual por parte de los militares birmanos

DARÍO MENOR COX'S BAZAR.

«Los militares birmanos me torturaron y violaron cuando atacaron mi pueblo. Quemaron nuestras casas y robaron todo lo que teníamos de valor. A mi marido se lo llevaron y no he vuelto a saber nada de él. Yo conseguí al final huir con mi bebé y con mi madre y escapar a Bangladés, pero esto que tenemos en el campamento no es vida. Quiero volver a Birmania y recuperar nuestras tierras. Si nos aseguran que se nos respeta, regresaría de inmediato». Con el inconformismo de los 20 años, a Umaira le sobra valentía para apartarse el velo ante la cámara y decir su nombre a la hora de denunciar la ignominia que acompaña a las mujeres rohinyá: ser víctimas de la violencia sexual ejercida como arma de guerra por parte del Ejército birmano para atemorizar y provocar la huida de esta minoría musulmana.

El mismo coraje tiene Nasima Begun, quien como Umaira malvive en el campamento de refugiados de Kutupalong, el más grande de los que hay en los alrededores de Cox's Bazar, cerca de la frontera con Birmania. «Ninguna mujer que esté aquí puede decir que no haya sido violada por los militares. A todas nos pasó. Como también les ocurrió a mis dos hermanas, a las que luego se llevaron secuestradas. Sólo soltaron a una después de dejarla embarazada. Y todo aquello lo hicieron delante de nuestras familias. Luego mataron a mis padres y a mis hermanos», cuenta Nasima, de 28 años, que logró escapar y consiguió hace poco reencontrarse en el campo de Kutupalong con su marido, al que ya había dado por muerto. «Pensaba que no iba a verle nunca más».

Tratan ahora de retomar su vida como familia, aunque no les resulta fácil. «Él está herido y tenemos siete hijos. Bueno, no, seis. El más pequeño, de tres meses, murió durante la huida». El bebé no aguantó el esfuerzo y las penurias por las que pasan los rohinyá después de ser expulsados de sus pueblos. Les toca caminar durante días, atreverse a hacerse a la mar o cruzar el río Naf, frontera natural entre Birmania y el sudeste de Bangladés.

No es fácil calcular cuántas rohinyá fueron violadas, ya que reconocerlo en público supone una vergüenza social. De hecho, la mayoría de las mujeres consultadas asegura haber sido testigo ocular de cómo abusaban de primas, hermanas o vecinas, pero dice haberse salvado. «Sabemos que quienes lo cuentan son sólo una parte de quienes han sufrido episodios de violencia sexual. Supone un estigma para ellos», subraya la española María Simón, coordinadora general de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Cox's Bazar. Esta ONG ofrece asistencia sanitaria a los rohinyá y construye infraestructuras para que cuenten con agua potable y sistemas de saneamiento.

En el centro de salud que MSF ha levantado en el campamento de Unchiparang, donde viven entre 25.000 y 30.000 refugiados, pasa consulta el médico danés Mads Geisler. «Nosotros vemos las consecuencias de la violencia sexual y algunos casos de embarazos no deseados, pero a las pacientes les cuesta mucho contar si fueron violadas. A veces se lo dicen a la matrona cuando cogen confianza al seguirlas durante el embarazo». Geisler y sus compañeros explican entonces a las víctimas cuáles son los problemas de salud ligados a esa experiencia y les ofrecen asesoramiento para que, si lo desean, redacten un certificado legal para documentar lo sucedido.

Trauma general

«También contamos con dos psicólogas para ofrecer asistencia a los refugiados», explica Susi Vicente, coordinadora del proyecto de MSF en Unchiparang. Los problemas mentales de los rohinyá acogidos en Bangladés son «multifacéticos», según Geisler. «Tuvieron que dejar sus casas en medio de la violencia, perdiendo a familiares y amigos, no saben qué será de su futuro y viven ahora en campamentos donde la comida, el agua y el alojamiento son insuficientes. Hay un trauma general en esta población. Arrastraban problemas crónicos que se han visto agravados con esta situación de emergencia».

Pese a los esfuerzos de las ONG y agencias internacionales presentes en los campamentos para que los refugiados se beneficien de los servicios que ofrecen, a algunos rohinyá les cuesta llamar a su puerta. Un caso paradigmático es el de Abdur Sukur, un hombre de 30 años que trabajaba como jornalero en la aldea de Tulestuli. «Los militares vinieron y mataron a mi mujer y a mis cuatro hijos, de entre 5 y 15 años de edad. Yo pude escapar, pero a mí también me dispararon y una bala me rozó el brazo», cuenta mientras los ojos se le llenan de lágrimas.

Otros refugiados se arremolinan a su lado para consolarle y el traductor le invita a que vaya al centro médico para pedir ayuda psicológica. «Lo haré», concede al fin asintiendo con la cabeza. «Cada vez que veo a un niño en el campamento me acuerdo de mis hijos asesinados».

Más

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos