La Rioja

Sarkozy asiste con estupor al ocaso de su estrella

Nicolas Sarkozy.
Nicolas Sarkozy. / Efe
  • Aunque el expresidente no era el principal favorito, el terremoto político desatado por la victoria de François Fillon revela su incapacidad para conectar, no ya con los franceses, sino con los votantes de la derecha

La derrota de Nicolas Sarkozy en las primarias del centro-derecha francés es sin duda una de las más dolorosas de su vida, pues han sido sus propios fieles quienes han decidido darle la espalda y apartarle, quizá de forma definitiva, de la escena política. Aunque el expresidente, de 61 años, no figuraba como el principal favorito en las encuestas previas, el terremoto político desatado por la victoria de su antiguo escudero François Fillon revela su incapacidad para conectar, no ya con los franceses, sino con los mismos votantes de la derecha.

En su intervención de admisión de la derrota, Sarkozy apuntó a su posible retirada de la vida pública y anunció su apoyo a Fillon, pese a que este fundamentó buena parte de su campaña en las críticas a su antiguo jefe. "Quiero dar las gracias a mi mujer y a mis hijos, siento haberles impuesto muchas penalidades. No es fácil vivir junto a un hombre que despierta tantas pasiones como yo. Ha llegado el momento de aportarles más pasión privada y menos pública. Buena suerte a Francia", dijo. En ese mismo discurso consideró que tanto Fillon como su contrincante en la segunda vuelta, Alain Juppé, "honran a la derecha francesa", y pidió a sus electores que no voten por los partidos extremos, en una clara referencia a la ultraderecha de Marine Le Pen.

La estrategia de "todos contra 'Sarko" que sus seis rivales en las primarias adoptaron en los debates ha acabado por pasarle factura, así como también los numerosos escándalos judiciales en los que sigue inmerso, que lo hacían un candidato vulnerable si era hallado culpable en alguno de ellos.

En los últimos años, Sarkozy ha acercado su discurso a las cuestiones que dominan la agenda de la ultraderecha, sobre todo las referidas a la identidad nacional y a la mano dura en la seguridad. Con esas ideas -que reforzó tras ser elegido hace dos años al frente de su partido, Los Republicanos, con menor apoyo de lo previsto-, Sarkozy pretendió convertirse en el garante de que el Frente Nacional no alcanzará el Palacio del Elíseo, pero sus votantes no le han seguido.

Puede no haber dicho su última palabra

Pese a todo, tras 40 años en política, no puede afirmarse que Sarkozy haya dicho su última palabra. Ya en 2012, cuando perdió el Elíseo en las presidenciales frente al socialista François Hollande, se apartó dos años de la vida política, a la que en algún momento pareció que no iba a regresar. Pero su vuelta para liderar su partido ya indicó que el viejo Sarkozy, batallador y enérgico, albergaba la secreta esperanza de luchar de nuevo por recuperar el trono.

Formado en las faldas de Jacques Chirac desde 1975, se distanció de él 20 años más tarde para, tras una dura travesía del desierto, combatirle de forma encarnizada a partir de 2002 en busca del poder. Lo conquistó en 2007 frente a la socialista Ségolène Royal, tras haberse confeccionado un traje de derechista sin complejos, hombre de la ruptura frente a la moderación 'chiraquiana', que le permitió ganar buena parte de los votos de la ultraderecha que cinco años atrás habían aupado a Jean-Marie Le Pen a la segunda vuelta de las presidenciales.

Una vez en el Elíseo, Sarkozy propulsó una política conservadora, anestesió a los sindicatos imponiendo los servicios mínimos en la función pública, lo que le permitió reformar las pensiones y los salarios sin tener que afrontar duras protestas en la calle. Pero la crisis económica que estalló en el mundo en 2008 restó lustre a sus reformas, incluso para el electorado más derechista, y atenazó sus proyectos.