Trump contra Trump

Donald Trump Junior fue uno de los mayores defensores de su padre durante la campaña. :: MANDEL NGAN / afp/
Donald Trump Junior fue uno de los mayores defensores de su padre durante la campaña. :: MANDEL NGAN / afp

El primogénito del presidente de EE UU ha pasado de ser la gran promesa de sucesión política a estar en el centro de la trama rusa

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

Uno tras otro, los cuatro hijos adultos de Donald Trump desfilaron hace un año por el escenario de la convención republicana de Cleveland (Ohio) que coronó a su padre como candidato presidencial. Su misión era humanizarlo. Trump siempre ha dicho que es mejor padre que marido. Sus hijos, según dijo Hillary Clinton en uno de los debates, son lo que más respeta de él, «leales y competentes». El mayor aplauso se lo llevó Donald Trump Jr., que ese 20 de julio dejó boquiabierta a la audiencia, convenciendo a muchos de que si uno de los vástagos tiene futuro en la política es el primogénito. Un año después, su actuación en la trama rusa ha cambiado esta percepción. «Donald Trump Jr. es un imbécil», titulaba esta semana 'The New York Post', el tabloide neoyorquino que más fiel se ha mantenido al magnate.

Su conducta al aceptar un encuentro con una «abogada del gobierno ruso» que le prometió trapos sucios sobre Clinton «puede no ser criminal, pero es criminalmente estúpida», decidió otro tabloide menos afín, el 'Daily News'. Cualquiera de ellos lleva décadas dedicando sus páginas a Trump, pero el mayor de la saga no se había visto a menudo en sus portadas. Más bien las recuerda con terror de cuando sus padres las utilizaron para atacarse el uno al otro durante un agrio divorcio que traumatizó a los niños. Donald Trump Jr. tenía entonces 12 años, cuatro más que su hermana Ivanka y seis más que su hermano Eric. Entendía mejor que ninguno lo que estaba pasando y dejó de hablarle a su padre durante un año. Cuando llamaba le colgaba el teléfono. «¡Tú no quieres a nadie, ni siquiera a ti mismo, sólo a tu cuenta bancaria!», le gritó en una ocasión.

Era 1990 y aún tenía otro golpe que encajar. Su abuelo materno Milos Zelnicek, un electricista con el que pasaba los veranos en Checoslovaquia, murió ese año. Encarnaba para él la verdadera figura paterna, el que lo enseñó a pescar, a cazar y a hablar checo mientras su padre estaba muy ocupado entre pases de modelos y reuniones de negocios. Ivanka también perdió por esa época a la niñera irlandesa a la que quería como una madre. Si a ella y a su hermano pequeño eso los acercó más a su padre, Don, como le llamaban, quedó aislado en su resentimiento huyendo de ser como él. Fue el último en incorporarse a los negocios familiares. En la universidad era conocido por sus peleas y borracheras, de tal magnitud que hasta fue arrestado en una ocasión en Nueva Orleans durante Mardi Grass.

Él mismo reconoce que «la moderación» no es lo suyo, pero asegura que ha dejado de beber porque «me di cuenta de que estaba tirando mi vida por la borda». Tardío, pero con la fe del converso, Trump Jr. se sumó a los negocios familiares y a la vida de élite en Manhattan. Se casó con la modelo que le presentó su padre, con la que tiene cinco hijos, de los que presumió en la convención para presentarse como «un americano, padre de familia e hijo de un gran hombre». Con los republicanos, ser amante de las armas ayuda.

Cuidar la marca

«A mis hijos les gusta la caza, es algo que nunca he entendido», ha confesado Trump. Es una de las pocas cosas que le ha criticado en público. La otra fue vender su imagen publicitaria a cambio del anillo de diamantes que entregó a su prometida. Demasiado vulgar incluso para Trump, que cree que con un apellido como el suyo hay que cuidar la marca.

De ser el que más quería distanciarse de esa familia de rubios, Donald Trump Junior pasó a ser el mayor defensor de su padre en la campaña. Con la revelación de que él fue el primero en conocer que el Gobierno ruso deseaba injerir en la campaña electoral con información sobre su oponente se ha puesto en el centro de la trama rusa. Es posible que al aceptar «encantado» la sucia proposición violase las reglas de financiación de campaña. Mientras lo hacía, se desgañitaba en televisión calificando de «repugnantes» y «falsas» las palabras del jefe de campaña de Hillary Clinton, Robby Mook, que acusaba a Rusia de filtrar los correos electrónicos del Partido Demócrata para favorecer a Trump. «Esto demuestra su altura moral», le atacó. «Son capaces de decir cualquier cosa para ganar estas elecciones, con una mentira detrás de otra».

A medida que la inteligencia estadounidense ha confirmado la mano de Moscú detrás de los correos pirateados que publicó Wikileaks en diferentes momentos de la campaña, Trump, como Trump, ha tenido que enfrentarse sin complejos a sus propias contradicciones públicas. Como su padre, es su peor enemigo. Ser un Trump marca.

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