Trump quiere declarar ante el fiscal especial

La primera ministra británica, Theresa May, junto a Donald Trump, durante su encuentro ayer en el Foro de Davos. :: Nicholas Kamm / AFP/
La primera ministra británica, Theresa May, junto a Donald Trump, durante su encuentro ayer en el Foro de Davos. :: Nicholas Kamm / AFP

El jefe de la Casa Blanca confiesa antes de viajar a Davos que también va a resolver el problema de los 'soñadores'

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

Los primeros sorprendidos de ver al presidente en la sala fueron los periodistas, pero los más alarmados, sus abogados. Le han prohibido hablar o tuitear sobre la investigación del fiscal especial Robert Mueller, pero Trump es incontrolable. El miércoles, antes de embarcar para Davos, irrumpió en una sala llena de periodistas donde se discutían temas de inmigración y no tardó ni un segundo en picar el anzuelo: «¿Va a hablar con Mueller?». Fue la primera pregunta. «¡Estoy deseando!».

A medida que se cierra el círculo sobre el presidente, parece claro que el fiscal especial no querría cerrar la investigación sobre la trama rusa sin hablar con el mandatario, al que presumiblemente investiga también por obstrucción a la justicia tras despedir al director del FBI James Comey. Sus allegados han utilizado repetidamente las cámaras de Fox, su cadena preferida, para desaconsejarle el testimonio. Dada la locuacidad del mandatario y su poco entendimiento de lo que es o no legal en su cargo, hasta sus propios abogados están convencidos de que sería como caminar «hacia una trampa de perjurio», ha dicho el abogado Ty Cobb, que dirige la respuesta legal.

En privado se dice que este equipo de abogados negocia con el de Mueller la mejor forma de testificar, decididos a que se limiten los temas de las preguntas. El mandatario está frustrado con que la investigación sea cada vez menos sobre la trama rusa y se enfoque en temas como el despido de Comey o el del asesor de seguridad nacional Michael Flynn. Trump solo quiere dejar claro lo mismo que repite una y otra vez a los periodistas: «¡No hubo colusión!», dijo siete veces en pocos minutos.

El presidente provoca la ira palestina al amenazarles con retirar los fondos que les concede EEUU

La obsesión de un multimillonario de piel fina y ego inseguro es ganar. La idea de que su victoria electoral se deba a la injerencia del Gobierno ruso le pone más nervioso que la de un posible delito, para lo que cuenta con su ejército de abogados. «Siempre decís que ella (Hillary Clinton) era una mala candidata», reclamó a los periodistas, «pero nunca decís que yo era un buen candidato. ¡El mejor de todos los tiempos! Nadie más hubiera vencido a la maquinaria de Clinton, tan corrupta como era. Pero yo era un gran candidato y algún día lo vais a decir. Adiós».

Tan repentino como llegó, se fue. El improvisado encuentro con la prensa de quien se cree su mejor portavoz estuvo salpicado de frases incoherentes, comparaciones con Clinton, promesas de testificar bajo juramento ante el fiscal y ataques al FBI y, sobre todo, a su director adjunto Andrew McCabe, su última obsesión. El presidente también le dio órdenes a su jefe de gabinete de tener un plan de inmigración sobre la mesa para presentar el lunes cuando vuelva de Davos, «¿vale?». Ningún demócrata ha sido consultado sobre ese plan, que según el mandatario incluirá un camino para dar a los 'soñadores' la ciudadanía «en diez o doce años». Otra década más de vivir a prueba, temiendo que una multa de tráfico o cualquier encontronazo menor con la ley sirva de excusa para deportarles.

Difícil de anticipar

El plan que gestionan los más duros de la Casa Blanca podría incluso condenar la precariedad, ya que si alguno de los 700.000 jóvenes que llegaron de niños de la mano de sus padres indocumentados no alcanza a ganarse la vida de forma abundante -se habla de 125.000 dólares de sueldo al año (algo más de 100.000 euros)- podría ser deportado. El listón sigue subiendo para liberar a los rehenes del pacto migratorio de Trump, como también sube el precio que pone a su muro. El candidato imprevisible se ha convertido en un presidente imprevisible y un negociador difícil de anticipar.

Ayer, ya en Davos, dio una nueva muestra de su carácter. Si sus primeras declaraciones públicas trataron de desmentir una supuesta enemistad con la primera ministra británica, Theresa May, poco después no tuvo contemplaciones al amenazar a los palestinos con retirarles los fondos que les envía EE UU por «faltar al respeto» al vicepresidente Pence durante su viaje a Israel. La reacción no se hizo esperar y la presidencia palestina denunció la política de «chantaje» de Trump.

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