Trump envía un mensaje a sus leales al iniciar una inesperada cadena de indultos

El presidente de EE UU ejerce su poder para conceder clemencia y cuestiona así posibles sentencias contra sus allegados por la trama rusa

MERCEDES GALLEGO CORRESPONSAL NUEVA YORK.

En el arte de gobernar, pocas cosas resultaron ser tan sencillas como Donald Trump suponía, excepto impartir clemencia. Con un chasquido de dedos como el que gesticulaba desde el escenario durante la campaña puede perdonar a quien quiera. Sacar de la cárcel a amigos o enemigos y, sobre todo, enviar la señal a sus colaboradores involucrados en la trama rusa de que no vale la pena pactar sentencias menores con el FBI. Él puede hacer desaparecer todos sus delitos si resultasen condenados.

Al quinto perdón de su presidencia, emitido el jueves en un arrebato para el comentarista conservador Dinesh D'Souza, condenado a ocho meses de arresto domiciliario, cinco años de libertad condicional y 30.000 dólares de multa por contribuciones ilegales a la campaña del Senado, le seguirán una docena de perdones que incluirán varias celebridades para mayor eco mediático.

La diseñadora Martha Stewart, condenada a cinco meses de prisión, dos años de condicional y 30.00 dólares de multa (unos 25.700 euros) por uso de información privilegiada, y el exgobernador de Illinois Rod Blagojevich, grabado cuando intentaba vender el asiento al Senado que dejó libre Obama y condenado a 14 años de prisión por 17 delitos relacionados con corrupción, son los primeros que el presidente ha señalado. A ambos los conoce personalmente porque aparecieron en su reality show 'The Apprentice' y además están conectados con sus enemigos más odiados. A la diseñadora la metió en la cárcel el exdirector del FBI James Comey. El gobernador culpaba a Obama.

Sin precedente

Los adalides de ambos se han esforzado en aparecer en la cadena Fox y publicar columnas en 'The Wall Street Journal' comparando sus persecuciones con la caza de brujas que dice sufrir el presidente para contar con su empatía. Es lo único que tienen que lograr. El poder que concede al presidente el Artículo II de la Constitución es el más absoluto de todos, pero desde George Washington en 1789 los mandatarios estadounidenses se han esforzado en ejercerlo con la máxima responsabilidad ética, relegándolos para el final de su mandato, seleccionando solo a aquellos que hubieran cumplido más de la mitad de su condena, asignando abogados del Gobierno para revisar concienzudamente esas peticiones que desde 1865 se cursaban a través del Departamento de Justicia. Ya no.

Trump se siente todopoderoso y, sobre todo, inmune a la justicia. Si cualquiera de sus familiares o colaboradores fuera alguna vez a la cárcel, solo tiene que chasquear los dedos para sacarlo, como hizo con el sheriff Arpaio, terror de los hispanos de Arizona. El mensaje es poderoso, sus leales no tienen nada que temer.

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