Trump declara la guerra a las drogas

Trump saluda a un estudiante. /  AFP
Trump saluda a un estudiante. / AFP

El presidente deriva los fondos de la lucha contra el sida a combatir la epidemia de opiáceos que azota a sus votantes

MERCEDES GALLEGO CORRESPONSAL NUEVA YORK.

Algunos se aferran a las drogas para escapar de sus problemas. Otros a Donald Trump para escapar de las drogas. La noche en que ganó las elecciones, Shannon Monnat, profesora de Sociología Rural y Demografía en la Universidad Estatal de Pensilvania, observó que el magnate mejoraba con creces los resultados de su predecesor republicano, Mitt Romney, en aquellos condados que ella misma había estudiado por su alto índice de mortalidad relacionado con las drogas y el alcohol.

El magnate ya lo sabía. Había olfateado su tirón en esa bolsa de votantes desde que empezó las primarias. «Gané New Hampshire porque es una madriguera infectada de drogas», le dijo al presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, durante su primera llamada desde la Casa Blanca, cuando le ordenó que pusiera fin al tráfico de drogas y le dejase construir un muro en la frontera para quedar bien con sus votantes.

Ayer, 77 días después de haber declarado en agosto la adición a los opiáceos sintéticos como una emergencia, la volvió a declarar y esta vez la firmó, aunque sin destinarle partidas económicas concretas. Solo la promesa de invertir «mucho dinero». Y acto seguido volvió al ataque contra la frontera sur, por la que, asegura, entra el 90% de toda la heroína que llega a Estados Unidos. «Vamos a construir un muro y eso va a ayudar enormemente con este problema», prometió.

La raíz está en la industria farmacéutica, a la que Trump no citó por su nombre, pero amenazó con instruir al Departamento de Justicia a que inicie «grandes demandas contra personas o compañías que estén haciendo daño a nuestra gente». El 80% de los usuarios de heroína han llegado a ella tras hacerse adictos a los opiáceos sintéticos por prescripción facultativa, según el Instituto Nacional de Abuso de Drogas. Uno de cada diez estadounidenses que pasa por el quirófano se convierte en usuario habitual de estos adictivos medicamentos que las farmacéuticas han pasado de vender a los enfermos terminales de cáncer a quienes sufren de dolores de espalda o postoperatorio.

El conjunto de aquellos a los que no quedaba suficiente vida como para preocuparse por una adicción era demasiado pequeño para satisfacer la codicia corporativa, mientras que el de los que confían en su médico para afrontar los dolores más comunes es vasto. El año pasado había ya en EE UU dos millones de adictos a estos medicamentos y se espera que las muertes por sobredosis superen las 64.000. «Oye esto: Más de los que mueren por armas de fuego o accidentes automovilísticos juntas», apuntó ayer el presidente. En comparación, poco más de 7.000 personas mueren cada año por sobredosis de cocaína.

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