Todos los 'sirios' del mundo

Una hornada de inmigrantes ilegales llega a una base naval en Trípoli después de haber sido rescatados en las costas de Garabulli. :: Mahmud TURKIA / afp/
Una hornada de inmigrantes ilegales llega a una base naval en Trípoli después de haber sido rescatados en las costas de Garabulli. :: Mahmud TURKIA / afp

La migración es un fenómeno humano y social que afecta a 244 millones de personas

GERARDO ELORRIAGA

El cambio climático que arruina progresivamente las tierras, la superpoblación y la pobreza empujan, cada día, a 2.000 campesinos bengalíes hacia los suburbios míseros de Dhaka, «una ciudad invivible», según Patricia Garrido, donde se hacinan ya 30 millones de habitantes, la mayoría carente de acceso al agua potable y los saneamientos básicos. La responsable de Proyectos en el Sudeste Asiático de la ONG Manos Unidas dibuja un panorama apocalíptico que puede empeorar si la temperatura global aumenta un par de grados en las próximas dos décadas y la mutación se hace irreversible. Sin embargo, este flujo constante nada tiene que ver con las grandes corrientes de población que atraviesan el planeta y concitan el interés mediático. «La realidad es muy diferente a la que se ha difundido», advierte Paula San Pedro, investigadora de acción humanitaria en Oxfam Internacional. «Los movimientos no se producen de sur a norte, tienen lugar del medio rural al urbano o con carácter regional, por una cuestión de mera racionalidad, cultural y económica». Hoy, Día Internacional del Migrante, cabe cuestionarse algunos tópicos en torno a un fenómeno que, a principios de siglo, afectaba a 173 millones de personas y hoy alcanza a 244 millones que, un día, abandonaron su hogar quizás definitivamente.

Las rutas que parten del Sahel y los países ribereños del Golfo de Guinea y aquellas otras con origen en el Cuerno de África y desembocan en las costas magrebíes, han focalizado, tradicionalmente, la atención institucional. «Mañana salto» es el mantra que acompaña la resistencia de quienes, al otro lado de la frontera de Ceuta o Melilla, esperan su oportunidad para entrar en su particular tierra prometida. Según Inma Gala, directora de la Oficina de Migraciones de Tánger, organización vinculada a la Iglesia Católica, ese deseo condiciona su actuación. «Para aquellos que tan sólo piensan en cruzar, sólo podemos prestar una asistencia inmediata, mientras que a los que dicen 'iré, pero todavía no', cabe facilitar medidas de escolarización o formación, y a quien ya ha desistido le apoyamos con iniciativas laborales».

El perfil de los esperanzados se corresponde con jóvenes menores de 30 años, en un gran número con estudios o carreras iniciadas, y que han cruzado un desierto empujados por el optimismo. «Las noticias corren entre ellos y Libia se ha convertido en el destino preferido porque proporciona el mejor acceso a las costas europeas», apunta. Pero ese reino de taifas se ha convertido en la antesala del viaje más mortífero para los emigrantes de todo el mundo. Ahora bien, no se trata de la única ruta extremadamente peligrosa. La ruta del Mar Rojo, el paso del Sinaí, donde existe un lucrativo negocio de secuestros, y el paso de los centroamericanos a través de México, también se cobran un buen número de desaparecidos y cadáveres.

«Los movimientos tienen lugar del medio rural al urbano o con carácter regional»

El intento de llegar al Río Grande se salda con extorsiones, raptos y asesinatos, tanto por parte de los cuerpos de seguridad como por las tramas del crimen organizado. Pero la violencia no es tan sólo un riesgo del viaje, sino el motivo que conduce a huir. Según el informe Redodem, un estudio de ese penoso tránsito, casi el 60% de sus protagonistas son hondureños y muchos huyen precipitadamente tras sufrir las amenazas de aquellos que, previamente, habían matado a familiares cercanos. Existe una delgada línea entre refugiado, solicitante de protección internacional e inmigrante, según José Luis Pinilla, secretario de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española, que recuerda una pancarta de refugiados latinoamericanos que rezaba 'También nosotros somos sirios'. Le resultó sintomático: «¿Por qué unos sí y otros no?».

Este fenómeno de extraordinarias dimensiones, impulsado por catástrofes personales, naturales y políticas, parece haber sensibilizado a la élite política. El pasado año se celebró en Nueva York una cumbre sobre refugiados y migrantes con la promesa de negociar unos pactos mundiales reflejados en compromisos concretos. «Una buena-mala noticia es que recientemente Donald Trump se ha retirado de la propuesta», explica. «Es buena porque lo descalifica, lo mismo que su retirada del acuerdo sobre el clima, y mala porque el pueblo de Norteamérica, nacido de la emigración, podría ayudar mucho más si la Administración lo respaldara». A su juicio, se precisan medidas realistas y eficaces tanto en origen, como en tránsito y destino. «Para ello hay que buscar causas en países donde se produce y atacarlas y no sólo buscarlas para aprovecharse de las riquezas ajenas», aduce.

Desgraciadamente, el infierno y las políticas de cooperación están empedrados con buenas intenciones. «Está demostrado que cuando pasas de pobre a disponer de ciertos recursos, el efecto llamada y la imagen de otra realidad, muy diferente a la suya, ejercen un irresistible atractivo», apunta Paula San Pedro y señala que los más miserables no se desplazan. El caso de la depauperada República Centroafricana ejemplifica esa situación. «A pesar de sufrir un conflicto endémico, se mueven dentro de sus fronteras».

Las remesas constituyen el aspecto positivo de este drama humano y social. Cada año, unos 366.000 millones de euros son enviados hacia los países en vías de desarrollo, pero resulta difícil establecer balances para procesos con una gran casuística. Tan sólo resulta evidente la premura de dar respuestas a flujos incontenibles. Porque los 2.000 agricultores que abandonan diariamente las llanuras del Golfo de Bengala constituyen una fracción de los 21 millones que, cada año, buscan otro horizonte tras saber que sus cultivos, esquilmados por la sequía o las inundaciones, no conseguirán alimentarlos.

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