El rumor del leopardo

Ruanda celebra unas elecciones marcadas por el absoluto control gubernamental

GERARDO ELORRIAGA

No les oyeron llegar. Las proclamas de Radio Mil Colinas o los cargamentos de machetes que se distribuían por las aldeas no aterrorizaron suficientemente a las potenciales víctimas. Súbitamente, comenzaron a matar. «Como la gacela que ignora que ese rumor entre la hierba es el leopardo, no supimos lo que se avecinaba hasta que fue demasiado tarde», explica Joseph Sebarenzi, expresidente del parlamento ruandés. Él sobrevivió a las persecuciones de tutsis de 1994, aunque perdió a casi toda su familia en las masacres. Aquella experiencia agudizó su sentido del oído y, dieciséis años más tarde, optó por el exilio a pesar de que, teóricamente, pertenecía a la elite dirigente. Quizás, entonces, escuchó al felino agazapado.

El próximo día 4 de agosto la república subsahariana celebrará elecciones presidenciales. Nadie duda de que el actual presidente Paul Kagame vencerá en los comicios con un abrumador porcentaje de los votos. Ni el odio ni la oposición parecen tener sitio en el país africano, el escenario del último genocidio que ha padecido el planeta.

La reconciliación y la unidad son una especie de mantra del régimen, a pesar de que, aún hoy, inductores de los crímenes huidos al extranjero son entregados a la justicia de Kigali. El liderazgo indiscutible del actual dirigente también es otro mensaje subrepticio. Como ha sucedido en otras repúblicas africanas, su máxima autoridad no pudo rechazar la necesidad de acceder a un tercer mandato, aunque la Constitución no lo permitiera. Pero el procedimiento llevado a cabo refleja las condiciones especiales de Ruanda.

En 2015, el pequeño Estado celebraba un ordenado referéndum que ganaba Kagame con más del 98% de votos afirmativos y le permitía, teóricamente, mantenerse en el poder hasta 2034. Mientras tanto, en la vecina Burundi, el jefe del Ejecutivo imponía su candidatura y provocaba una catástrofe con más de 300.000 desplazados de su hogar.

Hay que perdonar y seguir adelante por la estrecha senda del orden. El Gobierno, apoyado por el hegemónico Frente Patriótico Ruandés, se ha empeñado en que el pueblo, dividido entre hutus y tutsis, olvide sus viejas rencillas. El desacuerdo político parece un obstáculo en ese propósito de concordia y quienes lo cuestionan acaban fuera del sistema.

A ese respecto, cabe destacar que Thomas Nahimana, representante de un movimiento conocido como 'Nueva Generación' y radicado en Francia, no ha podido entrar en el país por problemas de visados. Diane Rwigara, hija de un antiguo benefactor de la formación mayoritaria muerto en extrañas circunstancias, también quiso entrar en la liza electoral. Tras hacer pública su pretensión, las redes sociales se inundaron con fotos de la política desnuda. La Comisión Electoral Nacional rechazó sus avales y fue desestimada. Otros también quedaron en la cuneta, literalmente. Hace siete años, André Kagwa, vicepresidente del Partido Verde Democrático, apareció decapitado en un humedal.

La democracia aparente se contrapone con el milagro real que ha experimentado el país. La 'Singapur africana', tal y como ha sido denominada, ostenta tasas de crecimiento económico que se sitúan entre las más elevadas del mundo, en torno al 8% anual. La tasa de pobreza se redujo del 44% al 39% entre 2011 y 2014 y la miseria extrema tan solo afecta al 9% de la población, índices sorprendentes en la región subsahariana.

Ese desarrollo resulta aún más inaudito teniendo en cuenta la falta de recursos minerales del territorio y el curioso hecho de que se haya convertido en una de sus principales fuentes de ingresos. Tal vez, la porosidad de la frontera con Congo tenga alguna influencia en ese aparente contrasentido.

Pero la realidad ruandesa resulta aún más compleja. La moderna e impoluta capital, limpia por norma de plásticos, vendedores ambulantes y mendicantes, contrasta con la modestia de las áreas rurales, donde persiste la frágil agricultura de subsistencia, los cultivos de café y té, y el recelo hacia los otros, aquellos que empuñaron las armas y acabaron con sus vecinos porque eran tutsis, o hutus moderados o, simplemente, ambicionaban sus parcelas.

Los ruandeses acatan la voluntad del poder y no disienten, quizás porque son rehenes de la memoria o, tal vez, porque tienen miedo. El Gobierno los protege de los feroces leopardos, pero su susurro recuerda, inquietantemente, al de los depredadores habituales de la sabana.

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