Una relación de poco amor y mucho odio

El mandato de Trump está plagado de desaires hacia la UE, que pese a superar el 'shock' inicial sigue sin acostumbrarse a su radicalidad geopolítica

ADOLFO LORENTE BRUSELAS.

«Está actuando en las relaciones multilaterales con una ferocidad que solo puede sorprendernos». El miércoles, el presidente de la Comisión confesaba que la Unión Europea no termina de pillarle el punto a Donald Trump. Y mira que es sencillo: se trata, simplemente, de esperar siempre lo peor. De ponerse en lo peor. Hace tiempo que Bruselas funciona con este chip, pero como admitía Jean-Claude Juncker horas después de anunciar su salida del histórico pacto nuclear con Irán, la capacidad de sorpresa del presidente de Estados Unidos parece infinita. Es el gran apóstol de la Ley de Murphy. Si algo puede salir mal, saldrá... Y, además, gracias a él. Porque lo ocurrido con Irán solo ha sido la gota que ha colmado el vaso. La relación entre la UE y Trump es el relato de una historia de poco amor y mucho odio. El magnate republicano se ha propuesto acabar con el legado de Obama y lo está haciendo dando una tunda de patadas en el trasero de sus aliados europeos. Son hechos. Lean.

Forofo del 'brexit' y Farage

La elección de Trump se produjo apenas unos meses después del referéndum británico que dijo sí al 'brexit'. Bruselas estaba en estado de 'shock' sumida en un pesimismo desconocido y desconcertante. Solo se escuchaban las carcajadas del entonces líder eurófobo del UKIP, Nigel Farage, que abanderó el 'brexit' a golpe de mentiras. Amigo y fan de Trump, por cierto. Por cierto, ¿a que no adivinan cuál fue el primer político europeo que el magnate recibió en su torre neoyorquina nada más ganar las elecciones? En efecto, Nigel Farage. «La única cosa que preguntan desde Washington es qué Estado miembro será el próximo en salir tras Reino Unido», lamentaba llevándose las manos a la cabeza el exembajador de EE UU ante la Unión Europea, Anthony Gardner.

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Tensión con Merkel y Tusk

La atmósfera de la relación trasatlántica a principios de 2017 era irrespirable. Hubo un punto de inflexión. Ocurrió en La Valeta, el 3 de febrero. Allí, en Malta, los jefes de Estado y de Gobierno acordaron dar un puñetazo encima de la mesa para cambiar la dinámica del 'y tú más' que no llevaba a ninguna parte. No hay que olvidar que el presidente del Consejo, Donald Tusk, convocó a los líderes a esa cumbre escribiendo una carta incendiaria en la que tachaba a Estados Unidos de «amenaza internacional» junto a Rusia y China. «No podíamos mantener esa tensión, no al menos por nuestra parte. Se trata de estar unidos, de hablar de nosotros, de lo que queremos hacer y ser, no hablar de los demás», rememoran fuentes comunitarias.

El club de clubes cambió de estrategia, pero Trump siguió en sus trece, como se evidenció en el recibimiento que dio a Angela Merkel a mediados de marzo de aquel año. Si pretendía lanzar un mensaje negándole el saludo en público a la canciller le salió el tiro por la culata. Se equivocó quedando como un simple maleducado y a partir de ahí, todo comenzó a cambiar.

El rapapolvo de la OTAN

Quizá el principal gesto de distensión fue la minicumbre que el presidente estadounidense celebró con Juncker y Tusk aprovechando su visita a Bruselas para participar en su primera cumbre de la OTAN. Por cierto, una Bruselas que en su día calificó de 'hellhole'. Antro, cuchitril o agujero del infierno son algunas de sus traducciones. Con esto está casi todo dicho. Trump visitó las dependencias de la UE en son de paz, pero fue pisar los cuarteles generales de la Alianza Atlántica y desmelenarse. El rapapolvo que echó a sus aliados europeos por no gastar lo suficiente en defensa fue épico.

Acuerdo del Clima de París

Uno de los grandes varapalos se produjo el 1 de junio, cuando el presidente norteamericano anunció que Estados Unidos salía del Acuerdo de París sobre el Clima. La UE había echado el resto para alcanzar este pacto de tintes históricos y el portazo de la Casa Blanca suponía, además, un desaire de enorme calado a Emmanuel Macron, su gran aliado dentro de la UE y con quien sigue disfrutando de una particular luna de miel, como se evidenció en su reciente visita a Washington. Todo fachada, porque en la práctica, Donald Trump continúa haciendo y deshaciendo a su gusto.

Guerra comercial con el acero

El penúltimo encontronazo, todavía vigente, es una guerra comercial que comenzaría con la imposición de aranceles al acero y aluminio europeos. «No negociaremos con una pistola en la sien», advirtieron Macron y el presidente belga, Charles Michel, en el último Consejo Europeo celebrado a finales de marzo. «No queremos, pero si nos obligan, responderemos, no nos quedaremos de brazos cruzados», advirtió Juncker.

La conjura de Aquisgrán

Y ahora, Irán... Así que no es de extrañar que el jueves, desde Aquisgrán y ante la atenta mirada de una nutrida presencia de notables europeos, la canciller Merkel advirtiese de que 'papá Estados Unidos' es pasado. «Hay conflictos a las puertas de Europa. Y la época en la que podíamos confiar en EE UU se acabó», zanjó. A su lado, el galardonado Emmanuel Macron, asintía con la mirada. Ya basta.

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