De la Primavera Árabe al invierno islamista

Túnez, enero de 2018. Protestas frente a oficinas gubernamentales de la capital contra las políticas de austeridad. :: sofiene hamdaoui/
Túnez, enero de 2018. Protestas frente a oficinas gubernamentales de la capital contra las políticas de austeridad. :: sofiene hamdaoui

El fracaso del sueño reformista da paso a cierta nostalgia de los viejos regímenes

MIKEL AYESTARAN ERUSALÉN.

j Túnez se viste de revolución para celebrar el aniversario de las movilizaciones de 2011 que acabaron con la dictadura de Zine el Abidine Ben Ali. La bautizada como 'revolución del jazmín' está en la memoria de unos tunecinos que en los últimos días han vuelto a echarse a las calles de más de cincuenta localidades, pero esta vez los eslóganes políticos que hace siete años pedían democracia y libertad se han convertido en gritos contra las medidas de austeridad aprobadas por el Gobierno en la nueva ley de Presupuestos de 2018.

En cada aniversario de la revuelta contra Ben Ali se producen movilizaciones, pero la dimensión que han adquirido este año hace que analistas como Sergio Altuna, investigador asociado del Real Instituto Elcano, consideren que estamos ante «una continuación de lo que vivimos en 2011, una continuación de parte de aquellos objetivos por los que se produjo la revolución. Volvemos a escuchar gritos pidiendo justicia social y económica porque la paciencia de la gente es finita». La 'revolución del jazmín' acabó con Ben Ali y su ejemplo se extendió a Egipto, Libia, Yemen y Siria en una oleada de revueltas conocida como Primavera Árabe que acabó con todos los presidentes menos con Bashar el-Asad.

Túnez es el único de estos países inmerso en una transición hacia la democracia, pero su noveno gobierno en siete años, formado por una coalición entre dos enemigos históricos como los islamistas (Ennahda) y los nacionalistas (Nida Tunis), se ha visto obligado a adoptar políticas extraordinarias de austeridad para intentar cumplir con las medidas requeridas por el Fondo Monetario Internacional, que en 2016 acudió al rescate del país con un préstamo de 2.400 millones de euros. La economía tunecina no arranca, el desempleo es endémico entre los más jóvenes y el turismo no se recupera debido a la amenaza de atentados yihadistas. Las medidas impuestas por la ley de Presupuestos se traducen en el recorte de las subvenciones y la subida de los impuestos, lo que ha acarreado una nueva subida de precios general.

El espíritu del joven vendedor de fruta Mohamed Bouazizi, cuya inmolación en Sidi Bouzid, en el centro del país, fue el detonante para el inicio del fin de Ben Ali, sigue vivo en grupos de activistas como los que forman la plataforma 'Fesh nastanneu?' (¿A qué esperamos?), que el 3 de enero, coincidiendo con el 34 aniversario de la conocida como 'revuelta del pan' contra el presidente Habib Burguiba, llamó a la gente a salir a las calles para protestar contra la ley de Presupuestos. La nostalgia del pasado se extiende por los países que protagonizaron la Primavera Árabe. Yemen, Libia y Siria viven asolados por las guerras y Egipto, por la grave situación económica y el auge del terrorismo yihadista.

EGIPTO

Mursi y Mubarak

Los egipcios acudirán a las urnas en marzo para elegir presidente. Lo harán más de cuatro años después de que el golpe militar del general Abdel Fatah el-Sisi derrocara a Mohamed Mursi, primer presidente de la historia del país elegido democráticamente. Mursi, miembro de los Hermanos Musulmanes, está encarcelado, y Hosni Mubarak, el dictador contra el que se levantó el pueblo en la revuelta de 2011, libre.

Los militares mantienen el control de un Egipto que vive bajo la amenaza del Estado Islámico (EI), presente en el Sinaí, y con una grave situación económica marcada por el desempleo y la caída libre de la moneda. La represión del régimen actual supera incluso la de Mubarak y se enfrenta a un EI, que, además de los ataques casi diarios contra fuerzas de seguridad, tiene a turistas y a la minoría copta en su punto de mira.

LIBIA

Saif Al Islam

Más que revuelta popular, Libia vivió una guerra en toda regla para acabar con las cuatro décadas de gobierno de Muamar Gadafi, una guerra en la que la OTAN intervino a favor de los sublevados. Cuando los milicianos de la ciudad costera de Misrata asesinaron al dictador en Sirte, declararon la 'liberación' de Libia. Pero muerto Gadafi estallaron las costuras tribales de un país que hoy cuenta con dos gobiernos, uno en Trípoli y otro en Tobruk.

Los esfuerzos de la ONU para formar un gobierno de unidad no han fructificado y Libia es un caos, un tablero en el que Egipto, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos apoyan al Gobierno de Tobruk, al que reconoce también la comunidad internacional, y Turquía y Catar hacen lo propio con las autoridades de Trípoli. En medio del caos, la figura de Saif al Islam, hijo de Gadafi llamado a heredar su puesto, emerge de vez en cuando para reivindicarse como el pacificador que necesita el país.

YEMEN

Bajo los bombardeos

Hasta 2012 Yemen y Túnez eran un ejemplo para el resto de países que habían pasado por revoluciones. El primero echó a su dictador, Alí Abdulá Saleh, por medio de un plebiscito que acabó con Mansour Hadi como presidente. Lo que parecía un modelo no tardó en convertirse en guerra tras una alianza entre Saleh y los rebeldes hutíes, que en realidad son zaidíes, secta del chiismo. Arabia Saudí respondió a esta maniobra y en marzo de 2015 lanzó una guerra abierta a base de bombardeos contra unos hutíes a los que acusan de ser «agentes de Teherán».

El país dio un paso más hacia el abismo tras la muerte del expresidente Saleh a manos de sus exaliados hutíes en diciembre pasado. La gran guerra por la hegemonía regional que libran iraníes y saudíes ha destrozado Yemen y Saleh, que había sido capaz de superar todo tipo de adversidades en sus más de tres décadas como presidente, incluido el auge de Al-Qaida en parte del país, no pudo superar esta nueva prueba

SIRIA

Asad, en el poder

El final del califato no significa que la guerra esté acabada en Siria, donde Bashar el-Asad permanece en su puesto gracias al apoyo iraní y ruso. El país entra en el octavo año de un conflicto en el que han perdido la vida más de 320.000 personas, hay más de 7,5 millones de desplazados y otros 4,5 millones han tenido que buscar refugio fuera del país.

El régimen no escuchó las peticiones de reformas y desde el primer momento llamó a los manifestantes «terroristas». La revuelta se transformó en una guerra abierta en la que ahora quedan dos grandes frentes abiertos. El primero de ellos es el cinturón rural de Damasco, donde unas 400.000 personas viven cercadas y el segundo frente es Idlib, provincia fronteriza con Turquía.

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