El paraíso caribeño, en entredicho

Un soldado francés patrulla por una calle de Marigot, en la isla caribeña de San Martín, tras el paso del huracán 'Irma'. :: Martin BUREAU / afp
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Un soldado francés patrulla por una calle de Marigot, en la isla caribeña de San Martín, tras el paso del huracán 'Irma'. :: Martin BUREAU / afp

El paso del feroz huracán 'Irma' pone de manifiesto la fragilidad social y económica de las Pequeñas Antillas

GERARDO ELORRIAGA

'Irma' ha arruinado hoteles, mansiones, plantaciones y la reputación de las Pequeñas Antillas. El imaginario occidental y los ubicuos documentales de viajes se han nutrido de sus playas doradas y aguas turquesas para construir algo similar al paraíso en estado puro y tropical, pero el huracán ha arrancado el techo de esa apariencia de felicidad a ritmo de bachata y calypso. Tras su regreso a casa, los aterrados visitantes de la francoholandesa San Martín se refieren con horror tanto a la tormenta como a la posterior ola de saqueos que ha arrasado comercios y residencias. La miríada de islas situadas entre Puerto Rico y Venezuela proporcionan un visión idílica, pero su realidad social y económica es tan variopinta que, incluso, alberga algunas de las mayores desigualdades de renta que pueden encontrarse en el planeta.

La devastación ha afectado a buena parte de los trece Estados que componen el arco insular, aunque ha golpeado con especial virulencia en las Vírgenes norteamericanas y Antigua y Barbuda, un país formado por dos islas, la segunda ahora completamente abandonada tras su completa destrucción. El impacto de un huracán no es sólo inmediato, aquel que muestra a los medios y que se cuantifica en infraestructuras y viviendas desplomadas. Sus efectos también alcanzan a medio plazo al turismo y, a largo, incluso influyen en la progresiva salinización e infertilidad de las tierras de labor.

Pero los problemas tan sólo se han agitado con los vientos. La situación previa ya mostraba un progreso desigual y graves carencias estructurales. Una mirada sobre el Caribe evidencia realidades enfrentadas. Los más previsores pueden alquilar por 20.000 euros una villa con piscina infinita de cara al próximo verano en Mustique, aquel rincón donde la princesa Margarita curaba sus penas de amor y el cantante Mick Jagger posee un refugio decorado según el estilo japonés. Ahora bien, este maravilloso enclave pertenece a un país conocido como San Vicente y Granadinas, donde un tercio de la población subsiste en condiciones de miseria y la vulnerabilidad atenaza al 50% de sus habitantes.

LA CLAVE Este idílico arco insular alberga algunas de las mayores desigualdades de renta del planeta

La situación se extiende a otras antiguas colonias inglesas o a los departamentos franceses de ultramar de Martinica o Guadalupe. La viabilidad económica de estos diminutos territorios siempre se ha hallado en entredicho y las primeras manifestaciones graves cuestionan aún más su futuro. La dependencia de monocultivos destinados a la exportación, principalmente banano y azúcar, ha agudizado los efectos de la crisis económica internacional y quebrado su vacilante progreso. En las zonas rurales, la pobreza suele afectar a la mitad de los hogares. En Dominica una tercera parte de las casas carece de agua corriente y una cuarta no posee instalaciones sanitarias.

El desastre medioambiental no es tan sólo achacable a fenómenos naturales de la categoría de 'Irma' y predecesores como 'Dean', que se abatió sobre la zona hace una década. La fragilidad de los suelos caribeños ha sido contrarrestada con el uso de fertilizantes y pesticidas como la clordecona, altamente tóxicos. La falta de oportunidades para la mano de obra ha generado una intensa inmigración hacia Estados Unidos y las principales metrópolis, proceso que comenzó en los años sesenta y continúa, generando el estancamiento demográfico de la región. Al menos un millón de residentes vive en Gran Bretaña y un número también elevado se halla en Francia, gracias a su condición de ciudadanos de pleno derecho.

Bancos y revueltas

Los subsidios y ayudas de la Unión Europea y las remesas de los emigrantes no han paliado el descontento de la población nativa. Las revueltas y huelgas en Guadalupe y Martinica han recordado periódicamente a París el malestar por un elevado coste de la vida, altos índices de desempleo y salarios menores a los del continente. Los partidos independentistas prefieren mantener el status quo a la espera de tiempos mejores y una estabilidad económica que se antoja aún lejana.

La condición de paraísos siquiera fiscales ha sido el argumento de estos pequeños Estados para contrarrestar el declive de las actividades económicas tradicionales. El estricto respeto a la privacidad sobre las cuentas alojadas en su red bancaria y las empresas 'offshore' ha atraído a fortunas de cuestionado origen. Tras la caída de Gadaffi, los investigadores descubrieron que era titular de un holding en las Vírgenes británicas. Las islas Cayman, con 450 entidades financieras y unos 335.000 millones de euros constituyen el mayor sumidero para el dinero que huye de la tributación, aunque las sospechas también vinculan a Antigua con las redes de lavado de la mafia rusa. La venta de pasaportes a precio de oro también se ha convertido en otra fuente de recursos para Dominica.

'Irma' ha provocado recelos para los inversores en el turismo, la principal industria local, pero existe la confianza de que, a medio plazo, el sector consiga reponerse de este enorme varapalo. No hay tanta confianza, sin embargo, en que la catástrofe aliente sobre la necesidad de planes de desarrollo global en un área sobre el que se ciernen los peores augurios del cambio climático y da lugar a precarias condiciones de vida. Posiblemente, se olviden estas demandas de pequeñas comunidades asentadas en diminutas islas y, muy pronto, los turistas que acudan a San Martín, la parte neerlandesa de la isla asolada, volverán a pensar que el único temor para los lugareños radica en que un Boeing 747 se desplome sobre su playa antes de aterrizar en uno de los aeropuertos más peligrosos del mundo.

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