La noche que estuvo a punto de cambiar la guerra en Siria

La localidad siria de Ain Tarma tiene zonas enteras absolutamente devastadas por los bombardeos aéreos y de artillería. :: m. ayestaran/
La localidad siria de Ain Tarma tiene zonas enteras absolutamente devastadas por los bombardeos aéreos y de artillería. :: m. ayestaran

El ataque con sarín en Ain Tarma, confirmado por la ONU, rebasó la 'línea roja' de Obama y forzó a Damasco a entregar su arsenal prohibido

MIKEL AYESTARAN AIN TARMA.

«Muchos murieron en la cama mientras dormían, otros lograron salir a la calle, pero se desplomaron. Murieron hasta los que acudieron al rescate, murió toda la calle Zeinieh, no se salvó nadie», recuerda Hasan al-Kurdi, vecino del barrio de Hazrumie, que perdió a cuatro miembros de su familia en la madrugada del 21 de agosto de 2013. Han pasado cinco años desde que la oposición denunció este ataque con armas químicas en Ain Tarma, localidad situada a tan sólo 3 kilómetros de la parte vieja de Damasco, una acción que estuvo a punto de provocar la intervención armada de Estados Unidos.

En el último instante, Barack Obama, que estableció el uso de armas químicas como su 'línea roja' en Siria, dio marcha atrás y aceptó, gracias a la mediación de Rusia, que el régimen entregara su arsenal prohibido a cambio de no bombardear. Una política radicalmente opuesta a la de su sucesor, Donald Trump, que respondió a las últimas dos denuncias de la oposición en Idlib y Duma con el lanzamiento de misiles contra bases del Ejército sirio.

La calle Zeinieh permanece intacta. Una especie de milagro en una localidad que hasta hace un mes era la línea más avanzada de los grupos armados opositores en Damasco y que tiene zonas enteras devastadas por los bombardeos aéreos y de artillería. Este ha sido el bastión de Faylaq al-Rahman (Legión de la Misericordia), pero volvió a manos del Gobierno gracias a un acuerdo por el que un buen número de combatientes aceptaron enrolarse en las filas del Ejército a cambio del indulto, el resto se fue a la provincia de Idlib. Este cambio ha puesto final a años de cerco y sufrimiento para unos civiles que poco a poco tratan de rehacer sus vidas.

A diferencia de Duma, donde la oposición denunció un ataque con armas prohibidas el pasado 7 de abril, del que los vecinos ni se enteraron, en Ain Tarma conocen el lugar de los hechos y recuerdan lo ocurrido hace cinco años. «Parece que esa noche iban a celebrar una reunión los líderes de diferentes facciones armadas en ese mismo lugar, pero se canceló a última hora», recuerda Al-Kurdi, que en los tres últimos años ha sido responsable de interrogatorios de Faylaq al-Rahman, pero que ahora forma parte de los Comités Populares leales al Gobierno que se encargan de la seguridad en la zona. Tiene los ojos azules, transparentes, y los dientes dañados, como muchos vecinos, por culpa de la mala alimentación.

Hospitalidad siempre

La Inteligencia estadounidense elevó a 1.429 los fallecidos en Ain Tarma, entre ellos 426 niños, y enfermeras de un centro médico cercano consultadas por Reuters declararon que «muchas de las víctimas son mujeres y niños. Llegaron con las pupilas dilatadas, con las extremidades frías y con espuma en la boca. Los médicos afirman que son síntomas habituales en pacientes afectados por un gas nervioso». Los expertos de Naciones Unidas pudieron investigar durante cuatro días lo sucedido y presentaron un informe de 38 páginas en el que confirmaron el empleo de gas sarín pero no señalaron al autor.

Los cuatro bloques de viviendas están de nuevo habitados. «Un mes después de enterrar a las víctimas ya había gente viviendo en estas casas. Yo mismo ocupé el que era el piso de mis suegros», señala Al-Kurdi. Unos vecinos toman el fresco en la planta baja de uno de los edificios afectados. Ofrecen té a los recién llegados. No importa que los sirios vivan entre escombros, sin agua ni electricidad, porque siempre tienen algo que ofrecer a un huésped. Siempre.

Abdul Rahman se pone en pie y dice que quiere hablar de lo ocurrido. Perdió a 18 miembros de su familia. Llama a gritos a un vecino, «es el único superviviente, fue un milagro», asegura, pero no está en casa. La noche del ataque «estaba en otra zona próxima, menos mal. Enterramos a nuestros seres queridos y seguimos con nuestras vidas. Los primeros años vinieron equipos de Al-Yasira y de Orient TV para hacer reportajes en los aniversarios, pero luego dejaron de venir», apunta Abdul Rahman, quien opina que «los estadounidenses exageraron con el número de muertos». Tras el acuerdo entre Faylaq al-Rahman y el Ejército, una comisión del Gobierno se acercó al barrio recientemente para investigar lo ocurrido, pero el paso de los años y la destrucción absoluta en toda la zona hacen que esa noche haya quedado sepultada en el pasado. Una noche que estuvo a punto de cambiar el sino de la guerra de Siria.

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