McCain acaba con el sueño republicano de arrasar con la reforma sanitaria de Obama

El senador de Arizona inclina la votación a pesar de los intentos del vicepresidente Pence de que cambiara de idea

M. GALLEGO NUEVA YORK.

Dicen que fue la sesión más dramática del Congreso desde aquella votación de 2008 en la que fracasó la ley para estabilizar la economía y se hundieron los mercados. Esta, la noche en la que Johnny sacó su fusil para unirse a dos heroicas damas, acabó con el sueño trumpiano de hundir la reforma sanitaria de Obama y apuntarse una nueva muesca en la pistola. Según el apresurado informe que emitió la Oficina Presupuestaria del Congreso, en las apenas dos horas que la ley estuvo sobre la mesa, 15 millones de personas se hubieran quedado sin seguro y el resto hubiera visto subir el precio de sus desorbitadas pólizas un 20% en menos de un año.

Bastaba con solo un valiente para impedir la masacre, que pretendía llevarse a cabo en un tiempo récord, con nocturnidad y alevosía. ¿Quién sería ese valiente, si es que lo había? La tensión se cortaba en el aire. Trump había afilado sus cuchillos, amenazando a unos y a otros, advirtiendo a los legisladores de Alaska que su estado pagaría por la traición de la senadora Lisa Murkowski. Junto con Susan Collins (Main) las dos senadoras formaban el solitario bloque de oposición al sueño republicano de acabar con Obamacare, colocando el resultado previsible en un empate de 50-50 que el vicepresidente Mike Pence estaba listo para deshacer.

Entonces entró el héroe de guerra, con su cicatriz del cáncer aún fresca sobre la ceja izquierda y una mirada enigmática. «Senador, ¿ha decidido ya su voto?», le preguntaron los periodistas, que llevaban la cuenta con ansiedad. «Sí», respondió sin dar pistas. «¿Y?», le insistieron. «Esperad a ver el show».

El reloj marcaba la hora bruja cuando le estrechó la mano al líder demócrata del Senado Chuck Shummer, que dice no haber vivido otra noche como esa desde que nació su hija. Por su sonrisa, algunos intuyeron el desenlace. McCain cruzó el hemiciclo y se sentó junto a las dos senadoras rebeldes. Es ahí cuando empezó el cortejo, pero no del militar hacia las damas, sino del partido con el duro de Arizona. Mitch McConnell, el líder del Senado que esa noche perdería al bebé que lleva siete años gestando, le envió primero a uno de sus colegas, el también senador de Arizona Jeff Flake, que se sentó a su lado en busca de abrir la conversación. McCain le ignoró. Flake se revolvía incómodo, hasta que McConnell comprendió que necesitaría toda la artillería y le envió al vicepresidente.

Pence ignoró do veces la insistencia del teléfono en los 20 minutos que habló con McCain. Era la Casa Blanca, le susurró un asesor al oído. Al filo de las dos de la madrugada McCain cumplió con la historia y lanzó de viva voz el voto de la derrota: 49-51. La ley hubiera desmantelado de facto Obamacare al eliminar la obligatoriedad de un seguro médico, los impuestos que sustentan los subsidios, librar a los empresarios de proporcionar un seguro de grupo, permitir que las aseguradoras rechazasen a clientes con condiciones médicas preexistentes y que subieran las cuotas a las personas de edad, eliminar fondos para organizaciones de planificación familiar y centros de salud pública para la prevención de epidemias y a los estados reducir su contribución al seguro de beneficencia conocido como Medicaid.

Una versión 'adelgazada' de la ley que no pudieron consensuar entre las dos cámaras de mayoría republicana y que, de facto, hubiera acabado con Obamacare, tan herido de muerte como el senador McCain.

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