La maldición de los padres de la patria

Un grupo de jóvenes se hace selfis con miembros de las fuerzas de seguridad de Zimbabue de fondo durante la manifestación de ayer. /  AFP
Un grupo de jóvenes se hace selfis con miembros de las fuerzas de seguridad de Zimbabue de fondo durante la manifestación de ayer. / AFP

La figura caída de Mugabe enmascara la culpabilidad de una élite que ha esquilmado Zimbabue

GERARDO ELORRIAGA

Hace medio siglo dos guerrillas vecinas sumaron esfuerzos para conseguir la liberación de sus respectivos territorios. El Congreso Nacional Africano (ANC) y la Unión Nacional Africana-Frente Patriótico de Zimbabue (ZANU-PF) pretendían desalojar del poder a los dos gobiernos blancos, herederos de un pasado colonial y sustentados en la discriminación racial. Nelson Mandela, líder del primero, penó su militancia anticolonial en varios presidios antes de ser trasladado a la cárcel de Robben Island, donde permaneció durante 18 años, pero llegó a la jefatura del Estado en Sudáfrica y falleció con un prestigio intacto. Robert Mugabe, dirigente de la segunda, también fue reo en la cárcel de Hwahwa, se convirtió en máxima autoridad de su patria y ha permanecido durante cuatro décadas al mando gracias a un ejercicio constante de autoritarismo. Lamentablemente, su inminente partida, presionado por muchos de los antiguos cómplices, no anticipa un legado favorable.

La humillación parece el principio de un penoso fin para el nonagenario presidente. Su propio partido anuncia que será expulsado hoy mismo y ya ha advertido de que, si no dimite voluntariamente, iniciará un proceso parlamentario de destitución a lo largo de la semana entrante. El padre de la patria zimbabuense parece el último ejemplo de una tradición africana que alienta dirigentes carismáticos, empeñados en la liberación y la construcción de un Estado, un proyecto que degenera en corrupción, violencia, represión y, a menudo, en la creación de estirpes familiares y camarillas unidas en la esquilma de los recursos nacionales.

El halo antiimperialista y combativo de Mugabe, dirigente de una formación originariamente maoísta y anfitrión de una cumbre del Movimiento de los No Alineados, ha permanecido durante estos cuarenta años en el imaginario de los irredentos. La realidad era radicalmente diferente. El presidente encabezó una vieja guardia reconvertida en una élite depredadora. Aquellos que han llamado ahora a manifestarse solicitando su marcha apoyaron las medidas que, a partir de los años 80, lo transformaron en un dictador.

La leyenda en torno a su vilipendiada figura ha estado vinculada a la ocupación de las granjas de la minoría blanca de origen europeo, menos del 5% de la población y que poseía casi una tercera parte de las tierras de cultivo, pero su dimensión como tirano es mucho mayor. La partida masiva de estos propietarios y la emigración de sus trabajadores iniciaron la ruina de Zimbabue, llamada a ser una potencia africana, pero oscureció otros dramas con menor repercusión mediática en Occidente.

30.000 ejecuciones públicas

El régimen de Mugabe, surgido en 1980 de unas elecciones ya viciadas por las graves agresiones de los suyos hacia los rivales, evolucionó hacia la dictadura de partido único donde no cabía la disidencia. Durante esa década, la campaña Gukurahundi persiguió militarmente a la etnia ndebele, acusada de proteger a los enemigos políticos. Entre 10 y 30.000 personas fueron víctimas de las ejecuciones públicas y las matanzas se volvían indiscriminadas ya que, según declaraciones del artífice, resultaba muy difícil identificar a los disidentes en su bastión.

Al albur de los cambios en el mundo y la desaparición de los bloques, Zimbabue recuperó una democracia formal donde la oposición era marginada y perseguida. La paranoia del presidente dio lugar a la Operación Murambatsvina en 2005, conocida internamente como 'el tsunami', una orden de limpieza contra los arrabales capitalinos, foco de descontento. La policía y los paramilitares jóvenes, denominados 'green bombers', destruyeron barrios enteros y forzaron a vecindarios enteros a regresar a sus tierras de origen.

El apoyo de los gobiernos chino y sudafricano, compuesto por aquellos antiguos compañeros en armas, ha permitido la supervivencia de un país al borde del abismo, que ha sufrido tasas de inflación con doce dígitos. La nacionalización de los recursos naturales, propiciada por una ley de indigenización económica, enmascaró su apropiación por Mugabe y amigos. Las antiguas explotaciones quebraron y fueron adquiridas por la oligarquía, y la explotación de las minas de diamantes generó otro flujo de ingresos clandestinos a través del control de las empresas estatales.

La relación entre el derrotado presidente, el expolio y la miseria de una población obligada a emigrar o subsistir de remesas, es evidente, pero las interpretaciones no pueden reducirse a la biografía de un longevo malvado. Detrás de un gran dictador hay una Primera Dama y una corte de delincuentes de cuello blanco y uniforme castrense. El ejército y la Asociación de Veteranos, inductores de su caída, han participado tanto en ese saqueo indisimulado como en la constante violación de los derechos humanos.

El irresistible ascenso de Grace Mugabe ha dividido a ese colectivo mafioso y, ahora, una de las facciones se ha valido del señuelo populista para derrotar a la contraria. Pero ese instrumento puede derivar en una bomba de relojería para quienes aspiren a una reforma cosmética. Quizás el proceso de cambio, que han instigado en las calles, los arrastre consigo y Zimbabue, como vaticinaron los analistas poscoloniales, pueda recuperar la esperanza y la condición de promesa de progreso y democracia.

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