Macron se erige como mediador en Libia

Miembros del autodenominado Ejército Nacional, leales al comandante Haftar, posan junto a un tanque en Bengasi. :: Abdullah DOMA / afp

El presidente francés reúne en París al presunto Gobierno de unidad de Trípoli, dirigido por Serraj, y al régimen de Tobruk, liderado por Haftar

GERARDO ELORRIAGA

Nadie se había interesado por la suerte de Bengasi hasta que, hace quince días, cayó en manos del ejército del general Khalifa Haftar. Durante los tres últimos años, los combates entre las bandas islamistas y las tropas del militar, sostén del régimen que domina el este del país, han devastado esta ciudad, la segunda en importancia de Libia. Su toma ha supuesto un punto de inflexión en la lucha por el poder en el país magrebí, dividido desde la caída de la dictadura de Gadafi en 2011.

La pugna entre el Gobierno de aparente unidad de Trípoli, dirigido por Fayez Serraj, y el régimen instalado en Tobruk, en el extremo oriental, parece decantarse en los últimos días a favor de estos y su gran adalid, el veterano oficial que rompió con el Rais en los años ochenta y optó por exiliarse en Estados Unidos. Ambos dirigentes se reunirán mañana en París en un encuentro auspiciado por el presidente francés, Emmanuel Macron, que parece haber asumido el tradicional rol del Elíseo como garante de la estabilidad en África.

LOS LÍDERES DE LOS DOS PODERES LIBIOS

uKhalifa Haftar
El nuevo hombre fuerte de Libia fue coronel en el Ejército de Gadafi. Desde su seno trabajó para la CIA y colaboró en la caída del carismático dictador.
uFayez Serraj
El primer ministro es un arquitecto metido a político independiente, que cuenta con el respaldo de la ONU, la UE y los países vecinos.

Las ONG denuncian las condiciones de esclavitud y tráfico humano que sufren los inmigrantes subsaharianos que llegan al territorio, mientras que la Unión Europea teme que los abundantes recursos petrolíferos del país caigan en manos de los yihadistas, siempre proclives a aprovechar los vacíos de poder. Occidente no se puede permitir un Estado fallido a 500 kilómetros de las costas italianas y un mercado de armas al alcance de las guerrillas que asolan el Sahel. En efecto, Libia importa sobremanera, pero sus ciudadanos, que un día gozaron del mayor ingreso per cápita de África, se antojan los figurantes sin texto de un conflicto complejo que impide la paz, la democracia y el progreso.

La victoria de los militares supone el enésimo reequilibrio en el complejo tablero político. La relación de fuerzas en este territorio no admite interpretaciones sencillas ni soluciones fáciles. El país cuenta con dos gobiernos, cientos de milicias y la inseguridad como atmósfera cotidiana. Muchas ciudades se hallan divididas en áreas de influencia y los combates estallan por motivos fútiles. El pasado noviembre, en la localidad interior de Sebha, el mono de un barbero despojó a una niña de su pañuelo. El peluquero y la víctima pertenecían a grupos rivales y el incidente desencadenó un combate con armas pesadas saldado con decenas de muertos y heridos.

La iniciativa gala parece destinada a buscar una solución pactada cuando se prevé la inminente ofensiva de las tropas de Haftar, un hombre que concita adhesiones y animadversiones de similar intensidad. La posibilidad de que despliegue una estrategia de pactos con las fuerzas que controlan el litoral para expandirse hacia el oeste y hacerse con la capital ha motivado este encuentro, que ya cuenta con un precedente en Abu Dabi. La necesidad del acuerdo pretende impedir, posiblemente, un recrudecimiento de las hostilidades y la conversión de Trípoli en un nuevo campo de batalla.

Tal y como ocurrió tras la caída del Telón de Acero, la desaparición en 2011 del coronel Gadafi reveló que su dictadura tan solo había supuesto una leve pátina sobre un complejo mosaico tribal en el que se incluyen árabes, bereberes, tuareg y tubu, pero también grupos acaudillados por antiguos mandos castrenses, líderes religiosos, prohombres locales y hampones de toda condición. Desde entonces, la presión europea para recomponer la república a través de un Gobierno de unidad ha contado con la oposición de los centros de poder situado en la capital y la ciudad de Tobruk.

Apuesta comprometida

Ambos regímenes son, en realidad, dos paraguas que acogen a diversas facciones, diseminadas en un territorio de 1,7 millones de kilómetros cuadrados. La apuesta de la UE por el Ejecutivo de Fayez Serraj, teóricamente acordado por los dos regímenes rivales, ha resultado una apuesta con soluciones más formales que reales. El teórico gabinete de consenso permanece literalmente atrincherado en Trípoli sin que su influencia se manifieste convincentemente sobre las fuerzas que dominan efectivamente el oeste del país.

Pero el futuro de Libia, posiblemente, radique lejos del Mediterráneo. El país es un protectorado internacional de facto y las vicisitudes que experimentan los benefactores repercuten directamente en el campo de batalla. Hace tan solo un año, Haftar, el que fuera el hombre de Bruselas, parecía apeado de la lucha por el poder, cuestionado por los políticos de la zona occidental que temen su conversión en un nuevo dictador. Tal apreciación ha cambiado radicalmente en los últimos meses. El predicamento como única figura capaz de proporcionar estabilidad al territorio le ha granjeado el favor de Moscú, suminis trador de medios logísticos desde principios de 2017. Esa generosidad, tal vez, pretenda, en última instancia, una salida de la Armada rusa al centro del Mediterráneo.

El respaldo de Egipto resulta aún más convincente. El presidente Abdelfatah el-Sisi precisa urgentemente de una retaguardia segura en su lucha contra la insurgencia salafista que ha protagonizado los recientes ataques contra los coptos. El hombre fuerte de El Cairo necesita a Haftar para combatir la amenaza de un nuevo foco de rebelión en los desiertos occidentales, el tráfico de armas y drogas por su porosa frontera de más de 1.200 kilómetros, y mantener la necesaria provisión de crudo libio. Su posición ha quedado clara con el envío de armas, que viola el embargo votado por el Consejo de Seguridad, y los bombardeos llevados a cabo sobre la ciudad de Derna, principal bastión de los extremistas.

La nueva correlación de fuerzas favorece al general, que no deja de sumar apoyos de relevancia. Macron también ha reparado, incluso públicamente, en su importancia a la hora de pergeñar cualquier nuevo plan reunificación y Chad, el gendarme galo, comparte los esfuerzos para impedir la anarquía en el Sahel. La inusitada debilidad de sus enemigos extranjeros favorece, asimismo, al jefe del denominado Ejército Nacional Libio. Al repliegue del acosado Catar, hasta ahora aliado de los islamistas tripolitanos, se añade el compromiso de los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí a favor del hombre de moda al otro lado del Mediterráneo.

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