Líbano regresa a las urnas casi una década después

Dos funcionarias trasladan las papeletas a un centro electoral de Beirut. :: reuters/
Dos funcionarias trasladan las papeletas a un centro electoral de Beirut. :: reuters

Los comicios de hoy buscan restaurar la estabilidad tras años convulsos por las tensiones en Oriente Próximo

IVIA UGALDE

Hay que remontarse a junio de 2009 para recordar la última vez que los libaneses celebraron elecciones. Desde entonces, y hasta hoy, las urnas habían permanecido guardadas, a la espera de que amainaran las turbulencias políticas en un Estado fragmentado por 18 comunidades religiosas y que ha sufrido en sus carnes las tensiones que sacuden Oriente Próximo por la guerra en Siria y el pulso entre las potencias de la región, Irán y Arabia Saudí. Transcurrida ya casi una década, los ciudadanos del país de los cedros volverán a depositar su voto en unas legislativas que anhelan restaurar la normalidad.

La elecciones parlamentarias pretenden dar por superada una de las etapas más convulsas de la historia reciente de Líbano, cuyo Parlamento se vio obligado a prorrograr tres veces su mandato en los últimos años y posponer los comicios a causa de la inestabilidad. Pero, además, la cita de hoy supondrá el estreno de la nueva ley electoral, aprobada en 2017 tras arduas negociaciones y que establece un sistema proporcional y con voto preferencial en un país dividido ahora en 15 circunscripciones. Sin embargo, se mantendrá la partición del electorado en función de su religión. De ese modo, de los 128 asientos que componen el Parlamento, 64 serán para cristianos y los otros 64 restantes para musulmanes.

En Líbano, la confesión de los candidatos condiciona incluso que puedan optar por uno u otro de los máximos cargos del país. Así, por ejemplo, está establecido que la presidencia recaiga en un cristiano maronita, mientras que la jefatura del Gobierno deberá ostentarla un musulmán chií y la del Parlamento un suní. Esas peculiaridades, así como el reparto de la Cámara baja en dos mitades y la inexistencia de partidos políticos fuertes es la que hace temer a los expertos que una vez más surgirán problemas a la hora de legislar y, sobre todo, para la formación del Gobierno.

En ese contexto en el que deberá medirse la efectividad de la nueva reforma electoral, otro de los temas que ha suscitado gran interés es la presencia récord de mujeres aspirantes a ocupar un escaño. Si en los comicios de 2009 apenas doce presentaron su candidatura, en estas elecciones la cifra se ha multiplicado por nueve. No en vano, hay registradas 111 en las listas del Ministerio del Interior, de la cuales 86 continúan en la carrera que se librará hoy en las urnas. El número nada desdeñable no esconde, sin embargo, que el colectivo femenino siga marginado y que lamente que en la flamante norma no se haya fijado la cuota del 30% que reclamaban muchas activistas.

«Las posibilidades de lograr un escaño en el Parlamento son escasas para las mujeres a pesar del gran número de candidatas», confiesa Patricia Elias, aspirante de Fuerzas Libanesas-Independientes que compite en la circunscripción de Kesruan-Biblos, de mayoría cristiana. Uno de los principales factores que tienen en su contra, al igual que los miembros de partidos ciudadanos y plataformas independientes que se han atrevido a plantar cara a los políticos tradicionales, es la visibilidad. «Para salir en televisión -el medio en el que se informa el 90% de los libaneses- hay que pagar 1.000 dólares (836 euros) por minuto y para una emisión completa se necesitan al menos 100.000 dólares», lamenta Elias.

La guerra de Siria y Hezbolá

La falta de recursos la intentan paliar las mujeres y el resto de candidatos independientes con una presencia activa en las redes sociales y encuentros con electores. «Líbano no puede progresar si no tiene en cuenta que el 52% de su población -de seis millones de habitantes- es femenina», denuncia la escritora Yumana Haddad, que participa en la lista Kuluna Watani en la circunscripción capitalina Beirut I. A la discriminación de genero se añade el hartazgo de muchos ciudadanos, que han multiplicado las huelgas por la precariedad en un país donde la electricidad sigue racionada, el agua escasea y perviven los problemas de vivienda y el desempleo.

La ya difícil situación se ha agravado con el estallido de la guerra en Siria, ya que, además de dispararse las tensiones regionales por la participación de la milicia chií libanesa Hezbolá, el país ha tenido que acoger a un millón y medio de refugiados, según las cifras de las autoridades de Beirut. Sin contar los 75.000 palestinos que ya residen en el territorio. De ahí que el Gobierno del primer ministro, Saad Hariri, intente fomentar el regreso de los desplazados sirios a pesar de las reticencias de la comunidad internacional.

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