Kenia se asoma al abismo

Un hombre corre frente a una propiedad incendiada por manifestantes en Kawangare. :: REUTERS/
Un hombre corre frente a una propiedad incendiada por manifestantes en Kawangare. :: REUTERS

El recuento provisional de las presidenciales da el 98,8% de los votos al actual mandatario, Uhuru Kenyatta, tras la retirada de la oposición

GERARDO ELORRIAGA

El padre Carlos Domingo May vive en uno los asentamientos más hacinados de Kenia, allí donde convergen gentes llegadas de todo el territorio con la frágil esperanza de un futuro mejor. Este religioso mexicano, miembro de la orden de los Misioneros de Guadalupe, reside en el 'slum' de Kibera, mísero barrio de la capital que, según los censos oficiales, cuenta con 170.000 habitantes, pero al que las estimaciones oficiosas atribuyen más de un millón de vecinos, a menudo obligados a participar de un mismo lecho según la fórmula de 'las camas calientes'.

A pesar de ser un lugar muy conflictivo, ayer no padeció los incidentes que generó la jornada electoral que repetía las presidenciales por orden del Tribunal Supremo. «Yo me encuentro en el centro, controlado por los kikuyus, afines al presidente, pero los dos accesos, dominados por luos, seguidores de la oposición, permanecieron bloqueados», explica y señala que, durante todo el día, se escucharon los disparos y lanzamientos de bombas de humo de la Policía contra los manifestantes que protestaban contra la decisión de seguir adelante con los comicios.

La asistencia a los colegios electorales cayó por debajo del 34% y, según los escrutinios parciales, el 98% de los votos emitidos ha ido a manos del presidente Uhuru Kenyatta, circunstancia que se preveía tras la retirada del opositor Raila Odinga como candidato. Pero la anticipada victoria del partido gubernamental Jubilee ha quedado en segundo plano ante la atmósfera de inestabilidad que sufre el país, polarizado entre ambos bandos, y la incapacidad para el diálogo y la búsqueda de soluciones.

Los rivales del jefe del Gobierno han achacado la culpa del problema a la necesidad de reformas electorales. «El Tribunal Supremo ha seguido la norma constitucional. No se trata de un problema legal, sino político», señala el misionero. «La oposición intenta acorralar al Gobierno para hacer ver que estamos en un país fallido e, incluso, ha buscado el apoyo internacional para defender dicha tesis. Veinte embajadores reclamaron conversaciones y Odinga contestó que habían pactado con el régimen». Esta estrategia de confrontación puede llegar a provocar la anarquía. «Ha llegado a decir que, a partir de ahora, se va a declarar la resistencia civil contra el Gobierno».

El presidente Kenyatta, que ha accedido a un segundo mandato, se ha manifestado partidario de la negociación, pero la situación no propicia el acuerdo. La negativa a emprender los cambios reclamados por la oposición y el triunfo en las urnas han incrementado la frustración de los detractores. Además, sus declaraciones ya apuntan la posibilidad de la ilegalización de la coalición antigubernamental Súper Alianza Nacional (NASA).

Aplazamiento indefinido

Los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad impidieron que se pudieran emitir los sufragios en cuatro condados del este del país, feudo de los contrarios al Gobierno, y se anunció que las votaciones tendrían lugar hoy, pero, anoche, la Comisión Electoral anunció su aplazamiento indefinido por el mantenimiento de la violencia. El organismo ha asegurado que algunos de sus funcionarios fueron secuestrados y torturados, y sus casas, saqueadas e incendiadas.

La incertidumbre y la desconfianza se han apoderado de esta potencia regional tras la suspensión de las elecciones del pasado 8 de agosto y la nueva convocatoria del pasado jueves. El mayor conflicto de orden público se ha producido en el 'slum' de Kawangare, al oeste de Nairobi, donde pandillas de jóvenes han procedido a saquear y destruir comercios y viviendas. Al menos tres personas han fallecido en los graves disturbios, y se teme que la crispación aumente porque, según relata el sacerdote, se palpa la tensión entre las comunidades. «Muchos tenemos miedo», confiesa.

«En los tres últimos meses, la reconciliación tribal, la unidad, que tanto ha costado, se ha venido abajo, drásticamente, y la economía se ha desplomado», lamenta y habla de un desaliento general: «La población está cansada, ya no confía en nadie, no le interesa quién gane porque sabe que no le traerá comida a la mesa».

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