Golpe del Daesh al Ejército afgano en Kabul

M. AYESTARAN ALEPO.

En Afganistán no hay tregua, ni siquiera para respetar el luto en el que está sumido el país por las más de cien víctimas del atentado cometido el sábado en Kabul por un suicida al volante de una ambulancia bomba. Un comando formado por cinco yihadistas mató ayer a once soldados tras el asalto a un batallón del Ejército afgano situado cerca de la Academia Militar Marshal Fahim, en el oeste de la capital. Esta vez, a diferencia de los últimos dos grandes atentados en Kabul, fue el grupo yihadista Daesh quien reivindicó esta operación en la que sus hombres irrumpieron «armados con chalecos explosivos, granadas de mano, lanzamisiles, rifles de asalto AK-47 y bombas para incendiar el recinto», según el Ministerio de Defensa.

El brazo local del Daesh se denomina el Estado Islámico de Joramsar, nombre histórico de una región que reivindican como parte de su califato, incluido Pakistán. Lo forman yihadistas escindidos de los talibanes, que juraron lealtad al califa, Abu Baker al-Bagdadi, después de la autoproclamación del califato en Siria e Irak y su bastión se encuentra en la provincia de Nangarhar. Su agenda tiene un marcado carácter sectario, con múltiples ataques contra la minoría hazara del país, seguidora de la rama chií del islam, pero las últimas dos acciones tuvieron como objetivo una oficina de la organización Save The Children y el Ejército afgano. El atentado contra la ONG causó once muertos.

La insurgencia no ha esperado este año a la primavera para reanudar sus ataques y el invierno está sangriento, especialmente en la capital, el centro neurálgico del país y el lugar en que los golpes son más mediáticos. Talibanes y Daesh libran un pulso con el presidente, Ashraf Ghani, que prometió «extensas y prontas» represalias ante esta oleada de atentados.

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