En las entrañas de Fukushima

Uno de los 7.000 operarios que trabajan en el desmantelamiento y descontaminación de la planta, en medio de las instalaciones. :: p. m. díez/
Uno de los 7.000 operarios que trabajan en el desmantelamiento y descontaminación de la planta, en medio de las instalaciones. :: p. m. díez

Los trabajos de descontaminación continúan en la siniestrada central nuclear nipona

PABLO M. DÍEZ FUKUSHIMA.

Tras una hilera interminable de gigantescos tanques de agua grises y azules, una jungla de grúas y chimeneas se perfila en medio de cuatro torres ante el Océano Pacífico. Entre los andamios y estructuras metálicas que recubren los edificios de los reactores, aún se pueden ver las paredes reventadas y los escombros causados en su día por las explosiones de hidrógeno, que dejaron al descubierto sus núcleos mientras se fundían y liberaban radiactividad. A sus pies, decenas de operarios ataviados con máscaras y fantasmagóricos trajes blancos pululan entre una maraña de tubos, escaleras y excavadoras. Respirando con dificultad tras las máscaras, se afanan en conectar tuberías, montar armazones de metal y transportar bloques de cemento en grúas que se alzan sobre tan apocalíptico paisaje industrial.

Justo ante los reactores 1, 2 y 3, cuyos núcleos se fundieron tras ser golpeados por el tsunami que sacudió a Japón en 2011, estamos en las entrañas de la central de Fukushima 1. Tras su primera visita en abril de 2015, este periódico volvió a entrar el jueves en la siniestrada planta atómica para presenciar sobre el terreno los trabajos de descontaminación y desmantelamiento. Aunque ya no hace falta un traje especial a cierta distancia de los reactores, este corresponsal tuvo que protegerse con una máscara, unas gafas, un casco sobre un gorro, guantes, un chaleco y calcetines dobles sobre botas de plástico. «Hoy se verán expuestos a una radiación de 20 microsieverts por hora. Es solo el equivalente a una radiografía dental», advierte al grupo de periodistas que visita la planta Daisuke Hirose, guía de la compañía eléctrica Tepco.

El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9 provocó un tsunami que arrasó 600 kilómetros de la costa nororiental de Japón. Además de cobrarse unas 19.000 vidas, destruir un millón de casas y cientos de miles de vehículos, una ola de 17 metros inundó la central de Fukushima 1. Sin electricidad, dejaron de funcionar sus sistemas de refrigeración y, al calentarse, se fundieron total o parcialmente tres de sus seis reactores. En los días posteriores, la alta presión provocó varias explosiones de hidrógeno que agrietaron las vasijas de contención que recubren los reactores, reventaron los muros de los edificios y expusieron sus núcleos al aire, escapando gran cantidad de yodo y cesio tóxicos a la atmósfera.

LAS CLAVESEl desmantelamiento de la siniestrada central llevará cuatro décadas Se confía en contar en 2021 con tecnología para retirar el material nuclear de los reactores fundidos

Desde entonces, su combustible radiactivo permanece fundido en el fondo de dichas vasijas entre el amasijo de escombros que causaron las explosiones, que destruyeron buena parte de los edificios. Desde Chernóbil, se trata del accidente nuclear más grave porque sus fugas radiactivas obligaron a evacuar a 80.000 vecinos que vivían en un radio de 20 kilómetros alrededor de la planta atómica. Aunque algunos pueblos han sido reabiertos al bajar la radiactividad, muchos vecinos no podrán regresar a sus casas durante décadas o, quizás, nunca.

Héroes a diario

En el interior de los reactores, la radiactividad es tan alta que ningún ser humano puede entrar en ellos porque moriría en minutos. De momento, solo han podido adentrarse varios robots para tomar imágenes que sirvan para preparar un plan de actuación. Frente a la radiación natural que existe en la atmósfera, que es de 0,02 microsieverts por hora, dentro de los reactores 2 y 3 se registran más de 300. Con dichos niveles, se alcanzaría en tres horas el límite anual de radiación recomendado por las autoridades sanitarias internacionales, que es de 1.000 microsieverts, mientras que al cabo de una semana se rebasarían los 100.000 a partir de los cuales aumentan las posibilidades de sufrir un cáncer.

Ese es el tope que en cinco años no pueden rebasar los 7.000 operarios que trabajan en la central. Un millar son empleados de la eléctrica Tepco y el resto suele pertenecer a subcontratas con constructoras locales de la multinacional tecnológica Hitachi, encargada del desmantelamiento. Por un jornal diario de 30.000 yenes (227 euros), estos 'héroes de Fukushima' se juegan la vida.

Como todavía no se ha inventado la tecnología necesaria para retirar el material fundido de los reactores, lo único que pueden hacer es sellarlos para que no escape la radiactividad e inyectarles agua subterránea para mantenerlos a unos 30 grados. Según explica Hirose, «cada día se bombean 210 metros cúbicos de agua subterránea, que se contamina y debemos filtrar con dos depuradoras especiales, llamadas Kurion y Sarry, para eliminar el estroncio y el cesio. Además, otra máquina denominada ALPS llega a limpiar hasta 62 nucleidos radiactivos, pero no podemos acabar todavía con el tritio y tenemos que almacenar cada día entre 100 y 150 toneladas de agua».

Muro de hielo subterráneo

Aunque el bombeo se ha reducido a la mitad en los últimos años, la central acumula ya un millón de toneladas de agua en 900 depósitos enormes, que se están cambiando ahora por tanques más seguros para evitar las filtraciones al subsuelo y al mar. Cada día se construye un depósito con capacidad de entre 1.000 y 2.900 toneladas, pero el almacenamiento del agua contaminada es uno de los principales problemas.

Para disminuir aún más el bombeo del agua e impedir filtraciones, se ha construido un muro de hielo subterráneo alrededor de los reactores 1, 2, 3 y 4. Con un radio de un kilómetro y medio, dicho muro mantiene 70.000 metros cúbicos de tierra a 30 grados bajo cero para que no haya fugas de agua radiactiva al mar. Además, se ha pavimentado todo el suelo de la central para atrapar las partículas radiactivas y que no floten en el aire, por lo que ya no hace falta un traje especial de protección en el 90% del recinto.

Tras retirar en 2014 las 1.535 barras de combustible usado del reactor 4, que estaba parado como el 5 y el 6 en el momento del tsunami, el mayor reto está en las otras tres unidades. En total, son 1.573 barras de combustible que las autoridades niponas planean retirar a partir del próximo año, empezando por el reactor 3 y siguiendo en 2021 por el 1 y el 2, pero este plan está sufriendo retrasos porque se trata de una operación muy complicada de alto riesgo.

Para cumplir los plazos previstos, el Centro de Desarrollo de Tecnología Remota de Naraha trata de inventar los robots y las herramientas que permitan retirar el material fundido de los reactores. «Aunque es difícil porque el calor de los núcleos lo funde todo, tenemos que encontrar la tecnología que lo aguante porque nuestro objetivo es empezar a extraer el material fundido en cinco años», promete su director, Masahiro Ishihara, con la tradicional determinación nipona.

Por delante le queda una tarea titánica que costará 72.000 millones de dólares (61.000 millones de euros) y durará cuatro décadas. Hasta vencer finalmente a la radiactividad de Fukushima.

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