El 'dilema rohinyá' del Papa en su viaje al sureste asiático

El 'dilema rohinyá' del Papa en su viaje al sureste asiático

Los católicos birmanos temen represalias si Francisco denuncia abiertamente la situación de los musulmanes huidos a Bangladés

DARÍO MENOR COX'S BAZAR.

Durante las diez horas de vuelo entre Roma y Rangún, adonde llegará hoy, el papa Francisco tendrá tiempo más que suficiente para reflexionar sobre cuál es la mejor forma de afrontar el punto caliente de su visita a Birmania y Bangladés: la situación de los rohinyá, la minoría musulmana expulsada por el Ejército birmano y refugiada en el país vecino.

Desde que se sucedieron los ataques de los militares hace tres meses, alrededor de 640.000 personas de esta comunidad han cruzado la frontera y malviven en campamentos en los alrededores de Cox's Bazar, una localidad turística situada al sur de Bangladesh. Se suman a los más de 300.000 refugiados de esta etnia llegados en oleadas anteriores, por lo que son ya cerca de un millón los rohinyá acogidos en territorio bangladesí.

En sus cuatro años y medio de pontificado, Jorge Mario Bergoglio ha dado continuas muestras de su gran preocupación por los desplazados. No son una excepción los miembros de esta minoría musulmana a los que las autoridades birmanas consideraran inmigrantes ilegales. Lo dejó claro durante la oración del Ángelus del 27 de agosto, cuando habló de las «tristes noticias» sobre la persecución a los «hermanos rohinyá». Dijo estas palabras dos días después de que el Ejército de Birmania desatara una campaña de «limpieza étnica de libro», según la ONU, como represalia a varios ataques cometidos por un grupo armado que dice proteger a esta etnia musulmana.

LA CLAVE Miembros del episcopado se ofrecen a llevar al Papa a campos de desplazados donde hay católicos

Los católicos birmanos (el 1% de la población) se tiraron de los pelos al escuchar al Papa, pues temen represalias de las autoridades si Francisco se pone abiertamente al lado de los perseguidos y sigue denunciando su situación. Charles Maung Bo, el primer cardenal de este país, incluso le pidió que no utilizara la palabra 'rohinyá', mientras que otros miembros del episcopado se ofrecieron para llevarle a conocer campamentos de desplazados donde hay católicos.

«Los obispos locales me dijeron que Bergoglio no estaba bien informado. Está claro que hay una injusticia con esa población, pero otras minorías también sufren la persecución y no se está hablando tanto de ellas», asegura el sacerdote Bernardo Cervellera, director de la agencia 'Asianews', promovida por el Pontificio Instituto para las Misiones.

Francisco tendrá que medir bien sus palabras durante los tres días que permanecerá en Birmania y sopesar si vale la pena utilizar un lenguaje directo u optar en cambio por posturas más diplomáticas que no pongan en peligro a los católicos locales. Es el gran dilema del viaje. Una posible vía intermedia la habría encontrado el Vaticano al incluir a un grupo de rohinyá en el encuentro por la paz que se celebrará el viernes en Daca durante la segunda etapa del viaje. Pese a ser un país pobre y con una de las tasas de densidad de población más altas del mundo, Bangladés ha actuado con una enorme generosidad al abrir sus fronteras a los miembros de esta minoría perseguida. Los acoge en un territorio con un enorme atractivo turístico y medioambiental, pues Cox's Bazar se enorgullece de contar con la playa más larga del mundo: son 150 kilómetros vírgenes e ininterrumpidos.

La gran belleza del lugar, cuajado de arrozales y frondosos bosques, contrasta con las dificultades que afrontan los rohinyá. El Ejército bangladesí, las agencias de Naciones Unidas y numerosas ONG locales e internacionales les brindan ayuda, pero resulta insuficiente. No será por falta de esfuerzo de personas como la española Cristina Arquero, de Médicos Sin Fronteras, que se patea de un lado a otro el campamento de refugiados de Unchiparang abriendo pozos y controlando los sistemas para potabilizar el agua. «Estos días vamos a conseguir llegar a los 135.000 litros diarios y con los próximos proyectos subiremos a 230.000», cuenta. Aunque hay otros organismos que también se ocupan de las necesidades hídricas, todavía resulta insuficiente para los entre 25.000 y 30.000 rohinyá que viven en este campamento. «Cuando llegan están desorientados, agotados y traumatizados. Luego poco a poco la situación se va estabilizando en el campo y la vida sigue adelante».

Hay numerosas escenas que corroboran lo que Cristina dice, como el partidillo de fútbol que un grupo de jóvenes ha montado mientras esperan entre risas su turno para coger agua del pozo. O las pequeñas tiendas que pueden encontrarse en el centro de Unchiparang. Hay hasta dos peluquerías. No son más que un techado de palos y plásticos bajo los que hay un par de sillas, montones de pelos por los suelos, un espejo colgado y un tipo que maneja las tijeras y el peine. Mohammed Yousuf, de 27 años, es uno de ellos.

«Ya era peluquero en mi pueblo en Birmania, de donde escapé hace tres meses porque los militares mataron a 40 personas. Hace 20 días me decidí a abrir el negocio». Cobra entre uno y dos euros al cambio por cliente, aunque como muchos no tienen con qué pagarle, dice que les corta el pelo gratis.

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