Clinton compró la lealtad de su partido

Sanders y Clinton durante la campaña electoral. :: Reuters/
Sanders y Clinton durante la campaña electoral. :: Reuters

Las revelaciones sobre las maniobras internas de hace un año desacreditan a los demócratas en medio de otra batalla electoral

MERCEDES GALLEGO

nueva york. Un año después de las elecciones que conmocionaron al mundo por la inesperada victoria de Donald Trump, los índices de popularidad del nuevo presidente son los más bajos que haya tenido ningún otro mandatario a los nueve meses de instalarse en la Casa Blanca. Solo que los del partido al que venció no son mejores.

Apenas el 37% de los estadounidenses están satisfechos con el trabajo de Trump en la Casa Blanca. El mismo porcentaje que tienen una opinión favorable de los demócratas, que han caído siete puntos desde marzo. Y eso que la encuesta de CNN está tomada antes de que la ex secretaria general del Partido Demócrata Donna Brazile publicase el libro que desvela las maniobras del aparato del partido para ayudar a Hillary Clinton a obtener la nominación presidencial.

En su libro 'Piratas: la historia interna de los ataques que pusieron a Donald Trump en la Casa Blanca', Brazile intenta explicar los ataques informáticos dieron a Wikileaks los correos de la cúpula del partido. Con el máximo oportunismo esa entrega de Julian Assange se hizo pública el día antes de que comenzase en Filadelfia la Convención del Partido Demócrata que coronó a Clinton candidata.

Lucha desigual

Los seguidores del socialista Bernie Sanders siempre habían sabido que luchaba también contra los barones del partido. En sus conversaciones privadas descubrieron que estos trabajaron activamente para favorecer a Clinton en las primarias, por lo que boicotearon con rabia la candidatura de la ex primera dama. En Estados como Pensilvania y Michigan le faltaron apenas 10.000 votos para ganar a Trump, lo que hubiera dado la vuelta a la historia. Aquella traición forzó la dimisión de la presidenta del partido Debbie Wasserman Schultz, que fue reemplazada temporalmente por Brazile.

La popular analista de CNN, despedida por pasarle a Clinton las preguntas del debate que organizó esa cadena, asegura que buscó «cualquier prueba de corrupción que mostrase que el sistema de primarias estaba apañado y me alegré de no encontrarlo». En esa búsqueda se tropezó con un acuerdo secreto que no considera ilegal pero «a buen seguro no parece ético», porque deja muy claro que Clinton compró la lealtad del partido un año antes de que las bases la eligieran candidata. Su campaña ofreció recaudar fondos para saldar las deudas del partido a cambio de controlar sus finanzas, su estrategia, su mensaje y hasta nombrar a su directora de comunicación, lo que según la propia Brazile, superdelegada y demócrata de toda la vida, comprometió la integridad de la formación.

El descrédito público llega en mal momento, no sólo porque la formación demócrata no sabe qué rumbo tomar para contrarrestar el tirón de Trump con las bases de extrema derecha, sino porque ayer mismo se celebraban elecciones locales y estatales. En ciudades como Nueva York, el alcalde demócrata Bill de Blasio tenía ganada la partida de antemano, pero no así Ralph Northam en el sureño Estado de Virginia.

La clave es el Congreso

Aunque algunos crean que el resultado es cuestión de personalidades, muchos temen que el partido de Obama no recupere el pulso a tiempo de las elecciones legislativas del año que viene. Confundido entre aprovechar el entusiasmo de las bases de izquierda o el desagrado de los republicanos moderados hacia Trump, no ha ganado ninguna de las elecciones parciales al Congreso que se han celebrado este año. Y es el Congreso el que decidirá la suerte de Trump en caso de haya un 'impeachment' y el que nombra los comités que puedan investigar sus desmanes. Ahí es donde se librará la verdadera batalla, en tiempos favorables a los antisistema.

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